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Categoría — Alrededor de una fogata – cuentos

El mar

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Gladys Mabel Suárez

Bajé a la playa muy temprano. El sol me promete un día cálido y quiero disfrutarlo contemplando el mar. Me gusta. Me hipnotiza mirar su movimiento, que no propone pausa. Mis ojos lo recorren, lo escudriñan con minuciosidad, y con admiración, aunque no sé qué busco, puedo estar así, suspendida en esa alegría, sin que me importe el paso del tiempo. …. Hoy el sol le transmite reflejos dorados y él los irisa transformándolos, en brillante nácar.
Sentada en la playa, lo observo, me maravilla su majestuosidad. Siempre está distinto, siempre está cambiante. Cuando el viento del norte le arrima nostalgias de río, se amarrona y su espuma pierde la blancura que tanto me gusta. En cambio, el viento que viene del sur, lo cubre de turquesas y los caracoles que se duermen en la playa, traen cansancio de lejanía y formas que no son las conocidas por habituales.
Su fuerza es la misma, si se muestra como un inmenso manchón de aceite, uniforme, parejo, como sumergido en un profundo sueño de gigante o si se debate como un ogro furioso, gastando su fuerza en sí mismo, mostrando sus olas derrochando energía y poder.
Hay días que luce sus clásicas puntillas blancas, que desbordan de las olas cayendo en pequeñas cascadas, o los dorados festones de espuma, coronando las olas subrayan con nitidez espacios que descienden y se elevan como latidos de un poderoso corazón, y me descubro respirar con ese ritmo.

Hoy, una corriente lo cruza muy cerca de la playa… las olas chocan, provocan remolinos, la arena se agita y hace visibles las delicias que guarda. 
Bandadas de gaviotas alborotadas, se posan sobre el agua, con bullicioso agitar de alas, eligen su comida, se la disputan en un juego fingido y embustero, y vuelan bajo, para custodiar el tesoro encontrado. 

Yo, sonrío, porque podría enumerar un sin fin de sensaciones que esta contemplación me provoca. Pero al sol lo ha cubierto una nube negra y espesa, ha refrescado, y decido que ya es hora de regresar a casa. Me despido de este amigo agradecida, porque me voy, colmada de belleza.

 

Imagen: “Mujer saliendo del mar” de Benito Rebolledo

enero 25, 2015   ningún comentario

El cazador de sueños

 

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Norton Robledo

 La conocí un día sábado, cuando la primavera se asomaba con la timidez de los primeros días. En el mundo las cosas seguían como el invierno anterior, en el trabajo habían despedido a tres colegas  –no hay dinero les decía el director mientras ponía cara de circunstancia – . En el tercer mundo miles de niños morían de hambre mientras que en los países desarrollados el derroche era una orgia perpetua. También como el año anterior, es decir, como desde años centenarios Los Estados Unidos De América habían invadido un país, y declarado una guerra. Ella traía la primavera en su alma y en su piel los sueños del futuro. Yo venía por la vida cargando una mochila pesada, llena de amor y desamor. Venía con dos heridas; la de la vida y la del amor. Aún en esos días sentía la muerte rondando mi esquina, acechando mis pasos,  golpeando a mi puerta con sus guadañas, con su manto de sombras . Cuando caminaba por las calles sentía su aliento gélido, su aire glacial detrás de mí, casi pegado a mi espalda. En esos tiempos iba por la vida, con el hastío acompañándome en horas vacías, en momentos muertos en los que todos los días eran el reflejo de días anteriores.

         Yo iba de luto, viviendo tiempos de desamor y me preguntaba ¿Dónde están? ¿Dónde quedaron los momentos, las promesas y los juramentos de amor y de pasión infinita?  Yo iba recordando a Gabriela y acordándome que en el último acto bajó el telón. Y que antes de irse dejó su imagen en todos los espejos, su último adiós en el velador.  Apagó la luz para luego salir de la casa sin volver la vista atrás. Cuando ella se fue, mi mundo quedó ha oscura,  la luna y las estrellas eran más lindas cercana cuando  las contemplaba abrazado a ella. Para olvidarla comencé a escribir poemas, pasaron los días, los meses y sin que me diera cuenta, un día me sorprendí ante la evidencia de estar escribiendo los últimos

versos de un libro de poemas. Para entonces yo era para ella la sombra de un pasado efímero. Ella era para mí la mujer que habitaba  en los espejos. Y la certeza de que Pablo Neruda teniá razón en eso de ” es tan corto el amor, y es tan largo el olvido “  Habían pasado más de 2 años y no podía olvidarme de ella.  Iba por la vida con la herida del amor que renacía en los momentos de la melancolía, todavía no podía superar  el dolor que dejó en mi alma la ruptura con Gabriela.. Ellaes poeta con alma de gitana, cuando se fue me dejó mi perfil psicológico escrito en los espacios de la ausencia y su desprecio y maldiciones de por vida.

       Iba por los caminos de la vida con una herida de amor, no obstante nunca había dejado de soñar,  fue  por esa época en que conocí a Amanda, desde la distancia llegó a mi mundo de copos de nieve, de soledades y silencios perpetuados, de cárcel de cristal. En la que iba sobreviviendo mi existencia juntando los recortes de las revistas de corazón, leyendo los titulares de los diarios, mirando noticias o películas en la televisión. Todo en un intento de que el tiempo pasara desapercibido y no tener que mirarlo a los ojo enfrentarse a él porque presentía que ese día sería como mirarme desde afuer hacía adentro y encontrarme con la inevitable certeza del cambio en mi entorno superficial y mortal, y con la permanencia inmutable de mi alma. Yo ya había vivido mucho y traía en mi equipaje vivencias y años de amor y de luchas, en mi soledad jugaba con la vida un juego  cartas prolongado  en mi afán de ganarle la mano al destino, en días que parecíansiglos y en noches infinitas, en blanco y negro, o en colores según los matices de los sueños. Cuando la vi. supe que había ganado la partida, fue un reencuentro con los pasos perdidos en caminos de hastíos, en carreteras de cemento duro y silencioso. En ella reconocí la presencia y el aliento percibido en cárceles, en las que el miedo eran las gotas de agua cayendo por todos los laberintosdel universo y la oscuridad el infinito colgando en el espacio vendado de mis ojos. Le conté  gran parte de mi vida y algunos de mis secretos.  Amanda comenzó a contarme sobre su vida, fue así  que poco a poco conocí su alma, entonces abrí la valija y desde el rincón de los recuerdos, saqué mis tesoros guardados desde mi niñez y le regalé un arco iris para que pinte sus días de colores, el canto de los pájaros para que alegren su existencia, como ofrenda le ofrecí lo colores de las hierbas y flores silvestres de los montes para que impregnen su

piel de aromas y de esencias.

