Categoría — Alrededor de una fogata – cuentos
Cuca y el nido alborotado
Nechi Dorado
Una tarde serena, de esas que hacen pensar que el mundo se detiene ante tanta calma, el nido también se alborotó.
Aunque en realidad el que estaba como detenido era el mundo humano, o lo más parecido a ése. Pero el nido también formaba parte del orbe. Era un submundo del cual emergían insectos con acceso a las altas esferas gracias a esa persistencia que tienen algunos bichos capaces de trepar, volar, confundir, alterar, hasta alcanzar sus propósitos por más repugnantes que parezcan.
Esos “parásitos” de la orden de los dictiópteros, nocturnos y corredores, que muchas veces también salen de día, vale asegurar que nunca están quietos. Contradiciendo las teorías del hombre que cree haber alcanzado todo el conocimiento, toda la sabiduría, pero que en realidad no ha logrado la capacidad necesaria como para introducirse por agujeros minúsculos, tan abocado como está a los grandes descubrimientos.
La cucaracha mayor a la que todos llamaban Cuca cariñosamente, dijo que era llegaba su tiempo de descanso y que habría de cumplir con eso. Sugirió que otra debería tomar su lugar y esta situación exigía rapidez de acción. En ese momento y luego de esas palabras, comenzó la agitación.
Su actitud despertó la conmoción, mucho más la incentivaron los argumentos que utilizara el insecto para detener ese camino tantas veces recorrido, atravesando los albañales, basurales y todo lugar donde hubiera comida o desperdicios.
Cuca no se esforzó por crear argumentos válidos, simplemente se despidió parafraseando aquel aire popular mexicano que decía “la cucaracha ya no puede caminar”.
La originalidad no era la característica del insecto o insecta, no se, porque las cucas son seres asexuados, me contaron.
Todos los bichos del nido sabían que era una mentira, sus patitas, aunque más lentas, bien podían seguir trasladándose. Además, ella era la Cuca reina, no era importante que se moviera sino que dirigiera y eso, hasta aquella tarde, lo venía haciendo muy bien. De hecho cuando fue elegida reina del nido, alcanzó ese sitial por su impecable trayectoria. (Uno muchas veces minimiza a esos insectos y ese es un error tremendo, porque piensan demasiado aunque la ciencia no avale esta teoría)
Ahí fue cuando todos comenzaron a preguntarse:
-¿Qué le pasa a Cuca?
Algo le molestó a ella o a las cucas que nunca se ven, pero que están y dirigen con más fuerzas desde el silencio.
-¿Acaso se convirtió en un trasto inservible? Se preguntaban todas.
(No olvidemos que ellas son de hábito asociado lo cual no quiere decir que mantengan lazos de amistad sincera siquiera entre ellas)
Presurosas, cucas y cuquitas comenzaron a dialogar sobre cuál sería la afortunada que fuera capaz de dirigir a todo el nidal. Era una tarea analítica muy severa, casi ciclópea, nada podía librarse al azar.
Por supuesto, decían, los agrotóxicos que utilizan los humanos, cada día son más fuertes, ellos alcanzaron grados superlativos de organización y fueron capaces de exterminar todo tipo de vida.
-¡Nosotras también alcanzamos esos grados!, agregó una muy competitiva.
-Hay que buscar, para el reemplazo, a una cucaracha que ya haya aprobado el examen de mutación, que resista los embates y sea capaz de permanecer inmutable a las nubes tóxicas, dijo la más audaz pero en voz baja.
Tengamos en cuenta que las cucarachas nunca hablan a viva voz para que sus planes conspirativos continúen enroscados dentro del hermetismo ancestral.
-Hay que buscar, incluso, una que resista las más altas dosis de radiación, por las dudas. Hay que cubrirse, pensaban, el hombre está demasiado agresivo y no se puede confiar en él, seguían murmurando dentro del agujero adonde sesionaban.
-Cuca nos arruinó la vida, dijo la cucaracha con mayor desarrollo de espíritu crítico a la que llamaban Critis.
-¿Por qué tanta seguridad? Preguntó un coro de antenas convulsionadas.
-Muy simple, respondió Critis, somos más de cuatro mil quinientas especies, cada una tiene su propia trayectoria. ¿Cómo habremos de ponernos de acuerdo? Hay que conciliar costumbres, tradiciones, conductas socioculturales, agregó. ¿Creen que es tarea fácil?
-¡Esto es absurdo! Dijo otra, exaltada. ¿Vamos a olvidar que nuestro propósito, estemos donde estemos, siempre es el mismo? ¡Chicas, tampoco es el momento de elucubrar fantasías! Agregó mientras se exasperaba más, levantando su dedo índice y apuntando a la masa allí reunida.
Siguió diciendo: -Hagamos una lista de prioridades, ¡abortemos las ideas que no nos unan porque perjudican nuestro mañana!
Las cucarachas se miraron asombradas.
-¡Qué has dicho! Preguntaron todas espantadas casi como si un demonio hubiera penetrado por el agujero de entrada.
-¡Ohhhhhhh! Repitió el eco durante varios minutos.
-¡Esto ya se desmadró, así es imposible dialogar! respondieron otras.
Se dio por terminada la sesión esa tarde serena en la que parecía que el mundo se había detenido. En el horizonte avanzaba un escuadrón de nubes de tormenta, pero que no habrían de ser más que el anuncio de chaparrones aislados propios de la época del año. Y de las circunstancias.
-Mañana será otro día, agregó Critis, pensemos que algo, como siempre, se nos va a ocurrir.
-Afuera la noche está llegando, fíjense como las estrellas comienzan a marchar y cada día su brillo parece encandilar mucho más. Hay que seguir trabajando y con mucho cuidado, están en juego nuestras costumbres y debemos crear nuevas fuentes de engaño.
-El hombre, ya lo vimos, está cada día más agresivo, genera pobreza a pasos acelerados y ya saben ustedes, a los pobres no se les cae ni una miguita ¿De qué vamos a vivir nosotras?
-Cuca quedó pensativa mientras su población se encaminaba hacia las cloacas del barrio.
febrero 19, 2013 ningún comentario
El extraño hombre del pijama azul
Manuel Teyper
Sábado, 18 de agosto de 2012
En algún lugar de Lima: un viento frío, muy frío, se coló a través de una ventana abierta, y golpeó suavemente el rostro de un hombre que parecía dormir; eso hizo que abriera los ojos con cierto fastidio.
La barba hirsuta, que crecía de cualquier forma desde hacía algunas semanas atrás, y el cabello entrecano, ensortijado y revuelto, completaba el cuadro de alguien que de lejos mostraba haber envejecido antes de tiempo; debía tener unos cincuenta años de edad, pero aparentaba sesenta.
El hombre se despabiló por completo, y pasó sus manos por su cara, preguntándose instintivamente dónde se encontraba; su rostro y sus manos daban la impresión de pertenecer a diferentes personas, pues mientras su rostro mostraba los estragos que le ocasionaron muchos años de exposición al sol, sus manos lucían tersas.
Gruesas frazadas cubrían su cuerpo dificultándole cualquier movimiento. De súbito comprobó que tenían un espeso olor a moho tan desagradable, que las hacía irrespirables; eso hizo que las alejara de sí instintivamente.
Apenas se levantó, notó que vestía un pijama azul oscuro a rayas que no recordaba haber tenido nunca.
Miró el cuarto, y le pareció del todo extravagante; sobre un ventanal colgaban unos viejos cortinajes oscuros, de los que no se podía distinguir su color; el piso era de madera, y crujía como si fuera a colapsar con cada paso, y sobre las paredes, rasgados en diversas partes, aparecía mal pegado el papel que las recubría.
Se puso aquellas ropas que vio sobre un viejo sofá, y se sorprendió al ver que encajaba perfectamente en ellas, a pesar de ser tan ajenas a sus gustos… Todo eso le daba la terrible sensación de estar viviendo una existencia que no era la suya.
Examinó sobre una mesa lateral algunas revistas viejas y otras cosas, pero ninguno de esos objetos le transmitió un signo de pertenencia; estaba obnubilado, como perdido; se encontraba en un lugar al que no recordaba haber llegado nunca.
Tomó una de esas revistas para comprobar la fecha, y se alarmó al ver que decía: 12 de enero de 1889, lo que le hizo pensar que alguien le estaba jugando una broma pesada y de mal gusto.