       Cuando la conocí y la tuve a mi lado, fue algo así como reencontrarme con los años, quizás siglos milenarios que habían caído una y otra ves de las hojas del calendario. Un reencuentro con aquellos tiempos en que yo la iba buscando más allá de los momentos perpetuados en los murales de los verbos más allá de las palabras que por ser tantas veces escritas o dichas se repetían a si mismas. Eran los tiempos en que para encontrarla asumí todos los elementos en mi mismo; fui agua, aire, tierra y fuego, mis huellas quedaron dibujadas en las aguas de los mares, en las profundidades de los volcanes, en las alturas de mundo estelares.  En ese intento me demostré a mi mismo que la materia tiene el divino embrujo de la transformación permanente y eterna, y que las almas van en vuelos astral a través del tiempo y del espacio. Con actitud y afán de cazador de sueños. Cada

noche soñaba por si aparecía en los sueños y la encontré en la vida cotidiana, ella venía caminando hacia la primavera, era la que buscaba mi alma, traía el territorio prometido en su cuerpo, y en su piel las caricias esperaban, la vi desde lejos y con aptitud de guerrillero urbano me dispuse atacarla. estaba pensando en eso cuando me vio se acercó y desde tres metros de distancia me desarmó con su sonrisa. Yo emprendí la retirada, al cabo de un tiempo cambié de táctica y desde la distancia le envié un mensaje de amor en clave que fue descifrando en días venideros y noches desoladas.  Cuando terminó de leer la última palabra vio como su alma alborotadavolaba por todos los rincones de la habitación. En ese momento le envié un

mensaje que acarició su piel encendió su alma. Entonces me acerqué, cuando me vio comprendió que mis palabras habían invadido su cuerpo, me deslicé por cada rincón de su territorio conquistado y en actitud de entrega. Besé palmo a palmo su piel, acaricié centímetro a centímetro toda la geografía de su cuerpo.

       Al igual que yo,  Amanda también venía herida y estaba viviendo tiempos de desamor.  Había terminado con Marcelo, con él  había tenido una

relación de tres años. Cuando yo la conocí hacían  6 meses que habían terminado, ella me contó que fue una decisión  mutual.  Es por eso que teníamos un pacto que ninguno de los dos tenía que dejar de cumplir, habíamos quedado de acuerdo en que no teníamos que enamorarnos.  Amanda

hizo que  Gabriela  con el tiempo fuese una sombra que se quedó en el pasado,  el tiempo pasaba ante nosotros con su manto de

aromas y colores seguía su camino por la vida. Ella comenzó a decirme cosas , yo percibí que ella estaba pasando los limites que mutuamente habíamos trazado, me decía que yo era todo lo que ella había soñado el hombre ideal, el esperado,  imaginado. Yo por mi parte había comenzado a darme cuenta de que ella me hacía bien , debe de ser por eso que yo le creí y poco a poco fui saliendo de ese rincón sombrío al que me había exiliado. Fue entonces que abrí las ventanas, rayos de luz y sol comenzaron a entrar tímidamente abrigando e iluminando hasta la región más oscura. Fue algo hermoso sentir la luz y el calor entrando a los rincones existenciales de mi vida, pero me di cuenta que era insuficiente. Entonces abrí las puertas de par en par , ella entró y fue mujer, reina, musa, a todo lo largo y ancho de ese territorio que hasta entonces había estado sumergido en un abismo de tinieblas. Cada día pasábamos más y más tiempo juntos, Amanda era lo contrario d Gabriela, no sólo físicamente sino que espiritualmente. Era morena y sus ojos verdes me hacían pensar en los limoneros que cuando niño, acompañaban mis lecturas cuando yo sentado bajo la sombra de ellos leía libros y revistas de aventuras. Era simpática, sociable, culta, inteligente y comunicativa. No era bella pero yo nunca había buscado la belleza física en una mujer, sino a la mujer  que me hiciera sentir que valía la pena vivir y que al verme feliz  junto a ella, la soledad  emprendiera  la retirada. Su

pelo negro, largo y rizado me fascinaba, sobre todo cuando jugaba con el viento. Me encantaba su andar, el ritmo y la cadencia de sus pasos.

Íbamos  al cine, a museos, al teatro a conciertos, y a veces a bailar. Sentíamos que el tiempo pasaba por nuestro lado casi sin sentirlo. Cada día nos

estábamos más a gusto, no obstante había veces que se quedaba en silencio,pensaba y suspiraba, pensaba y suspiraba, yo no entendí o quizás no quise entender los motivos de esos momentos.  Hacían  un año que andábamos juntos, cuando tuve que viajar a Paris por razones de trabajo, ahí estuve cinco meses, hablábamos por teléfono casi a diario. Terminé el trabajo en Paris y volví con el alma llena de sueños y proyectos,  durante todo el tiempo en París, viví soñado con Amanda. Y sentí que ella era la mujer con la que había soñado encontrar para compartir mi vida. Desde el mismo día de mi regreso sentí y me di cuenta que ella no era la misma , la notaba distante, lejana, ya no era cariñosa y muchas veces se quedaba callada durante  largos momentos. A veces esquiabas mis caricias, sentí que  mis caricias no despertaban las pasiones que la habitan.

       Un día Amanda cerro puertas y ventanas, me dejó una carta en la mesita del salón. Salió de la casa y se fue sin volver la vista atrás. Ese día cuando entré a la casa lo primero que vi fue la carta que Amanda me había dejado , la abrí y comencé a leer ” Iván, sé que cuando lea estas líneas te voy a causar un gran dolor, sé que tenía que habértelo contado antes, pero sabía que cuando nos conocimos venías con la herida que te había

causado Gabriela. Pero no puedo seguir mintiéndote, estuviste cinco meses en Paris, ya sé que fue por asuntos de trabajo. Durante tu ausencia Marcelo me llamó por teléfono,  en los días siguientes  conversamos todos los días, quedamos de encontrarnos,  fui al lugar de la cita  y cuando lo vi venir hacia mí , fue como nacer de nuevo. Sentí que me costaba respirar y que el corazón  era un caballo desbocado cabalgando por mis venas, mis arterias y mi sangre. Sentí  como que un terremoto en todo mi cuerpo,  las piernas apenas me sostenían y todo daba vuelta a mí alrededor. Entonces me dejé llevar por la evidencia de que nunca había dejado de amarlo y desde ese día no hemos dejado de vernos. Cuando tú regresaste de Paris, no tuve el valor de contártelo, y como sé que nunca podré decírtelo mirándote a la cara, es que no he visto otra alternativa que dejarte esta carta.Siempre te voy a recordar con cariño, fuiste muy importante para mí, y me diste muchas cosas, sosiego a mi alma, cariño y amor, siempre te voy a

recordar con ternura, amor y pasión. Pero durante todos estos días que he estado con Marcelo me he dado cuenta que todo que tú me has dado no alcanza para llenar todos los tiempos y todos los espacios de mi alma, de mi piel y de mi vida, como lo hace Marcelo. Querido Iván siempre te voy a recordar, has sido muy importante en mi vida, llegaste en el momento preciso, sé que vas a pensar que no te quise, sé que vas a pensar que me aproveche de ti y que soy una egoísta. Pero quiero que sepas que te quise y quiero mucho y que me duele darte este dolor. Espero que algún día encuentres la mujer que la vida y el destino tiene para ti. Gracias por el tiempo y por el cariño y el amor que me diste. Adiós ”

       Cuando eso sucedió, cuando ella se fue, mi mundo quedo a oscura. Entonces para no acordarme de ella comencé a escribirle cartas en días de nostalgia y noches desveladas. Escribí, escribí y escribí cartas que nunca le envié. Sin notarlo ni darme cuenta, hasta que un día me encontré ante mi propio asombro al ver las cartas invadiendo todos los rincones de la casa. Aún en estos  días,  ella sigue presente en mi vida y aún la recuerdo. Y sé

que para ella soy sólo un recuerdo. Lejos distante tras las cortinas del tiempo y del olvido.

      Yo me he quedado con la nostalgia de los sueños rotos  y la sensación de ser nada más que el cazador de sueños.

enero 9, 2015   ningún comentario

Lectura sugerida

Muy buen blog con poesías y cuentos, lindo para recorrer.

Es de Argentina

 

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/

enero 7, 2015   ningún comentario

Cómo conocí a los Reyes Magos.

Edith Pérez Mena

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Las luces de la nave se apagan paulatinamente, mientras queda suspendida a unos 5 o 6 metros del suelo. Pero el pasto no se quema como solían decir aquellos expertos. Cuando se abre la escotilla bajan ellos con su elegancia de siempre, envueltos en sus milenarios trajes, subidos a sus hermosos camellos que se harán una “panzada” con todo el pasto que les van a dejar los niños.
Yo tengo que vigilar la nave hasta que ellos regresen de repartir los regalos, para que no entren otros animales, después de todo no es el “arca de Noé”.

Cuando Melchor baja me dice que no recibieron mi carta este año. No pude escribirla, le contesté, pero cualquier regalo me parece maravilloso porque yo se lo dejo a mi hermanito que los espera con mucha ansiedad. Él sonríe y me da un beso en la mejilla.
Cuando se alejan entro en la nave que es hermosa y brilla con una luz divina que llena todo de armonía. Pienso que ellos conocieron a Jesús cuando era bebé y siguen viniendo cada año a pesar de todo lo que pasa en la Tierra.
Yo los conocí cuando tenía 10 años. No podía dormir y fue Melchor, justamente, quien me descubrió escondido detrás de la cortina del comedor. Al principio me asusté y a la vez sentí una inmensa alegría. Baltazar se acercó y me entregó mi primera consola de juegos y me dijo: “te vas a divertir muchísimo, pero tratá de no enojarte cuando pierdas”. Bueno, no pude hacerle caso al pie de la letra, hay juegos que te vuelven loco y hacen que digas mil palabrotas. Gaspar me dio el triciclo que había pedido mi hermanito, en color azul y con un carrito atrás para llevar su osito de peluche. ¡Fue el mejor día de mi vida!

Unos años después, cuando les conté que necesitaba trabajar para ayudar a mi familia porque mi padre se había quedado sin trabajo, los Reyes me propusieron que les cuidara la nave cada vez que vinieran. Son 2 días. El resto del año ayudo a mi madre a vender sus tortas en la feria de la ciudad.
Nadie tiene que saber que ellos llegan en esta nave. Tengo ese privilegio porque les recuerdo muchísimo al niño al cual le regalaron oro, incienso y mirra cuando nació. ¡Ah! No les dije. También me llamo Jesús.