Se dirigió a la ventana, y observó a través de ella un panorama impresionante; en vez de autos modernos, le pareció ver carretas jaladas por caballos, y se fijó que la gente vestía ropas extrañas… ¡Como las que llevaba encima! Un leve temblor en sus piernas lo obligó a sentarse en el borde de la cama; no era posible que estuviera pasándole, justo a él, semejante suceso. Si al menos supiera cómo, o en qué condiciones llegó a ese lugar –pensó-, ya tendría algo a qué asirse, como un punto de referencia que le permitiera ver las cosas con algo de normalidad. Una idea súbita le vino a la cabeza:
-¿Habré enloquecido? -Se preguntó- pero eso no tiene sentido: Razono; signo inequívoco de cordura. Sin embargo puedo tener una rara forma de locura que me permite razonar por momentos… ¿Habré perdido la memoria?
Trató de recordar las últimas cosas que hizo antes de caer en esa especia de abismo en el que se encontraba. Intentaba evocar cada cosa que hubiera tenido significado en su vida, pero era en vano; a lo mejor todo se debía a una pesadilla infernal, como cuando se sueña que se cae al vacío y justo en el momento de estrellarse contra el suelo se despierta en sobresalto… Solo que él parecía seguir cayendo sin poder despertar.
Estas y otras ideas le venían a borbotones. Ni siquiera se atrevía a imaginarse preguntándole a un transeúnte algo que tuviera sentido; cualquier cosa que le diera una respuesta cabal a la que agarrarse para no enloquecer… Pero loco, lo llamarían loco. Sin duda. Y lo llevarían a un manicomio donde terminaría por perder la razón y moriría en la más completa desesperación.
Estaba a punto de salir a la calle para saber al menos donde se encontraba, pero alguien llamó a la puerta. Eso le hizo saltar de la cama donde estaba sentado; un miedo incomprensible se apoderó de él sin que pudiera evitarlo.
-¿Vendrán a botarme a la calle?- Pensó. No tenía la menor idea de a dónde ir, en caso se viera obligado a abandonar el recinto que ahora ocupaba inexplicablemente.
Volvieron a tocar. Esta vez con la palma de la mano, de modo que se vio obligado a entreabrir la puerta y asomar tímidamente la cabeza.
Una señora de edad avanzada, pero que conservaba una energía asombrosa, con el cabello alborotado y vestida como al desgaire con una raída bata negra, y a la que se le pegaba perturbadoramente la piel a los huesos, más que hablar con una voz que alguna vez fue diáfana y fuerte -y que ahora lucía áspera y chillona-, dejó escapar un torrente irritante de palabras inconexas, luego de lo cual preguntó:
-Señor González, ¿Piensa quedarse hoy también, o no?
El hombre no salía de su asombro.
-¿¡Tengo que repetirle la pregunta!?
-No, señora. Sí, me quedo.
-Entonces págueme.
El hombre buscó con desesperación entre los bolsillos de su pantalón el dinero, preocupado de no tener con qué pagar, pero su mano se encontró con un bolso de cuero. Lo abrió, y extrajo de él un billete, pasándoselo a la señora.
-Con esto alcanza para pagar una semana de alquiler- Anunció la señora con la amabilidad que le produjo el billete entre sus manos- enseguida le traigo el desayuno.
El hombre solo atinó a mover levemente la cabeza negativamente, y a continuación le informó que él bajaría a desayunar. Cuando se fue la casera, cerró la puerta un poco aliviado vaya a saber por qué, de no ser echado de aquel lugar que ahora representaba su único refugio.
Después de sopesar este episodio que no le daba mayores luces sobre su situación, reparó que la clave de su identidad -porque aún de esto dudaba- podría estar en sus bolsillos.
Tiró su contenido sobre la cama y observó, aunque no se lo esperaba por el trastorno en el que se encontraba, que efectivamente en esos documentos se hallaba su rostro y su nombre, pero extrañamente algo hacía que no se identificara de ningún modo con ellos.
Pero… ¿Por qué? ¿Qué arte maquiavélico había obrado para que se sintiera así?… ¡Tan extraviado!
Las preguntas se agolpaban en su cerebro haciéndole perder el control por momentos.
Quiso salir de aquella tétrica habitación, pero se contuvo. No quería salir a ver personas que caminaban como autómatas de aquí para allá sin rumbo fijo… Además no tenía a donde ir.
Un rato después bajó por las escalinatas de aquella casona vieja que a cada paso crujía y retumbaba como expresando una queja de dolor.
Después de tomar el desayuno, pidió no ser molestado por ningún motivo.
Mientras subía las escalinatas crujientes, se preguntó instintivamente cómo pudo ir a parar a un lugar como ese. Pensó, con preocupación, que de no encontrar pronto respuestas, su trastorno podría acrecentarse hasta niveles de locura.
De repente se detuvo, y tomó la decisión de salir de la casa.
Bajó las escaleras, salió a la calle, y caminó sin cesar por la ciudad nubosa, oscura siempre aún a medio día; sucia y bulliciosa.
A cada paso observaba obnubilado una masa informe de personas y edificaciones que parecían moverse al unísono de aquí para allá, como al compás de un vertiginoso huracán.
Los transeúntes -que no miran nunca de frente, como temerosos de que alguien logre conocer a través de sus ojos sus más íntimos secretos-, pasaban presurosos a su lado.
Almorzó con la mano temblorosa. El fuerte choque con esta nueva y apabullante situación, no se apaciguó ni siquiera después de la media botella de ron que le sirvió un muchacho callado pero servicial que lo atendió como a un viejo cliente.
Regresó cual sonámbulo a la ruinosa casa de huéspedes. Subió los crujientes escalones y se dedicó a escribir una carta, más que para mandársela a alguien, para tratar de sacar algo en claro rememorando su pasado.
La carta literalmente decía así:
Mi vida ha sido un cúmulo intermitente de sucesos irracionales.
Para ganarme el sustento, he tenido que hacer muchas cosas triviales que ocuparon mi tiempo, pese a estar convencido que trabajar es como dormir; tiempo perdido; no sé cómo he desperdiciado tantos años de mi vida haciendo cosas infructuosas.
Me he dedicado a sobrevivir así… Llevando una existencia precaria y superficial; siempre en busca del sentido de la vida… Hasta que me di cuenta que no tenía sentido; siempre en busca de esa hipotética importante misión que me hizo llegar al mundo, tal vez de una lejana galaxia, o de la oscuridad, a donde iré sin remedio.
Recuerdo, como una nebulosa, haber dejado la casa de mis padres, en busca de algo que nunca supe qué fue, y que sigo ignorando todavía.
La familia se transformó en una sombra que me persigue todavía, tal vez porque nunca tuve realmente una familia; era un fantasma en mi propia casa… Eso hizo que quisiera escapar… Escapar en busca de la libertad que no encontré nunca, ya que si antes estaba preso de los recuerdos… Ahora estoy preso del olvido.
Después comencé a viajar, y me gustó la incertidumbre de no saber a qué lugar iba a llegar. A quienes conocería. Dónde dormiría esa noche. Qué paisajes llenarían mis ojos de alegría –los mismos que me llenan ahora de nostalgia-. Pero todo eso me dejó sin amigos, con esta insondable soledad de huérfano, y con la sensación de haber perdido mi tiempo y la oportunidad de lograr ser una persona como cualquier otra; sin las interrogantes que nunca pude responderme.
Quise alejarme de la monotonía, pero después esos viajes se convirtieron en una irremediable sucesión de lugares que no pertenecían a ninguna parte… Y me quedé sin un sitio a donde ir; salí escapando de la familia, solo para regresar a la soledad y a la desesperanza… Y terminé envejeciendo con una idea vaga de lo que sería mi futuro… Futuro que llegó cuando menos lo esperaba; tal vez por eso acabé aquí: Metido en estas cuatro descascaradas paredes sin saber quién soy ni para donde ir. Sin familia, porque la mujer que conocí esperó de mí lo que nunca pude darle: Estabilidad.
A partir de ése momento la amargura camina a mi lado; sigo siendo un ermitaño entre la multitud que se agolpa por doquier; las personas y su necesidad de andar siempre acompañadas. Como que no son ellas si no tienen una presencia a su lado que las haga sentir que son necesarias… Y queridas; tal vez sea eso lo que me está ocurriendo: He estado tan solo, que para mí es lo mismo estar en un lugar o en otro, sin tener a nadie a quien contarle mis tristezas, mis sueños o alegrías que, como el amor, también se acaban pronto.
Me acostumbré a ir por el mundo solo, sin tener que pensar en el regreso; por eso corté los lazos que me ataban; por eso nunca tuve algo realmente mío, como las cosas que uno sabe que a diario puede disponer.
Tal vez no lo sepa con certeza y haya recuperado momentáneamente la cordura… Como aquel que recupera el dominio de sí mismo después de treinta años de encontrarse sumido en las garras de las drogas, y yo, como él, tenga todo por pensar y poco por vivir; por eso será que me siento como en medio de una pesadilla que no tiene fin.