 
Reg. DNDA
 

 

enero 6, 2015   3 comentarios

María y el milagro del Nazareno

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Por Oscar Castelnovo

(APL)“María jamás había estado, de ese modo, con una mujer. En la vida lo había imaginado y nunca se había figurado que ‘una mina’, más precisamente Vanesa, la llevaría a tales intensidades en la celda 16, (pabellón 28, sector 7), de la Cárcel de Villa Sañamás. Allí, sus sensualidades se amarraban sin necesidad de acariciarse o siquiera cambiar miradas. Bastaba presentirse. Y, luego a espaldas de los “cobanis” y las “bichas”, ellas mezclaban aromas, talentos y rocíos de hembra en las sombras sinuosas de la prisión”. Así comienza este texto de ficción donde se mezclan amores,fantasías, derrotas, terror, euforias, goces de mujer, machismos cruentos, resistencia a la devastación y hasta milagros que alborotan designios blindados en una noche de Navidad. (Las explicaciones sobre los términos “tumberos” y populares, que se detallan más abajo, se hicieron necesarias porque este relato iba a ser publicado por una editorial mexicana y hoy ya forman parte del escrito). En los próximos días, la Agencia Para la Libertad lanzará una convocatoria para que presos y cautivas, de cualquier tipo de barrotes y de cualquier sitio del mundo, envíen sus textos y así compartirlos con los lectores.

María jamás había estado, de ese modo, con una mujer. En la vida lo había imaginado y nunca se había figurado que “una mina” [1], más precisamente Vanesa, la llevaría a tales intensidades en la celda 16, (pabellón 28, sector 7), de la Cárcel de Villa Sañamás. Allí, sus sensualidades se amarraban sin necesidad de acariciarse o siquiera cambiar miradas. Bastaba presentirse. Y, luego a espaldas de los “cobanis” [2] y las “bichas”[3], ellas mezclaban aromas, talentos y rocíos de hembra en las sombras sinuosas de la prisión. Esta Noche Buena y la Navidad estarían solas en la celda, aunque bien pertrechadas de “pajarito”, ese alcohol tumbero [4] que habían elaborado juntas, un poco de marihuana y una piedra de “merca”[5]. Porque María lo había dicho: no iría al festejo colectivo en el espacio común que da a la cocina. Ella iba a recurrir a cualquier medio para atravesar el tormento de no estar en Navidad con su pequeño hijo, el Nazareno, a quien no dejaban ver y por cuya defensa los jueces la habían condenado a cadena perpetua.

-“Si no vas al festejo, me quedo con vos: Sola no te dejo”, le dijo Vanesa.

En los últimos meses tres chicas se habían matado, y aunque María no tenía esas ideas, Vanesa –presa con experiencia si las había-, repetía filosa: “en la Argentina, el Servicio Penitenciario es la gran entidad de ayuda al suicida”.

La Navidad, su inminencia y su paso, reúnen los momentos más fuertes en cualquier cárcel de América Latina. Es allí donde se fantasean, febrilmente, libertades que abrigan reencuentros en las calles, los bares y las camas, estrujones de los que no se empardan y ternuras que el mal tiempo rezagó. Sucede también que quienes habitan esos grises mugrientos sienten su alma abatida por los lazos rotos, abandonos “imposibles” y sueños desbaratados a garroterapia y humillación. Pero la Navidad, en Villa Sañamás, puede ser también escenario de descontroles coloridos, comida rica compartida por todo el rancho6; coquetos manteles de ocasión, bailes cada vez más lascivos según avanzan las horas y alegrías que dan las sustancias y los vegetales virtuosos, agitando el alma y la intención.

María recordaba las manos de Vanesa de aquel primer día. Cómo se aferró a ellas al llegar a Villa Sañamás. Vane era la “capa7” o “poronga8” del pabellón y ante los vistazos lujuriosos, ladró:

-“Si alguna se le acerca la mato”. La faca9 le asomaba por la cintura aunque no hizo ostentación. María temblaba, le castañaban los dientes y sintió el abrazo cómo si su propia madre la estrechara.

-“Tranquila, mientras esté yo, nada te va a pasar”, le dijo Vane.

Y ella solo le soltaba una de las manos para tomar mate tras mate. Las chicas, que respetaban y temían a la “capa”, fueron a saludar y ofrecieron jabón, rimel, algodón y bizcochos de grasa. Porque cuando la policía te tira a un pabellón no te da “na de na”, le dijo una vieja andaluza.

-“Vas a dormir acá – ordenó Vane y señaló la celda contigua-, hoy me quedo con vos”. Y así fue. Vanesa la abrazó hasta que se quedaron dormidas. Ese afecto y ese amparo marcarían su relación en los días por venir, en los que no faltaron un taller de cómo “caminar” la cárcel – “in situ”- ni las lecturas conjuntas del escritor brasileño Jorge Amado, a quien la Vane amaba con fanatismo. Aunque, claro, también desarrollaron otro tipo de lazos. Nada pasó en tal sentido esa noche, pero en sueños María clamó por el Nazareno hasta el amanecer.

El padre del Nazareno había muerto tiroteándose con los “ratis” [10]. Unos años después María se juntó con el Alberto, quien quería “más a la frula que a mi viejita”, según él mismo narraba. Era ebrio perseverante, de alcohol pendenciero y sabía fajarla duro. Después, la obligaba a curtir11, y a María le fue creciendo el asco un tanto más que el rencor.

En ocasiones, el efecto de la “merca” dejaba el miembro del Alberto “como frenada e’ gusano”, así lo refería él mismo cagándose de risa, y entonces la obligaba a hacerlo con la boca. Le gustaba aspirar mientras María, trabajosamente, despertaba al “gusano” que se debatía entre la expansión y el ocultamiento. Ella, cada vez lo hacía más rápido y eficaz, para que el Alberto se durmiera de una vez y se dejara de joder. El peligro venía cuando ella decía que no.

“No te pongas así, dale, che, – dijo Vanesa-, si seguís llorando, cuando salgas no vas a existir. El Nazareno te necesita entera. Prometeme que hoy te la vas a bancar12, tomá un poco más”.

-Está bien, pero no te prometo nada, ¿no ves que no puedo?, contestó María.

-Te estoy pidiendo un esfuerzo, dejá de masoquearte. Tomá que está rebueno el “pajarito”, dale che, vamos a ponernos bien en pedo [13]”, insistió Vanesa.

-Dame más, haceme una línea, dame una seca14, rogó María.