Tal vez solo me quede seguir siendo el anónimo que siempre fui, y no pueda tomar la rienda de la poca vida que me quede en mis manos. Y tenga que escapar una vez más de las responsabilidades, y de mí. Y siga oculto en una identidad que no siento mía. Y continúe dando tumbos una y otra vez por los caminos. Y termine en otra parte. Y me derrumbe. O muera quizás aquí mismo, sin saber a donde ir o a donde no decidí ir, putrefacto y olvidado como la muerte… Que solo muerte es.
La misiva terminaba ahí no más, sin que hubiese puesto su firma en ella.
Martes, 21 de agosto de 2012
El martes, después del medio día, la señora de cabello alborotado, vestida como al desgaire con una raída bata negra, y a la que se le pegaba perturbadoramente la piel a los huesos, llamó a la policía después de haber gritado y golpeado repetida y fuertemente la puerta.
Nadie pudo dar una explicación satisfactoria al hecho de haber encontrado aquella carta, cuya tinta –según comprobaron los expertos- estaba fresca… Muy fresca, como si hubiese sido escrita hacía sólo unos momentos antes, sobre todo si se tiene en cuenta que aquel extraño hombre del pijama azul… Llevaba muerto tres días.
febrero 19, 2013 ningún comentario
Adiós a las bancas de la iglesia…
Arturo Santos Ditto
Mi madre, hija de emigrantes italianos, se conoció con mi padre estudiante provinciano en Guayaquil, en circunstancias especiales.
Don Pascuale Ditto Laíno, nació en Orsomarzo, provincia de Concenza, La Calabria, pequeño poblado del sur de Italia, quien al llegar a América se radicó en la ciudad de Guayaquil y multiplicó su sangre. El calabrés, católico por costumbre, con fe se dedicó a faenar ganado y con trabajo trasnochador amasó pequeña fortuna que se fue mermando a consecuencia de su reconocida generosidad y las adversidades.
… En Bahía de Caráquez, reducido rincón de peces en Manabí, con una iglesia sonora y venerada, don Eloy Rodríguez mantenía una modesta ganadería. El era hermano de la menuda y cerebral abuela Alejandrina, devota por convicción de San Vicente de Ferrer. Mi padre instalado en Guayaquil, para costear sus estudios universitarios tuvo que participar por su tío en los negocios con los comerciantes porteños; pretexto del destino para que Pepe Santos Rodríguez pueda conocer al emigrante italiano. La química funcionó, que a más del comercio citadino surgió una sincera amistad no obstante la distancia generacional. Ese maravillo lazo que hilvana a los hombres, le permitió periódicas visitas al hogar de don Pascuale.
… Entonces las miradas de Elena (mi madre), donde se amansa el mar con su cristalino verdor, se trenzaron con las del estudiante en ocultas sinfonías. Creció de esa manera –entre cantos de cigarras y a la luz de los faroles del alma– un gran amor. Por ese sentimiento y esa pasión interminable de los enamorados, estoy aquí y soy corpóreo, viviendo con estas palpitaciones, que alimentan mi corazón de rebeldías, besos y canciones…
El ancestro católico de los italianos y la acrecentada creencia de mi abuela en los santos canonizados en Roma, hicieron de todos nosotros creyentes en el catolicismo. Llegué a participar en la infancia en largas sesiones de catecismo y acolitar misas. Sentía un profundo acercamiento vital con la iglesia…
Cuando ya había vivido ocho años, vestido de blanco, en puntillas y con una vela derretida en oraciones, llegué emocionado a saborear por primera vez la hostia, que por elevada devoción y la ingenuidad propia de esos años, no quise probar alimentos esa tarde, en la noche y al día siguiente, para que se neutralizara el sabor del pedazo de pan bendecido. Creí –lo confieso– que me estaba santificando.
… Esta tierna y dulce emoción duró muy poco. Pues entre los primeros años de transición de niño a hombre, el estudio, pálidos fantasmas de interrogaciones, la actitud contraria a la fe de sus conductores y los diezmos del catolicismo, me defraudaron, que cambiándome de casillero llegué a predicar el evangelio tempranamente con la Biblia bajo el brazo y con la imagen de Jesús más sencilla, más humana…
Teniendo al Nazareno como un ejemplo moral y perseverancia combativa, sin más verbo y alegorías , abandoné definitivamente las bancas de la iglesia…
Desde entonces, no mas al templo
Una villa de cemento con visos de modernidad, construida en esa época, servía de templo para un reducido grupo de evangelistas a quienes llamaban protestantes. Los errores de la iglesia que venían arrastrándose desde la inclemente conquista española y la asoladora época colonial habían despertado sentimientos contrarios, motivo fundamental del deterioro en mí, de la fe apostólica y romana.
Niño aún con el corazón expuesto a las emociones por las novedades de la vida, mi curiosidad iba descubriendo nuevas motivaciones que inquietaban mi espíritu. La interrogación común en la infancia, era frecuente para mis ojos escudriñadores e inquietos.
Acosaba permanentemente a mis padres y allegados con preguntas, recibiendo respuestas en ocasiones satisfactorias, en otras –en la mayoría– con vacilaciones que provocaban desvelos que me hacían fantasear con la compañía rumorosa del mar, que incansablemente con su oleaje alborotaba el filo de la noche… Creía a veces que el mar había sido un viejo gruñón de larga y húmeda barba blanca, que por reclamón el duende del camino lo había convertido siglos atrás en lo que era y es ahora. Por eso al amanecer, por medio de los ventanales traseros del departamento que habitábamos, donde se mostraba el mar a plenitud, me ponía a adivinar cuales serían sus ojos, con la certeza que la barba era la blanca espuma que aún se duerme en la playa…
En el vaivén de preguntas y respuestas, fui formando mi criterio y reconociendo la vida. De tal manera, que un día cualquiera me encontré en el improvisado templo evangélico; recibí lecciones bíblicas, me adentré con la vocación de niño en la palabra de Dios y aprendí a predicarla. Me inquietaba positivamente la manera de orar de Mr. Johnson, pastor norteamericano, muy distinto al rezo y oraciones de los católicos. Innumerables días fueron mi convivencia con el templo, que empecé a amarlo.
… Un domingo por la mañana, de esos soleados que irritan el carácter, al llegar al templo de noveleras vivencias, … no encontramos nada, parecía que se habían mudado o que todo se había ido con el aguaje de la última noche, dejándonos a inicios del camino y sin esperanzas.
… Luego se supo que el “gringo” y sus colaboradores, en la oscuridad y la vergüenza se habían llevado todo, en execrable delito contra la fe cristiana.
Esa lección la aprendí de memoria, que vivamente la recuerdo y perdí la confianza en los hombres que pregonan la religión… Desde entonces, no más a los templos. La iglesia ya había quedado como un cuaderno sin uso en el pasado…
2006
febrero 12, 2013 ningún comentario
Crónica de un arresto anunciado
Manuel Teyper
I
Jueves 1º de diciembre de 2011
Distrito de San Miguel – Lima, Perú.
5:00 pm
Acabo de llegar a mi acostumbrado lugar de trabajo, es decir, al centro comercial ‘’Plaza San Miguel’’, donde ofrezco a los visitantes cuentos y relatos de mi autoría.
Por una disposición de la gerencia de Plaza San Miguel, en connivencia con la Municipalidad del Distrito, se acordó, por un tiempo determinado, cerrar las calles internas al tránsito vehicular, e impedir la venta ambulatoria; la medida pone en serios aprietos a quienes viven de la venta de sus productos, lo que parece no importarle a nadie.
Salgo de ahí, y me dirijo al Distrito de Miraflores.
Me subo a una combi, que es un vehículo pequeño, con ventanillas que nadie tiene intensiones de abrir; en el que un viaje puede adquirir dimensiones de fatalidad si alguien deja -por descuido, digamos- escapar una ventosidad, o si olvidó bañarse ese mes, compartiendo su humor con los 33 pasajeros restantes.
Los empresarios, pensando más en sus bolsillos que en la comodidad de los pasajeros –que ni tan pasajeros, dada la enorme cantidad de horas que pasamos subidos en ellos-, han ideado asientos tan pequeños que las personas van muy juntas como si se conocieran de toda la vida. Además entre fila y fila no queda el espacio suficiente para sentarse, haciendo insufrible pero indispensable subirse a uno de estos vehículos, cuyo techo no alcanza el metro treinta.