La cárcel de Villa Sañamás está ubicada en una zona semi rural rodeada de soledad y descampado. Afuera de ella, en la ciudad, ya tronaban los cohetes y cada quien sabía que a las doce en punto tendría un regalo para abrir, con la sola excepción de los que habían quedado fuera de toda repartija, y esos sí que no recibían na de na. Pero algunos, luego de las campanadas, salían a buscar lo suyo; porque no era justo que cuando el Hijo de Dios naciera, los panes y los peces, el tinto y la birra [15] , los soslayasen con la misma insolencia con que el viento burla las alambradas que cercan los campos.

Tras la alambrada perimetral sólo la celda 16 permanecía ocupada, las otras compañeras ya festejaban en el espacio común.

-Sacate la remera, pidió Vanesa. El “faso” [16] ya había zarandeado los sentidos y las pieles se inquietaban al solo roce. Porque a tocar, lo que se dice a tocar, la Vane todavía no había empezado. Su modo era todo sutileza y principiaba, quizá, con una respiración cercana. Le insinuó un beso pero cuando María ya lo sintió en los labios, corrió los suyos al instante. Y otra vez. Y otra. Ese juego le preanunciaba a María que dentro suyo crecería lo que, en buen romance, se llama una flor de calentura. Porque hay que decirlo, ninguno, ni uno solo, de los hombres con que los que había estado la habían llevado tan alto, ni fueron capaces de una previa tan prodigiosa y ni qué hablar a la hora de abocarse a la “chucha de rechupete” (así se lo susurraba Vane). Porque a tantos años vista resultaron todos unos torpes aprendices de la maestra. Y ahora sí, Vane juntó con suavidad los cuatro pezones y María sintió que una descarga galopaba en su sangre. Aunque tuvo un arrebato de arrancarse la tanga, sabía que debía esperar, que de eso se encargaría Vanesa después de largos minutos, luego de andarla con su aliento conquistador de inesperados “puntos G”, por caso detrás de las rodillas o debajo de la nuca, o en tantos otros sitios donde los machos cabríos no exploran por urgencia, impericia o desinterés alevoso.

“Alevosía”, “agravado por el vínculo”, “perpetua”. Ese tipo de palabras leyó el secretario del juzgado ante los jueces impávidos. Pero ella sólo recordaba el momento en que después de recibir tremenda paliza, agarró el cuchillo de cocina y le gritó al Alberto que ¡no! Luego se tiró un colchón en el piso, dejándole la cama él, quien a “milonga” y vino avivaba su malogrado ritmo.

Vanesa ya estaba en ritmo. Ya había empapado los muslos de María y, sin quitarle la tanga, le humedeció el arbusto y le imprimió figuras irrepetibles enlazadas con su pincel hacia el oeste. María se retorció y la acercó.

Ella se acercó a la piecita luego de brincar del colchón del piso, con el cuchillo en la diestra, porque el llanto de Nazareno la despertó. Cuando vio que el Alberto lo golpeaba y lo mantenía desnudo debajo de él, gritó: ¡Hijo de mil puta! y el metal rompió sin esfuerzos la piel, bajó entre los pulmones y penetró el corazón de un impulso. El Alberto quedó seco al instante. Ella se llevó al Nazareno al baño, lo revisó, lo duchó y se fueron a la casilla de la madre, donde lloraron juntos y se quedaron dormidos, abrazados.

Abrazadas, algunas chicas bailaban cumbia en el pabellón y se inventaban un jolgorio de libertad tras las rejas. Faltaba menos de una hora para las doce y estaban entonadas. Y aunque sabían que la tristeza sería inevitable después del brindis, por ahora resistían a cualquier referencia bajoneante. La andaluza servía “pajarito” y comida todo el tiempo porque los vasos no debían quedar vacíos ni los platos desnudos.

María y la Vane ya estaban desnudas y la energía ardiendo desmentía a la física, porque en esa celda no había dos, sino un solo cuerpo envuelto en sudor, humo y fragancias de claro origen. Las tangas, vaya a saber Dios adónde habían ido a parar cuando las dos se refregaban como lo hacen –incansables-, las arenas de apariencia recatada con las busconas aguas del mar. Vanesa ya le bajaba y no le bajaba. Amagó que sí y jugó que no, varias veces, hasta que María la tomó de los pelos y le suplicó a los ojos, con esa mirada de María que desarmaba a la Vane. Después de un sobrevuelo rasante y limítrofe, Vane arribó en descenso completo. Allí dibujó, embebió, estremeció, serpenteó y hurgó aquí y también mucho, mucho más allá. Solo paró un toque para tomar “pajarito”, convidó a María y ambas pitaron del porro antes de devorarse en ese calabozo de Villa Sañamás.

En Villa Sañamás, pero en la ciudad, los perros se escondían por los estruendos de los cohetes y los balazos que los penitenciarios, en día de franco, lanzaban hacía un universo de colores de artificio y cañas voladoras. Los “cobanis” en servicio competían por una botella de whisky importado, a ver quién mataba más gatos desde las torres de control del penal. Aunque, para alegría felina, la mayoría ya no conservaba ni la puntería ni la vertical.

Ahora sí, la Vane abordó el trazo vertical con un rumbo que se deslizaba de sur a norte y regreso. Ahora sí el pincel delineó, lentamente, en la dirección exacta. Ahora sí, la respiró justo ahí. Y ahora sí la Vane capturó el capullo erguido de María para dedicarle su arte de succiones sostenidas, humedades a todo vértigo y maravillas de ángulos cambiantes hasta ascender por el sendero hacia la cumbre. Y Vane, no solo hacía, si no que hablaba, jadeante y preciso. ¡Dios mío! ¡Dios mío!¡Dios mío! invocó María anegada, al sentir los primeros temblores. Luego, los gemidos, ayes y regocijos sucesivos retumbaron hasta el espacio común. 
¡¡Eeeeeesssaaaaa!!, gritaron algunas chicas, pero la andaluza mandó a callar y subió el volumen del aparato que anunció las doce en punto.

La Vane extenuó su rostro en la entrepierna de María y ambas dormitaron, así, tomándose las manos con tibieza.

De uno y otro lado de las rejas la gente brindó, rió, lloró por las ausencias y hasta se ofreció en abrazos embusteros.

María despertó de su entresueño y escuchó, nítida, la voz del Nazareno: ¡Feliz Navidad, mamá!

Con un sacudón, le dijo a Vane:

-¡Lo hizo! ¡Lo hizo! ¡Es él! ¡Mi hijo!

-¿Qué decís?, preguntó Vanesa.

-Vení, vamos a mirar por la ventanita, indicó María mientras le explicaba. Cuando tenía cuatro años el Nazareno inventó un juego. Madre o hijo tenían que cerrar los ojos y contar hasta tres sin decirlo: (“¡Un, dos, tres!”). Luego, mirando al cielo debían expresar lo que quisieran en voz alta. Entonces, estando a cualquier distancia, María o el Nazareno podrían escuchar lo que había dicho el otro. Esta era la primera vez que lo practicaban.

María parada en la cama, sostenida por Vanesa, miró al cielo por la ventanuca.

En un barrio de González Catán, el Nazareno, quien hoy cumplía doce años, esperaba respuesta con una botella de sidra en las manos y una gran sonrisa de certeza.

¿Qué hacés, decime qué hacés?, inquirió Vanesa.

“Ahora te digo, esperá”, respondió María. Cerró los ojos y se dijo:(“¡Un, dos, tres!”), luego, miró ese cacho de cielo que dejaba ver el tragaluz sin vidrio. Y en voz alta y quebrada le habló al Nazareno:

-¡Feliz Navidad hijito de mi alma, hijo de mi vientre, te amo. Te amo como nunca amé a nadie ni a nada. Te amo!

Entonces sí, el Nazareno rió con un par de lágrimas, asintió y, después de beber un trago, pasó la botella a los compañeros.

María y Vanesa, cubiertas con las sábanas, aparecieron en el espacio común. Las chicas escucharon en ronda estremecida el relato del milagro del Nazareno. Luego se persignaron y, de rodillas, besaron las manos de María mientras ella no cesaba de llorar y reír a un tiempo.

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[1] Mina: Mujer (popularmente)

[2] Cobanis: término lunfardo que designaba al policía en general, hoy se aplica más al guardia penitenciario

[3] Bichas: celadoras, mujeres cobanis

[4] Tumba: Cárcel (argentinismo)

[5] Merca: Clorhidrato de cocaína. El primer laboratorio que exportó ese producto para uso medicinal a la Argentina fue Merck Sharp & Dohme, de ahí su apodo. Aunque no es el único, alterna con “milonga”, “frula”, “papusa” y “gilada”, entre otros.

[6] Rancho: grupo de presos o presas que comparte la vida. Un rancho es la familia tumbera.

[7] Capa: Jefa.

[8]Poronga: Uno de los nombres que, popularmente, designa al pene; pero también al jefe/a de un pabellón.

[9] Faca: Cuchillo tumbero, “fabricado” con cualquier metal que sirva a tal efecto.

[10] Rati: Policía, alterna con “cana”, “botón”, “yuta” y “cobani”, entre muchos otros.

[11] Curtir: Tener sexo, hacer el amor. También tiene otros significados, por caso “Estar curtido”: Tener mucha experiencia en algo.

[12] Bancar: Aguantar la adversidad con entereza.

[13] Ponerse en pedo: embriagarse.

[14] Seca: pitada de porro o cigarrillo de tabaco.

[15] Birra: Cerveza

[16]Faso o porro: Marihuana en general. También cigarrillo de la misma substancia.

(Este texto ya fue publicado, en 2011, por la Agencia Walsh, hoy a expreso pedido de María Pueblo y Juana Resistencia lo compartimos nuevamente)

diciembre 22, 2014   ningún comentario

Angel

mujer

Susana Ríos
Ella se había acostado intranquila, en su mente rondaba una sombra que no alcanzaba a descubrir el motivo.
El camino comenzado hacía meses atrás terminaría sin traspiés, mejor dicho, estaba casi asegurado que así fuera, salvo que el destino resolviera lo contrario.
Lentamente levantó el auricular para escuchar eso que su corazón presentía y que no deseaba oír.
-¡No sé que pasó…pero él no llegará!

Esa realidad la abofeteo. Quedó inmóvil mientras caía en un abismo, donde la vida se llenaba de tinieblas y las ilusiones se alejaban como mariposas volando contra el viento.
Los ojos se llenaron de lágrimas y aquella canción de cuna que ensayó, se ocultó llena de ira al saber que jamás la cantaría.
Nada se igualaba a ese dolor que empezaba a cargar el cuerpo gastado por los años, que solo deseaba dar ese amor guardado para él.

Tanteando a oscuras buscó la puerta para dejar entrar un poco de claridad. Ya no tenía lágrimas en sus ojos, se habían instalado en el corazón, donde guardaría hasta su último respiro el amor para ese ángel que se negó a llegar.

Imagen tomada de internet

diciembre 1, 2014   ningún comentario

Embriaguez

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Susana Ríos

Asustado me duermo en la precaria casa de madera y chapas.
Tu voz y tus enojos me despiertan aterrado y salgo corriendo a mi refugio, frente al riachuelo nauseabundo.
Me siento culpable porque mi niñez, no alcanza a proteger el cuerpo débil e indefenso, de esa mujer que silenciosa soporta tu agresiva embriaguez.
No creo que no entiendas lo que haces, ni acepto que no logres controlarte, sólo sé que el maldito alcohol saca de tus entrañas, el demonio que exorciza esa vida perdida y te empeñas en callar con castigos, el fracaso que te hunde en el abismo. 