Ocurre algo peor cuando se incrementa el número de usuarios: Los que no encontraron un asiento vacío, deben viajar de pie. Viajar de pie es un decir. Los afortunados que nunca han tenido que trasladarse así, no lo imaginan: Las personas se agarran de cualquier parte, colocan la espalda al techo de la combi como si fueran contorsionistas, y ponen esa parte del cuerpo que comienza donde termina la espalda, muy cerca de la cara de alguien que va sentado… Pero que no dice nada porque se siente ‘’privilegiado’’. Sólo atina a mirar hacia otro lado como si no ocurriera nada; el maltrato se ha vuelto una costumbre.
II
La combi, en la que iba yo, toma la avenida La Marina y voltea por la avenida Salaverry; a media cuadra de la avenida Salaverry suena un silbato; la policía, pese a tener la tarea de hacer cumplir la ley, tiene también la característica de llegar en el momento menos indicado.
Un representante del orden se acerca a la ventanilla del chofer, y le pide los papeles.
Como presagiando algo feo, me digo para mí mismo: Sólo falta que se les ocurra pedir documentos; un segundo después, cumpliendo mis temores, asoma la cabeza un efectivo policial, y pronuncia la frase fatal:
-Todos los varones, por favor, entreguen su documento de identidad.
Sabiendo lo que se venía, saco mi caduco carnet de extranjería, y se lo entrego.
Sentado en la combi me imagino a otro representante del orden digitando mi nombre, encontrando una mancha que no debiera estar, y ordenando a su colega la detención inmediata del portador de dicho documento.
Veo a través del vidrio de la combi al agente que se acerca con paso decidido; en su interior debe haber saltado una alarma que lo hace estar alerta al menor movimiento mío.
-Acompáñeme- Me ordena.
Bajo con cara de circunstancias; los demás pasajeros deben pensar que la policía acaba de atrapar a un peligroso delincuente; a partir de éste momento tengo la fea sensación de que ya no me pertenezco. Que estoy en manos de las autoridades peruanas, y que mi vida dependerá, en lo sucesivo, de lo que ellos decidan hacer con ella.
En cuestión de segundos he pasado de la combi a una patrulla; no sé qué cosa es peor.
Me preguntan que hice para meterme en líos. Solo contesto que la historia es muy larga; decirles más resultaría inútil.
Cinco minutos después estamos a la puerta de la comisaría que tiene un nombre poético: ‘’Orrantia del Mar’’.
III
Distrito de San Isidro.
Comisaría Orrantia del Mar.
5:30 pm
Antes de ingresar a la comisaría pienso cómo debo obrar: con la verdad, obviamente. Mejor dicho… Con mí verdad.
La tensión crece por momentos haciendo que me ponga a pensar, seriamente, que debo tener en cuenta la peculiar forma de pensar que tiene la policía: Ellos sospechan, yo digo mi verdad; ellos dudan, yo confío; ellos preguntan, yo afirmo; ellos parecen exaltarse, yo permanezco sereno; ellos tratan de encontrar contradicciones, yo sigo diciendo la verdad hasta el final. Hasta que se den cuenta que mi historia es real. Hasta que ya no les quede nada más por preguntar. Hasta que se cansen de preguntar. Hasta que intuyan que no tratan con un delincuente, pese a que mi rostro diga lo contrario. Hasta que intuyan que pierden el tiempo y me lo hacen perder a mí. Hasta que parezca que me deben algo. Hasta que se percaten que lo que han hecho conmigo, es una injusticia. Hasta que comprendan que no debo estar ahí. Hasta que estén a punto de ofrecerme disculpas, y pidan un taxi para regresar a casa… Bueno, no tanto.
IV
Una pequeña araña se asoma por debajo de una silla de metal. A pata izquierda del arácnido se halla un escritorio, y a derecha una papelera de madera. A su costado hay una mesa sobre la cual reposa un televisor apagado, y un teléfono negro. El color del teléfono no es casual… Debe ir acorde con la situación de los que caen en el agujero negro llamado prisión.
Exactamente frente a la araña, que ahora cuelga tranquilamente de su hilo, hay un cómodo sofá gris, y sobre él, un poco tenso por la situación… Estoy yo.
A mi izquierda, de pie, un policía mira constantemente su celular; parece como si su mundo dependiera de él.
A mi derecha, sentado frente a su computadora, un policía me pregunta:
-¿Nombre?
-Jaime Didier Aldana Reyes.
-¿Jaime qué?
-Didier, d-i-d-i-e-r- Le deletreo.
-¿Fecha de nacimiento?
-Quince de mayo de mil novecientos sesenta y cinco.
-¿Edad?
-Cuarenta y seis años.
-¿Nacionalidad?
-Colombiana- ‘’Pero creo que no deben existir las fronteras; ya son demasiadas las cosas que nos separan a los seres humanos, por eso me considero un ciudadano del mundo’’. Claro, esto no se lo digo, creería que estoy loco.
-¿Estado civil?
-Casado- Pienso: ‘’tristemente’’, pero tampoco se lo digo.
-¿Grado de instrucción?
-Secundaria completa- Estuve a punto de responderle: ‘’analfabetismo funcional’’.
-¿Ocupación?- La pregunta me dejó frío. Rondaban algunas respuestas en mi cabeza. ¿Ocupación?… No sabía qué cosa responder. Me ocupo de cosas que a ojos ajenos resultan poco lucrativas, por ejemplo colocar agua y alpiste en el jardín para que algunas aves llenen la panza. Ir al mercado con mi perrito pequinés. Leer. Realizar algunos trabajos en casa -siempre a regañadientes-, y escribir cuentos y relatos.
El policía, al notar mi ensimismamiento, pregunta otra vez:
-¿Profesión?- Entonces no tuve más remedio que mentir:
-Escritor.
-¿Para una editorial?- Ya quisiera, pensé.
-No. Escribo cuentos y luego salgo a venderlos en la Plaza San Miguel y en el teatro Marsano.
-¿Por qué lo han arrestado?- Esa era la pregunta clave.
-Porque tengo impedimento de ingresar al país.
-¿Y entonces por qué ingresó?
-Porque vivo aquí y tengo mi carnet de extranjería que me otorga la residencia por estar -tristemente, ya saben- casado con una peruana.
-¡Explíquese!
-¿Puedo realizar una llamada telefónica primero?
-Más tarde, ahora explíqueme todo.
-En 1990, después de realizar un viaje por América del Sur, pasé por Lima. Me subí a un bus urbano, y ahí alguien robó mi pasaporte, despojándome también del poco dinero que llevaba en su interior. Puse la denuncia correspondiente y fui a mi consulado donde me expidieron un pasaporte provisional, y me dijeron -¡Vaya que error!- que me dirigiera a la prefectura cito en la Avenida España, para que corroboraran que me encontraba dentro de los límites de permanencia. Me hicieron ir en varias oportunidades -tiempo que aproveché para conocer más de cerca a la muchacha limeña que hoy es mi esposa- y en última instancia me dijeron, sin anestesia, que quedaba detenido. Pregunté la razón, pero no supieron qué decir:
-Que bueno…. Que por ser colombiano. Que el terrorismo. Que existían ‘’serias’’ sospechas. Que tal vez vendió su pasaporte. Que cómo no tienes dinero- Y otros argumentos de este temple.
-El policía que llevó mi caso en esa fecha, hizo una llamada telefónica al consulado colombiano, para contarle a la cónsul de turno que en esa dependencia tenían arrestado a un colombiano. Después de colgar, el oficial me dijo que la cónsul no quería entrometerse en mis problemas. Que no sabía quién era yo -y yo no sabía quién era ella- y que él se veía en la ‘’obligación’’ de expedir una resolución para que me expulsaran del país inmediatamente.
-Años después me enteré que dicho oficial ‘’olvidó’’ anotar el motivo de mi expulsión –pues no había motivo- ni colocó su nombre –vaya, qué valiente- como responsable del insólito hecho.
-En Colombia comencé de nuevo a vivir alejado de los problemas del matrimonio, hasta que llegó a Bogotá la peruana insistiendo en malograrme la vida, y con ella me casé un año después.
-Volvimos a Lima por aquello de la luna de miel –que termina cuando uno se da cuenta que no era con ella con quién pensaba casarse-, y en 1995 me otorgaron mi carnet de residencia por estar casado con la ciudadana peruana.
-En el año 2009, después de estar 16 años viviendo en Lima, decidí hacer un viaje a Colombia, y regresé al Perú con un nuevo pasaporte. Al llegar a la frontera me informaron que tenía impedimento de ingresar al país, pero que ingresara de todas formas y solucionara mi problema en Lima.
-Ya en Lima, fui a Migraciones dónde me sugirieron hacer un trámite judicial, y no me recibieron los documentos. Entonces dejé de creer. Y decidí -¡vaya que error!- dejar las cosas así. Luego, cuando pasaba en combi por la avenida Salaverry, ustedes se percataron que tengo impedimento de ingresar al país, y aquí estoy.
-¡Repita todo que no entendí absolutamente nada!- Me ordena el oficial. Respiré hondo y repetí punto por punto lo que acabo de anotar líneas arriba.
V
-¿Ahora si puedo hacer la llamada telefónica?
-Bueno.
-Gracias.
Marqué a casa. Contestó la hija de mi esposa.
-Hola, soy yo. Dile a tu mamá que hoy no podré ir a la casa.
-¿Por qué?
-Porque estoy detenido en la comisaría de Orrantia del Mar, en San Isidro.
-¿Qué pasó?
-Es por los documentos, ya sabes.
-Entonces vamos para allá.
-No creo que sea necesario.
-¿Cómo que no? Nos alistamos y salimos.
-Espera, me están diciendo que me van a llevar a Medicina Legal, y de allí a extranjería, la oficina ubicada en la avenida España. Mejor nos vemos allá.
-Está bien.
Colgué pensativo sin saber lo que iba a ocurrir.
Quince minutos después me subieron en una patrulla, y me condujeron a Medicina Legal. Al llegar, la doctora me ordena quitarme la ropa. Lo hago parsimoniosamente para que se eche atrás con la orden. Me pregunta si me han golpeado:
-Me han tratado mejor que en la casa- Sonríe por mi respuesta, y para mi alivio me dice que no me quite nada.
Llegamos casi a las once de la noche a la prefectura. En la calle ya esperaban mi esposa y su hija. Nos estrechamos la mano; es muy grato saber que se puede contar con ellas.
Entré solo a la dependencia de extranjería.
Una vez adentro, respondí casi las mismas preguntas que me hicieron en la comisaría.
No habían pasado diez minutos cuando sonó el teléfono… También de color negro. Contestó un policía de civil.
-Sí, mi Coronel. Un momento por favor.
-Es el Coronel- Informó a su superior.
-¿El coronel a esta hora?- Preguntó para sí mismo.
No alcancé a escuchar muy bien lo que se decía… Y tampoco quería escuchar, pero a mis oídos llegó la frase:
-Si mi Coronel, entonces al colombiano lo dejamos ir. Sí. Lo citamos para mañana. Bueno mi Coronel. Buenas noches mi Coronel.
-¿Cómo habrá sabido el coronel que se encontraba usted aquí?-Me pregunta el jefe. No le respondo nada… Pese a que conozco la respuesta.
-¿Tiene teléfono en casa?
-Sí, señor.
-¡¿Y si llamo en éste momento y no hay nadie en esa casa?!- Grita súbitamente encolerizado, como si con ello quisiera terminar con todas las patrañas que él cree que inventé.
-Si llama ahora, efectivamente no hay nadie- Con esta afirmación me estoy colocando al filo de la navaja, si percibe que es mi forma de decirle que no me ha gustado su actitud.
-¡¿Cómo que no hay nadie?!- Grita.
-No hay nadie porque mi esposa y su hija están afuera.
-¿Afuera en la calle?- Pregunta bajando el tono de su voz.
-Sí, señor.
-Ramos, ¡haga pasar a la señora del colombiano!
Instantes después aparecieron las dos mujeres que son la única familia que tengo en el país, y luego de largo diálogo pude salir del trance, con la firme intención de solucionar el problema que me tiene en vilo poco más o menos veinte años: El impedimento de ingresar al Perú, pese a vivir aquí, y legalmente, casi la misma cantidad de años.
Al día siguiente fui al consulado colombiano, y hablé con el cónsul para que me hiciera el favor de darme una carta que llevaría a migraciones, como me lo había sugerido el jefe en la prefectura, pero el cónsul me dijo que él no sabía quién era yo -¡Y yo no sé quién es él!-; por eso creo que mi estadía en el país… Peligra.
Manuel Teyper. mteyper@hotmail.com
PROYECTO CULTURAL SUR CALLAO
enero 14, 2013 ningún comentario
Harán latir las sienes de las estatuas
Sonia Arismendi
octubre 4, 2012 ningún comentario
José Mas Akre “Señor de la Vida y de la Muerte”
Nechi Dorado
Digo, esa gente por cuyas venas corría la sangre humana, esa que no comparte siquiera el factor de los que rinden culto al espanto.—————————— Publicado por ANNCOL: http://www.anncol.eu/
octubre 4, 2012 ningún comentario
Confesiones de un agente secreto (Con motivo de la islamofobia actualmente desatada)
Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS CULTURAL)
Mire, doctor: todo lo que le cuento es real. Le pido que me lo crea tal como se lo relato, ¿por qué habría de mentirle?
En realidad, el italiano era mi abuelo paterno; de Calabria. Mi papá ya nació aquí, y yo también, claro. Aunque siempre mantuvimos el idioma; bueno, yo ya no tanto, pero todavía puedo hablar bastante en dialecto siciliano. Y me defiendo aceptablemente en italiano.
Pero, eso no importa. Lo cierto es que yo, desde siempre, estuve en el medio de estas tormentas. ¡Usted no se imagina lo que era vivir en esa familia! Siempre con sonrisitas, pero por detrás una violencia que no tenía nombre…. Así me fui criando, entre mafiosos y armas. Creo que sería tonto decir que me arrepiento. ¡Como si fuera posible arrepentirse de la familia que uno tiene! La familia uno no la busca; le viene. Por eso…. no creo que sea correcto planteárselo así, ¿no le parece, doctor?
Bueno, pero esa fue mi historia, y nada podemos hacer ahora. Me acuerdo cuando era un jovencito –doce o trece años habré tenido– y presencié por primera vez un asesinato. En realidad no tenía nada que ver mi familia en ese caso, pero era por el barrio donde vivíamos. Después ya me fui acostumbrando. Uno se acostumbra a todo, ¿vio, doctor? También a la muerte. No sabría decirle si hoy a mi me gustaría matar a alguien; no lo sé. Pero, al menos, no me asusta pensar en que tengo que volver a hacerlo.
En verdad, cuando hablo de todo esto me agarra un poco de angustia. ¡Sí, de verdad! ¿Por qué no me puedo angustiar yo también, doctor? Claro, usted pensará que porque soy un asesino no me angustio. Mire, le voy a decir que yo tengo más moral que más de uno de esos monstruos para los que trabajo. O que trabajé, mejor dicho; porque ahora que ya no me necesitan, me abandonaron.
Culpa, culpa propiamente dicha…. no, eso no siento. Siento, o más bien: sé, sé racionalmente que todo lo que hice puede ser criticable. Pero mire, al fin y al cabo si uno se pone exquisito y empieza a analizar bien las cosas encuentra que todo es criticable. ¿Cómo se hacen las grandes fortunas? Trabajando, seguro que no. ¿Cómo se hace para volverse famoso? Por lo que yo he visto, vendiendo el alma al diablo. En fin: todo se puede criticar. ¡Mire los comunistas! Se llenan la boca hablando de pueblo, de igualdad, y los dirigentes viven en grandes palacios, con cuentas secretas en los bancos suizos.
Pero nos vamos del tema. Yo le decía, doctor, que no siento una particular culpa por todo lo que hice; en todo caso tengo que confesarle que tengo…. resentimiento. Sí, eso: re-sen-ti-mien-to. Por cómo me trataron, por cómo me usaron. Mire qué cínicos: ahora que paso a ser un estorbo me dejan en un hospital psiquiátrico y me hacen pasar por loco. ¡Y le aseguro que loco no estoy! Eso es lo que me molesta, lo que me encoleriza. Haber participado en acciones secretas…. bueno, en sí mismo eso no tiene nada de malo. Me encoleriza ver cómo se usa a la gente.
Será que uno, conforme se pone más viejo, busca reflexionar un poco más sobre las cosas. No sé, no me quiero hacer el filósofo, pero desde hace un tiempo vengo pensando, cada vez más, en lo terrible que podemos llegar a ser los seres humanos. No sólo que podemos llegar a ser; yo diría, peor aún: que somos. ¿Alguna vez se puso a pensar en eso, doctor? Es para llorar, realmente.
Pero entiendo que a usted no le interesan todas estas disquisiciones. Volviendo a mi caso, entonces, le cuento que a los 16 años ya trabajaba como pusher. Fue mi hermano mayor el que me dio esa responsabilidad; para ese entonces mi papá ya estaba muy enfermo y casi no se ocupaba de los negocios.
De joven a mí no me interesaba la política. Tampoco ahora, para ser franco. A decir verdad, si bien trabajé por años para la CIA, nunca me interesó la política. ¿Vio, doctor, eso que siempre se dice: que la política es sucia, es puro negocio? Bueno, es así. Rotundamente se lo aseguro, yo que estuve más de treinta años ligado a ese mundillo. Es lo peor que se puede concebir, peor que nosotros, los asesinos y mafiosos. Pero, ya ni sé cómo, entré a ese mundillo.