Son muy largas las noches de tormentos y muy cortas las que descanso en silencio, que a veces desdibujo esos sonidos, para mezclarnos inconsciente con relatos del pasado y sentir nuevamente los afectos olvidados.
Ya no lloro porque mi llanto te embrutece y agrandas el calvario de esa vida que te empecinas en doblegar con golpes, para ocultar la infame cobardía.
Hoy derrumbaste para siempre lo único bueno que has tenido. 
El árbol que aguantó las tempestades, la pared que te sostuvo sin reproches, cuando los vicios arrancaron los sentidos.
Hoy me hiciste cruzar el zanjón de la niñez sufrida, para instalarme repentinamente en éste presente adulto y despiadado, dónde comienzo a desgarrarme por el absentismo del ser, que me ha dado la vida y las caricias.
La incomprensión de esa muerte injusta me desgarra. El alma se retuerce asqueada al ver como te empeñas en engañar con lágrimas vacías, la frialdad de tu hipocresía.
Quieres aferrarte a mí, creyendo que yo heredaré tu perdición, pero me alejo para escuchar el sonido que harás, cuando caigas del pedestal donde has logrado vivir, por tu violencia y logre verte consumir el demonio del alcohol, entre las rejas de esa culpa sin perdón.

Imagen tomada de internet

noviembre 25, 2014   ningún comentario

A destiempo

pau

Paula Duncan

El sonido del despertador la sacó intempestivamente de un sueño agitado.

Dejó la cama cayendo en una realidad aún peor; como si fuera una película violenta, pasaron muy rápido por su mente las imágenes de la noche anterior: la pelea, los gritos, los golpes, el miedo y esa apremiante sensación de final y muerte; después como si fuera un mal chiste, las disculpas, los ruegos, las promesas como si sirvieran de algo, como si pudiera creerlas.

 

Hacía bastante tiempo que su pareja iba de mal en peor, estaba agotada, esa relación tan deteriorada ya casi no existía; pero la violencia hacia ella iba creciendo a pasos agigantados, como el alcoholismo de él; decía que tomaba porque no encontraba trabajo y el círculo vicioso imposible de romper sin esfuerzo seguía intacto , sumado a que ella  mantenía la casa; no tenía mucha escapatoria, era como vivir sobre un terreno minado.

Se levantó y fue al baño, abrió la ducha; y dejó que el agua caliente la volviera a la vida, lavando tanto dolor, tanta tristeza; dejando que se llevase los golpes de su adolorido cuerpo, sentía que ella tenía el poder de hacerla sentir nuevamente una persona.

Miro el espejo empañado y vio como lentamente se iba dibujando un rostro amigo; era Manuel, a quien conocía desde siempre.Un hombre sencillo, sin grandes aspiraciones, que tenía la habilidad de hacerla sentir bien, contenida, amada. Pensó en la propuesta que le hiciera la última vez que se vieron: Manuel quería comenzar una nueva vida juntos, que ella pudiera deshacer el nudo que la ligaba a esa relación violenta, enfermiza y comenzar el camino, uno nuevo de paz, en búsqueda de la felicidad. El no quería ser una aventura, un amor de paso, el quería ser el definitivo o al menos intentarlo. Siempre se había negado,le faltaba valor; pero de solo pensar en él sintió que se le entibiaba el alma; no podía negarlo: Él ya estaba en su corazón.

Cerró la canilla, se envolvió en su toallón y el espejo le devolvió una imagen aún joven, un cuerpo esbelto…y unas ojeras espantosas.

 

Comenzó a vestirse para ir al trabajo. Le dolía terriblemente la cabeza; la noche anterior el incesante ir y venir de las sirenas policiales la había inquietado bastante.

Tomo una taza de té y una aspirina por desayuno mientras escuchaba sin ver la últimas noticias en la tele, ahí daban cuenta de la fuga de dos peligrosos delincuentes de la comisaría del barrio.

Antes de salir miró de reojo su habitación, él seguía durmiendo todavía borracho, cerró la puerta y llamo al ascensor.

Mientras bajaba decidió ir a verlo para decirle que estaba dispuesta a intentarlo, quería creer una vez más, tal vez la última.

Se miró en el espejo del ascensor y se agradó, la decisión había hecho desaparecer el dolor de cabeza y con él se fueron la ojeras, la blusa blanca le sentaba bien sobre la falda azul, tal vez le faltaba algo de color a las mejillas; se apresuró, debía caminar tres cuadras de más para poder ver a Manuel antes de entrar a trabajar, pero sabia donde encontrarlo: a esa hora él tomaba el primer café del día en el bar de la avenida, apuro el paso, ya lo divisaba en la mesa junto a la ventana.

 

Escuchaba mucho ruido a su alrededor pero no le interesaba.

La gente corría, gritaba.

Las sirenas volvieron, sonaban más fuerte que anoche.

Ella solo pensaba en que al fin sería feliz.

Oyó frenadas, extrañas explosiones, tal vez disparos, tal vez niños traviesos jugando con petardos.

No le presto atención.

Solo le faltaba cruzar la calle, Manuel al verla salió corriendo a la vereda.

Le gritaba algo que ella no entendió.

Él agitaba desesperadamente los brazos.

¿Qué le pasaba? pensó

Ella solo quería llegar a su lado.

Corrió y de pronto…algo golpeó fuertemente su pecho haciéndole perder el equilibrio.

Fue cayendo lentamente mientras pensaba ¿Qué sucedió?

Antes de llegar al suelo unos brazos fuertes la sujetaron, lo miró quiso hablar y no pudo, solo veía los ojos de él llenos de lágrimas.

Quería decirle que ya no tendría que preocuparse por ella, que había decidido estar a su lado para siempre; pero la voz había huido de su garganta.

Miró el cielo tan increíblemente despejado, se asombró del profundo silencio a su alrededor y entendió todo claramente.

Ensayo una sonrisa de despedida para su gran amor inconcluso mientras en su pecho justo a la altura del corazón se comenzaba a dibujar una flor roja

 

 

noviembre 25, 2014   ningún comentario

Me sumergí en el fascinante mundo de la poesía

flores libro

Arturo Santos Ditto

Cuando alegre y descuidado recorría las playas de la infancia observando rojos atardeceres en invierno y recogiendo piedras y caracoles alucinantes a orilla de los sueños en verano, ya que esa estación se me estaba prohibido mirar el mar, peor aún caminar por sus amplias orillas que lucían entonces en Bahía de Caráquez, ensoñador rincón al norte del Ecuador, donde nací y se desgranó mi niñez llena de ilusiones y peces. Siempre me llamó la atención ver volar  a pelícanos y gaviotas, que escribían con sus picos de sol jeroglíficos de viento en la celeste pizarra del cielo. Me deslumbraba oír cantar a gorriones y jilgueros picoteando el amanecer.