Sucede que la sensación que ahí se tiene es muy agradable. Es como con las drogas: una vez que uno entra ya no quiere salir; no es que no pueda salir. No quiere. Yo conocí don nadies que, una vez llegados a ese ámbito, daban su vida por seguir ahí. A mí, para serle franco, nunca me fascinó. Me gustaba porque me permitía ganar mucho dinero, ¡pero mucho!, sin tener que arriesgar tanto la vida como mis hermanos. Ellos siguieron siempre en el hampa; en el hampa no legal, digamos: drogas, juego, robo de vehículos. Yo, en cambio, hasta tuve pasaporte diplomático. Me acuerdo que estuve en situaciones que, cuando luego lo contaba en familia, no se podía creer: desayunos de trabajo con ministros de los paisuchos pobres, de Latinoamérica casi siempre, veladas de gala con la crema, hasta un par de veces cené con reyes: los de España y los de Suecia. Ah, también me vi algunas veces con reyes africanos; pero esos no son reyes de verdad. A más de uno –me daba risa– los nombramos reyes nosotros, con la Agencia.
Pero, bueno: todo eso no le interesa…. eso creo, ¿no, doctor? Si le interesa puedo contarle con lujo de detalles. De todos modos dejémoslo para después; supongo que tendremos mucho tiempo para conversar. Como le decía: he visto cada cosa en mi trabajo que si las cuento, estoy seguro que quien me escucha no las podría creer.
Claro, yo tenía un puesto muy particular: fui, por más de diez años, encargado de operaciones especiales. Le aseguro que no cualquiera llega a eso, no cualquiera. Y lo obtuve, ¡se lo aseguro, doctor!, por mérito propio. Nunca fui de buscar mucho las recomendaciones. Quizá pude subir tanto en la Agencia por un par de motivos que no todos pueden manejar: mi facilidad para los idiomas, y mi sangre fría.
Sí, no se ría. Las dos cosas ayudan, seguro. ¿Usted cuántos idiomas habla? Claro, me lo imaginaba: como todos los ciudadanos de este país sólo habla inglés. Está bien, no hay por qué buscar ser un erudito; ¡pero mire que somos cerrados los americanos! No pasamos del inglés, la Coca-Cola y el Mc Donald’s. En verdad no sé si me considero un simple ciudadano americano. No, creo que no, aunque nací y me crié aquí. Bueno, pero como le decía: por diversos motivos tuve la suerte de aprender algunos idiomas, y nunca me costó. Ya en mi barrio, de chico, donde convivía con gente de todas partes del mundo, chapuceaba español y árabe, además del dialecto de mi familia. En realidad nunca fui buen alumno, para ninguna materia, pero con los idiomas sí era talentoso. Así aprendí también un poco de francés, y hasta algo de chino.
Y la otra cosa que me ayudó a subir, como le decía, es mi sangre fría, mi tranquilidad en los momentos difíciles. Así debe ser un agente encubierto; al menos eso nos repetían hasta el hartazgo en los cursos en la Agencia. Me acuerdo una vez, en Nicaragua, con el sandinismo, cuando tuve que neutralizar…… ¿cómo dice, doctor? Sí: neutralizar es matar. Bueno, cuando tuve que matar a un dirigente comunista de Cuba que estaba apoyando a los sandinistas, y se hospedaba en un hotel lujoso. Así disimulaban, claro. Él era un instructor militar, muy bien preparado, y como sabían que nosotros los veníamos siguiendo, para despistar, haciéndose pasar por diplomático, paraba en un hotel cinco estrellas. Recuerdo que me metí en su cuarto, lo ahogué en la tina del baño, y luego encargué la cena, tranquilamente, haciéndome pasar por él. El problema fue cuando vino la puta que había pedido a la habitación. Ya ni me acuerdo cómo manejé la situación; lo cierto es que hasta hicimos el amor con el cadáver en el baño, cenamos juntos, y luego pude despacharla sin que sospechara nada. Y nadie se enteró del asunto hasta cuando, a la mañana siguiente, después de dormir como un oso, yo ya había dejado el hotel. ¡Eso es sangre fría!
Me imagino que ustedes, psiquiatras y psicólogos, no dirán “sangre fría”. Ustedes me llamarían, si no me equivoco, psicópata. Bueno, ¿qué le voy a decir? Si ese es mi nombre científico, bienvenido. Es como las plantas: pobrecitas, ellas no saben qué son. Son plantas nomás, aunque después las llamemos con nombres rarísimos en latín. Nosotros, los que hacemos los trabajos sucios, somos enfermos, pero ¿qué son los que firman los decretos para invadir un país, para bombardear, para dar luz verde a una operación secreta? A esos, ningún médico los diagnostica, ¿verdad?
Mire, doctor, le voy a decir algo, y no crea que me estoy enojando con usted: en el mundillo político que maneja este país, y me atrevo a decir aún: entre los empresarios multimillonarios que son los que realmente mandan, usted va a encontrar que está lleno de locos, maniáticos, sedientos de poder, insaciables. Se lo digo con certeza, porque yo trabajé treinta años para ellos.
¿Vio que siempre se dijo que Hitler era un chiflado, que eyaculaba de emoción escuchándose a sí mismo cuando pronunciaba sus discursos? Bueno, mis patrones son más locos todavía. Pero ellos son los que dirigen el mundo ahora, y nadie les va a hacer un diagnóstico de psicopatía, o como se llame eso.
Los locos somos nosotros, las pulguitas, los que hacemos los trabajos sucios. Somos locos cuando caemos en desgracia, como yo ahora; antes era “un glorioso defensor de la patria”. ¡Da risa!
¿Cómo fue? Bueno, prepárese a escuchar algo inverosímil, doctor.
¿Se acuerda de Frank Carlucci? El fue Secretario de Defensa con Reagan, y antes, jefe de la CIA. Dado que los dos somos de origen italiano, él, al saber de mí en la Agencia, al saber de mi buena reputación laboral, de mi profesionalidad, me buscó. Para ese entonces –hace ya más de quince años– yo ya era conocido por mi prolijidad para los trabajos. Me tenía mucho aprecio, y tengo que reconocer que no me caía mal. Por lo menos no era un estúpido fanático de la comida rápida, y muchas veces compartíamos buena pasta con algún Chianti italiano. Sabía comer…
Bueno, como nos entendíamos, nació una cierta camaradería que se mantuvo por años. Fue con él, hace ya años, que conocí al que fuera Primer Ministro británico, John Mayor, cuando manejábamos la Guerra del Golfo. Ellos como políticos, yo como operador de la Agencia. Yo era el contacto para diagramar todas las noticias de CNN. ¡Qué manera de mentir! Bueno, así es mi trabajo.
Recuerdo que unos meses antes de la guerra tuve ocasión de conocer en persona a Osama Bin Laden, pero no por cuestiones militares directamente, sino por algo en relación a un embarque de goma arábiga que hacía él para la Coca-Cola. Me acuerdo bien, porque años después me volvería a llamar la atención la coincidencia, ya que todo eso del embarque tenía que ver con una megaempresa, el Grupo Carlyle, a quien también pertenecen Mayor y Carlucci. Y Bin Laden. Bueno, más bien el Grupo Bin Laden, con sede en El Riad, Arabia Saudita, que está muy cerca, aunque usted no me lo crea, doctor, de los republicanos.
Sí, doctor: así como lo escucha. Creo que usted no me cree mucho de lo que le digo. Ahora bien: ¿qué interés tendría yo en engañarlo a usted ahora? Sé que no estoy loco, pero usted, de todas formas, va a tener que certificar que soy un demente, porque grandes poderes se lo van a solicitar. Todo lo que le cuento es la pura y descarnada verdad; pero como eso no conviene a peces gordos, yo tengo que salir de escena. ¿Y qué mejor que internarme en un manicomio?
Sin embargo, ahora que ya empecé a contarlo, quiero decírselo todo, doctor. Usted me cae bastante bien, me parece un buen tipo: es de los que hablan sólo inglés y lleva a sus hijos los domingos a comer a Mc Donald’s. Pero, créame: me gusta la manera que tiene de escucharme.
Bueno, este Grupo Carlyle, al menos hasta donde yo sé, es un monstruo valuado en alrededor de catorce mil millones de dólares. Se ocupa de todo un poco: lo forman otros monstruos no menos enormes, como las United Defense Industries, de Virginia, la Raytheon, con sede en Massachusetts, y la Bush Energy Oil Company, de Texas. Ah, y también la Enron, esta empresa que acaba de estar en el tapete con motivo de los famosos fraudes, ¿se acuerda, verdad?
Ya ve, doctor: no es para andar jugando toda esta gente. Además, como le dije, están los árabes del Grupo de Bin Laden. Estos, que no son ningunos estúpidos para hacer negocios, son socios de la familia Bush; de hecho el hermano mayor de Osama, que se llamaba Salem –y lo recuerdo porque a mí me tocó supervisar el peritaje que se hizo cuando cayó el avión en que viajaba, y murió, en Houston, en el ’93, porque se pensaba que podía ser un atentado– fue el fundador de la Bush Energy Oil, con el viejo Bush, el que fue vicepresidente con el vaquero Reagan, antes de ser presidente y atacar Irak, allá en los ’90. No sé exactamente de qué manera, pero esa petrolera es algo así como subsidiaria de la Chevron/Texaco. ¡Todo en grande, muy en grande!
Bueno, ese Grupo Carlyle, come le decía, maneja mucha plata, y mucho poder, pero mucho. Para que vea: fabrican, por medio de la Raytheon, los sistemas de guía para los misiles Tomahawk, los sistemas de posicionamiento global por satélite, y también sistemas integrados de radar para todas las fuerzas armadas del país. Se imagina los dólares que puede mover todo eso, ¿verdad?
Además, la United Defense, otro de sus brazos, fabrica los sistemas de lanzamiento de misiles para la Marina y la Fuerza Aérea. O sea que los misiles Tomahawk, de Raytheon, se lanzan desde plataformas fabricadas por United Defense instalados en cada barco y submarino de la Marina y en la mayoría de los bombarderos B-52, B-1 Lancer y B-2 Spirit de la Aeronáutica.
¿Entiende, verdad? Todo queda en casa. Además el Grupo Bin Laden fue el principal contratista civil para la reconstrucción de Kuwait tras la Guerra del Golfo, y es en la actualidad el contratista de ingeniería civil más grande en Medio Oriente, siendo muy probable –ya no tengo esos datos– que quede como una de las principales empresas encargadas de la reconstrucción de Irak.
Por supuesto que la imagen de Osama es la del demonio tras los atentados del 9/11; pero es parte del espectáculo, doctor, como siempre. Los negocios pueden tolerar –y hasta necesitan– un poco de circo. Eso les da sabor.
Bueno, en realidad esto de Bin Laden, aunque sabemos que puede estar bien montado, no fue algo tan simple de digerir. Y ahí vienen mis problemas.
Los negocios son una cosa, pero jugar con las personas es algo distinto. Y le quiero decir, doctor, que han jugado con la CIA. Yo entiendo y acepto que el jefe es el jefe. Alguien tiene que mandar, ¿no? Y los que no somos jefes tenemos que cumplir las órdenes. Eso es general, no sólo dentro de la disciplina militar. También vale para usted, doctor, que es un buen ciudadano y paga sus impuestos sin hacerle daño a nadie. Mire: los poderosos ordenan, y la mayoría silenciosa cumplimos los mandatos. Claro, cuando uno es agente encubierto de la CIA tiene la sensación que es parte del mecanismo de poder, que las órdenes y el manejo del mundo pasa por las manos de uno. Pero si se pone a pensar un poco ve que es un minúsculo engranaje de una máquina tan compleja, tan enorme, tan despiadada, que termina por asustarse. Lo que se ve, doctor, es que el poder es tan pero tan lejano a nosotros, que mejor ni preguntarse esas cosas, para no terminar llorando, o pegándose un tiro.
En un tiempo yo pensaba que efectivamente todos éramos parte de la cadena, que cada uno de nosotros ponía su granito de arena para la grandeza del país, y que todos gozábamos los beneficios. ¡Qué complicado todo esto!, ¿no le parece? Pero los que ya peinamos canas, si nos detenemos a pensar un poco, podemos ver la otra cara de la moneda: vivimos para tomar Coca-Cola, comer Mc Donald’s, y no pensar. Fundamentalmente eso: no pensar. Por supuesto, mientras tengamos la refrigeradora llena y el carro parqueado frente a la casa, ¿quién necesita pensar?
Pero a veces, en los momentos difíciles, es bueno ponerse a pensar. Yo, ahora, estoy pasando un momento muy difícil, como se dará cuenta. Por tanto, he estado reflexionando mucho; estuve pensando cosas que antes jamás en toda mi vida había considerado. Por ejemplo: ¿para qué y para quién trabajé treinta años?
Me entiende, ¿no, doctor? ¿Para quién trabajé toda mi vida? Para un grupo de ricachones que, cuando les servía, me trataban bien, y cuando ya no les interesé, me neutralizan metiéndome en una casa de locos. Es triste, pero es así.
Resulta que en la Agencia teníamos información acerca de los atentados que se venían el once de septiembre; lo sabíamos. Por mis manos pasaron los nombres de varios de los suicidas. Creo que todos lo sabían. Mire, para darle un ejemplo, y siempre hablando de negocios: la firma Morgan, Stanley, Dean, Witter & Compañía, que me imagino debe conocer, ganó 1.2 millones de dólares, y más todavía ganaron los de Merril Lynch –creo que como cinco millones y medio– mediante la ejecución de una herramienta bursátil llamada Put Option con acciones de American Airlines, dos semanas después de los atentados.
¿No entiende? Bueno, le explico. El Put Option es una opción que cubre riesgos, así de simple. Si uno compra una acción a un dólar y una semana después se la regresa al emisor y la acción vale, digamos, ochenta centavos de dólar, el emisor está obligado a pagarte los dos centavos de diferencia más el dólar que le costó la acción. Este es una herramienta financiera usada por muchas compañías dentro de NASDAQ y la NYSE para agenciarse de capital fresco. Pero aquí viene lo sorprendente: ambas compañías que le mencioné, doctor, estaban localizadas en las torres gemelas –una en cada torre–. Curiosamente ambas habían comparado acciones de American Airlines entre el 6 y el 10 de septiembre mediante Put Options, y ambas se las volvieron a vender a la aerolínea mediante la ejecución del contrato entre el 29 de septiembre y el 10 de octubre, cuando el valor de la acción había caído casi un cuarenta por ciento. Otra cosa llamativa es que el día del atentado, ninguno de los altos ejecutivos de ninguna de las dos compañías se encontraban en sus oficinas a la hora del ataque. Llamativo, demasiado coincidente, ¿verdad?
Bueno, por lo que se ve, había mucha gente que sabía lo que iba a suceder. Yo, varios meses atrás, cuando veía que se venía encima el atentado, hice algo que –ahora me doy cuenta– fue muy osado: al no encontrar todo el eco que esperaba en mis jefes de la Agencia, acudí a Carlucci. Pensaba que, dada la confianza que había y el aprecio que él me tenía, iba a sorprenderse con lo que le contaba, e iba a reaccionar haciendo algo. Pero no sabía lo que me esperaba.
Él, como le dije hace un rato, es un alto ejecutivo del Grupo Carlyle, por lo que sabía, o supongo que sabía, lo que se había tramado. Algún tiempo después me di cuenta de todo; recuerdo que un año atrás, más o menos, había leído un documento de una Fundación que apoya a los republicanos donde decía que necesitamos “algún hecho catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbor”. Ya estaba todo planificado, doctor, ¡todo!
¿Que no entiende? Pero si está clarito: un atentado terrible, la imagen de un monstruo asesino como Osama Bin Laden que puede justificar cualquier cosa, una buena campaña mediática, y las circunstancias están preparadas para lo que viene después. Como dijo la Secretaria de Estado, Madeleine Albrigth: “Mc Donald’s no puede expandirse sin Mc Douglas, el fabricante de los aviones F-15.” Es decir: ya tenemos el nuevo Pearl Harbor para ir a buscar el petróleo de Hussein; y de paso, en la operación, se gastan unos cuantos milloncitos en los equipos que fabrican los amigos. ¿Entiende ahora, doctor?
Mire: en realidad no es ni mejor ni peor que tantas acciones en las que me tocó intervenir. La diferencia, quizá, está en el volumen de dinero que se mueve aquí; pero en lo sustancial no es muy distinto de lo que hice toda mi vida, o de lo que siguen haciendo mis hermanos en el Bronx. El error de cálculo que tuve fue pensar que la Agencia tiene más poder del que tiene. Hasta el momento en que fui a ver a Carlucci pensaba que de verdad importábamos como mecanismo de control, que éramos una policía especializada muy tenida en cuenta. Pero me encontré con que no es así.