 Mis iniciales sentidos fueron también impresionados por la forma especial con que el tucán, que mi padre trajo a nosotros en un día memorable de mi lejana infancia, miraba de soslayo y coquetonamente las manos de mi madre, cuando depositaba en su jaula carcelera, trozos de frutas para satisfacer su plumífera hambre. Se me convirtió en llanto el corazón con la muerte repentina de este saltarín pájaro de patas lilas y enorme pico multicolor, que con graciosos gorgojeos despertaba el alba. Aún en una lágrima imperceptible vive en mi alma su recuerdo…

 Los años se amontonaron en mi vida y no han dejado de llamarme la atención esos privilegios de la naturaleza, lo apasionante e instintivo de aquellos, que preñan el alma de aleteante misterio. Todavía, esa peculiar manera en que los loros de verdes encantos repiten inconcientes y felices, las frases humanas, sus llantos y risas despampanantes, me deja perplejo y fascinado.

 Comulgando con esos sencillos pero inconmensurables sucesos, se inició mi peregrinaje por la poesía, la que comencé a hilvanar, cuando aún no aprendía a escribir, frente a la ternura infinita de mi madre, inolvidable relámpago de dulzura anidado en mis pupilas.

 En la escuela, pulmón de aires novedosos, obligado aprendí poemas clásicos, los que declamé en las veladas estudiantiles.

 Cuando las letras se acumulaban con borrones en mis primeros cuadernos, sin que nadie lo supiera, por las noches soñaba con esos versos y siempre aparecían sus creadores con rostros inventados por la quimera. Debo confesar que en los sueños me hermané con sus metáforas. Llegué a creer con certeza que Gabriela Mistral, la de “piececitos de niño azulosos de frío…” era mi abuela Alejandrina, que por lo inteligente que fue, para que nadie le hiciera preguntas que le arrebataran la calma del hogar, se cambiaba de nombre para escribir tiernos poemas, tan dulces como su alma. Declaro ahora que me acongojé y me anegué en resentimientos, cuando me enteré por la maestra inolvidable Bienvenida Rodríguez de Mieles, que la verdadera Gabriela Mistral era la profesora rural chilena, doña Lucila Godoy.

 Desde esa inicial estatura de mi vida me sumergí en el fascinante mundo de la poesía, la que fluye de mi alma sensibilizando mi corazón, que alentado conduce mis inspiraciones al amor infinito y a la paz añorada como centro de la vida, que por ambiciones y maldad injustificada el hombre olvida.

 Son mis poemas parte intrínseca de mí ser, los amo como a mis hijos. Estoy en permanente concubinato con las letras, con su naturaleza bella, febril, cariñosa y esperanzada.

 Imagen tomada de internet

noviembre 25, 2014   ningún comentario

Dios dormía en ellos

 

hombrerecordandoog

Arturo Santos Ditto

Eloy Rodríguez, agricultor y comerciante, hombre de buena índole, honesto y trabajador, desbrozador de caminos y generoso. Este caballero, que con cariño llamábamos “TIO ELOY” forma parte de mi ayer de blancas azucenas.
Su casa de construcción mixta era grande, suficiente para su numerosa familia. La visitábamos periódicamente, con o sin la abuela. Me llamaba su aroma campesino y su inquietante cercanía a la cárcel. Esta singular ubicación me despertaba emociones. Muchas veces imaginé – influenciado por las películas de vaqueros – masiva fuga de internos; solía pasar frente a ella una y otra vez, observando disimuladamente sus incómodas celdas.
Una ocasión vi llegar a detenidos, transportados en un viejo y polvoriento camión, recibidos por los carceleros a viva fuerza, entonces me pregunté “cuantos serán inocentes”. La noche de aquel día navegó mi imaginación y soñé con ellos, despertando a sobre saltos.

El patio de niveles irregulares tenía un aljibe a más de un abrevadero en donde las vacas saciaban su sed. Este lugar era la antesala de la muerte de ellas, las que llegaban eran despostadas al día siguiente y sus carnes vendidas puntualmente en el mercado. Solía llorar a escondidas por el destino fatal de estos semovientes; muchas veces prometía, sin cumplirlo, no volver a comerlas.
En la cocina, un cuarto algo oscuro con un horno de leña, en donde se preparaban ricas fritadas y tarros de cebo que la tía Minga distribuía, la puerta que conducía al patio no tenía escaleras, un palo retorcido de mangle hacía sus veces, el que bajábamos con cuidado. Era de ver como la tía Minga lo hacía con asombrosa pericia, por eso y por muchas cosas más se convirtió en mi heroína. Ella lavaba, barría, planchaba y acuciosa ayudaba al servicio doméstico a preparar el manjar de cada día. Para mi ella era un personaje de novela. La amé con gran ternura, con ese amor que se siente a nuestros mayores que trasmiten solidaridad y aprecio a los niños .Cómo olvidar sus inquietos y pequeños ojos celeste, con un parecido asombroso con el cielo, que terminé creyendo, que por las noches Dios dormía en ellos. Guardo aún el eco amantísimo de su voz controlando el trabajo doméstico.

Otro de los episodios vividos en esa casa, era la vecindad con la gallera del pueblo. Los domingos se libraban los combates a muerte. Fui testigo de sangrientos enfrentamientos, contemplar la crueldad me convertía en masoquista, cada gallo caído en el combate laceraba mi corazón.
El poeta anidado en mí acumulaba, en la barjuleta de sus encantos, todo ese material de alegres y tristes emociones.

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noviembre 25, 2014   ningún comentario