Cuando los que mandan de verdad –gente como los del Grupo Carlyle– nos necesitan, nos llaman urgente. Pero nosotros no contamos en la fiesta. Ahora que yo creía que estaba cumpliendo a la perfección mi trabajo de detective, que habíamos descubierto un plan delictivo y lo podíamos detener a tiempo, veo que los delincuentes no son los árabes terroristas, sino mis propios jefes. ¡Me indignó, doctor! Sí, me indignó profundamente. Y no pude contener la cólera. Recuerdo que ya me empecé a desesperar luego de la entrevista con Carlucci; me recibió apenas unos minutos en su oficina, y hasta llegó a decirme que yo estaba exagerando. ¡Se imagina! Alguien que fue director de la Agencia, que conoce a cabalidad el trabajo, que sabe que en estas cosas ninguna exageración es grande…. Ya desde ese momento algo me olió mal, y empecé a adentrarme un poco más en el tema. Cuando tuve más claro de qué se trataba, no pude evitarlo y generé esa entrevista con los periodistas franceses para contarles todo.
Mire, a esta altura de mi vida y habiendo trabajado tres décadas en la CIA, ya no me puedo tomar en serio eso de la defensa de la patria. ¿Qué es la patria, doctor? Se puede defender –como dijo la Albrigth– a Mc Donald’s; eso es concreto. Y para eso están los F-15, y todos los arsenales que se le puedan ocurrir. Y para eso estamos nosotros, los asesinos bien preparados de la Agencia, fríos y calculadores. Pero ¿defender la patria? Alguna vez me lo creí en serio, se lo juro. Yo combatí en Vietnam, y me sentía orgulloso de defender la bandera patria. Pero ya estoy viejo, ya mentí mucho en mi vida, ya vi lo que es el poder, y no puedo tomarme en serio todo eso, doctor. Está bien para enseñárselo a los niños en la escuela, pero no a los 57 años de edad.
Además…. no me aguanté que se menospreciara de tal forma nuestro trabajo, mi trabajo. Menos aún por uno de los nuestros, por un tipo que fue jefe de la Agencia. ¡No lo soporté!, y decidí hablar.
Aquí están las consecuencias.
Marcelo Colussi es argentino de origen. Actualmente radica en Guatemala. El presente relato está tomado de su libro de cuentos “Rubicunda”.
septiembre 30, 2012 ningún comentario
María Lucila
Urbano Powel
“Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste”
Alejandra Pizarnik. -Caminos del espejo-
-No importa, vengo a contarle esto porque necesito que alguien lo escriba. -me dice con tono de suplica.
-Y porque a mi me duele tanto el pasado que necesito contarlo a quien tenga un rato para escuchar.
Lo que sigue es el relato del hombre, dos horas y media sentados, con tres cafés cortados de por medio que quiso invitarme si o si. -Me ofende si no me permite pagar a mi- dijo para terminar con mi resistencia.
En la estación María Lucila trabajaba su abuelo. Su madre nació allí y la llamaron María Lucila para homenajear a la estación que además de darle trabajo a su abuelo era su vivienda.
Pasó en el pequeño pueblo sus primeros años, luego de la nacionalización cuando el Midland paso a ser parte del ferrocarril Belgrano, al abuelo lo trasladaron un par de veces de estación hasta que se jubilo.
Lo cierto es que su madre pasó su adolescencia y juventud radicada en Avellaneda.
Se hizo amiga de la Alejandra Pizarnik, cuando era una chiquilina tímida y tartamuda. Y al menos una vez se fueron en tren a conocer el pueblo que lleva el nombre de mi madre.
El hombre me muestra una foto con dos jóvenes que posan para la cámara haciendo equilibrio sobre el riel, más allá se observa una estación típica del Midland pero es posible ver el lugar donde se colocaba el cartel con el nombre. Atrás de la foto puede leerse “con florita Pizarnik, María Lucila, enero del ’53.
Mamá era una mujer hermosa -dice el hombre. Igualita a las chicas que dibujaba Divito.
Por alguna cuestión que desconozco lo único perenne en ella, lo que había echado raíces profundas era la angustia. Su verdad era una cuna de angustias de la que nadie había logrado sacarla.
(….)
Se equivocaron ella y mi padre en casarse. Mi padre era psiquiatra y mi madre su paciente, se enamoraron o se tuvieron lástima -vaya uno a saber- , o quisieron dar vuelta la historia de cada cual que los había llevado en ese punto de encuentro o desencuentro.
Usted sabe que todo, absolutamente todo en el universo se acerca o se aleja, pero nosotros nos ingeniamos para negar esas percepciones incomodas.
Creo que mi padre pensó que la iba a cambiar, no hay héroe más fallido que el que quiere cambiar una persona.
Llego a decírmelo una vez: -lo que no se da espontáneamente bien entre una mujer y un hombre no se lograra jamás. Nadie puede cambiar al otro -ni a sí mismo, según parece.
La angustia de mi madre le impedía conectarse plenamente con los otros, estar presente y atravesar los acontecimientos que te van marcando en la vida.
Se fue cuando mi hermano tenía 5 y yo 3 años. Dejo una carta.
Mi padre después de leerla ni intento buscarla, entro en un profundo silencio que le duro meses.
Un día nos presento a su nueva mujer: Ella es Natalia, vivirá con nosotros -nos dijo.
Natalia nos crío y malcrío lo mejor que pudo.
Mi hermano creció, estudio ingeniería electrónica y se fue a vivir a Estados Unidos. Vive en Nueva Orleans, tiene mujer e hijos americanos. Un auto y vacaciones.
Mi padre tenia 70 años cuando falleció, era 8 años mayor que mi madre. Yo no había cumplido los 21.
Antes de enfermar, me invito a charlar en un bar.
Sin que se lo pidiera me dejo su consejo: -A los 20 años un joven debe elegir si en su vida será un hombre o un marido. Yo te recomiendo que seas un hombre…
Creo que le he fallado, no logre ni ser un marido eficiente ni un hombre en el sentido que creo que le daba a esa palabra mi padre con un tono cercano a lo sagrado.
***
De mi madre, quedaron casi todas las preguntas sin respuesta. Nunca sabre si volvió a ver a su amiga Alejandra “la florita” como la llamaban los abuelos. Hay un abismo de treinta años de silencio.
La tía Eugenia -hermana menor de mi madre- logró encontrarla unos meses antes de su muerte. Tuvo una corazonada y la siguió. Volvió a María Lucila 20 años después de que cerraron el ramal los militares y se llevaron las vías. Y allí estaba mamá viviendo en la estación. Sin luz eléctrica, sin vecinos cercanos. Salvo una escuela pública ubicada enfrente de la estación no había nadie a Km. Allí vivía mi madre. ya envejecida prematuramente. Sacando agua con una bomba manual, cultivando vegetales en unos pocos metros de quinta. Rodeada de pájaros -tenia muchos en jaulas- y otros que venían a visitarla a los que agasajaba regando la tierra con alpiste, o mijo o arroz según lo que tuviera. No sabía nada del mundo, ni siquiera quien era el presidente de turno, no tenia radio ni televisión. ¿Sabe cual era una de sus costumbres? Sentarse con una silla a la hora de salida de la escuela y ver el rostro de los niños. Estudiarlos con detenimiento y luego verlos alejarse por el camino de tierra hasta que eran manchas blancas.
(….)
Sabía del suicidio de Alejandra y le dolía como si hubiera pasado apenas unos días atrás:
“Pobre Florita, repetía. Tan lúcida y tan frágil. Pobres todas las personas sensibles del mundo porque no tienen cabida”. Eso es lo que me dijo mucho después la tía, a la que hizo jurar que no le diría a nadie donde estaba y como vivía.
*
Esto es lo que la tía Eugenia rescato: unas fotos, unos libros de Pizarnik con anotaciones de mi madre. Una historia clínica que le dieron en el hospital donde se observa que en los últimos años sufrió demasiado. Muy poco para un enigma de más de 30 años. El hombre vuelve a abrir el libro que le dejo su madre y me lee otra frase de Pizarnik remarcada con birome azul:
“Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia”
Así me siento, así me sentí siempre, -escribe al costado mamá- y espero que quienes esperaban algo distinto de mí puedan perdonar esta soledad en la que he hundido mis días. Emilio derramó lágrimas. Arrugó con rabia una servilleta de papel después de secarse para evitar que sus lágrimas de sal caigan sobre el pocillo de café. Al rato nos despedimos con un abrazo. Mientras caminaba por la avenida me di cuenta que ninguna historia de las que he podido contar son historias de vida de gente feliz.
septiembre 30, 2012 ningún comentario
La bruja blanca
septiembre 30, 2012 ningún comentario
El ruido
Joan Mateu
septiembre 30, 2012 ningún comentario
