Categoría — Alrededor de una fogata – cuentos
¿Por qué hablar de vos me cuesta tanto?
¿Por qué hablar de vos me duele tanto?
Fue una tarde cuando el día moría, el sol se alejaba para dar paso a la noche y la primera estrella, tímidamente traviesa, se asomaba en el cielo invitando a sus hermanas a la danza cotidiana. Un guazuncho perdido se vio entre la maleza a unos metros de un rancho con ventanas y puerta abiertas, mientras una bandada de loros se retiraba a dormir.
Allí estaba Don Ignacio como siempre, taciturno, misterioso, con la mirada perdida en algún lugar del tiempo lejano, pero grabado para siempre en su corazón curtido por la inclemencia de la vida.
Don Ignacio parecía haber adquirido la imagen del paisaje agreste del Impenetrable.
No solía hablar demasiado, solo pasaba las horas en la puerta de su rancho a orillas del río Bermejo, tal vez recordando en silencio la algarabía de sus hijos jugando en el barro de la orilla.
Tres pequeños arrancados de su lado cuando la hambruna les borró la risa.
O tal vez evocaba en silencio la sonrisa de su compañera fallecida también de causas evitables si en el paraje donde reinaba la miseria y el abandono, hubiera habido un médico que diagnosticara a tiempo la tuberculosis.
Llegó de Corrientes ese hombre, hijo de “gringo” emigrante de Europa en la bodega de un buque surcando mares huyendo de las violentas represiones que siempre expulsan a los rebeldes hacia la serenidad.
Conoció allí a una nativa, la madre de don Ignacio que también trabajaba en la siembra de algodón y con quien tuviera sus otros once hijos.
No podía calcularse la edad de don Ignacio, el tiempo estaba como detenido en ese gesto inexpresivo de su rostro del color de la tierra donde abriera sus ojos por primera vez.
Su vida estuvo siempre desequilibrada por la desgracia, el dolor hizo nido en esos ojos tan negros como la espesura de la zona en las noches sin luna.
Don Ignacio, como lo llamaban en el pueblo, tenía alma de poeta. La falta de oportunidades impidió que desarrollara ese don que le fuera otorgado.
Las pocas veces que hablaba los vecinos rodeaban el banco donde se sentaba, para escuchar sus consejos que eran muy claros aunque difíciles de seguir cuando el miedo hacía su aporte.
El viejo era corajudo, nunca bajó la mirada al “patrón” cuando gritaba, como hacía el resto de los pobladores del caserío.
Siempre les decía que debían rebelarse, se negaba a que otro hombre pudiera ser su patrón cuando trabajaba en el monte antes de la salida del sol hasta el anochecer.
Cuenta la gente del lugar que una noche cerrada, la última que lo vieran, se oyó la voz del hombre y la de una mujer. Conversaban como si se conocieran de siempre, pero no era la voz de una lugareña, parecía una mujer fina con un tonito muy dulce por momentos quebrado por el llanto.
“¿Por qué nombrarte me duele tanto? –preguntaba don Ignacio casi en murmullos - yo quiero cantarte, Patria, pero mi canto no es bueno, suena a latido del alma, que nace tibio en mi pecho, pero hacen falta otros pechos que quieran cantar el canto. Patria, mi canto es apenas murmullo, tan sólo eso…
-Quiso la historia que ojos sombríos se posaran en tu falda, abrieron puertas de infamia, profanándote con saña de norte a sur, asesinando a tus hijos que resistían estoicos la furia devastadora. Ríos, lagos y lagunas, montañas, cerros, oteros sucumbieron ante la fuerza expoliadora de los blancos que llegaban para quedarse, hasta que nuevos mandatos indicaron el tibio paso de manos a otras manos tan rapaces como aquellas-, continuaba.
-¿Cómo?-preguntó la mujer indignada. ¿La corona española financió tanto atropello antes de que un grupo de argentinos me formara como Patria?
-¡Cómo poder explicarte! Si yo atrapé el recuerdo de lo que eras cuando esas fuerzas extrañas comenzaron a mirarte y a soñar con tu riqueza, respondió don Ignacio.
La mujer entre sollozos respondió:
-Siempre me consideré tierra de paz y trabajo. Tierra de puertas abiertas con la que soñaban tus abuelos cuando la miseria y las guerras se desencadenaron allá lejos impulsadas por conciencias frías y ejércitos acunados con proyectos de odios.
-Esos ejércitos infames se modernizaron tanto que ya no hacen falta uniformes para uniformar ideas. Ahora son nombres de empresas cobijados bajo el manto que les permite penetrar la subjetividad de tus hijos, Patria mía, succionando la sangre de tus arterias heridas.
-Nuestros abuelos llegaron desde aquella Europa donde está la que llamamos “madre” y a la larga vimos que se trató de un Cronos que se fue devorando a sus hijos uno por uno, para luego depositarnos bajo las garras de otro Cronos que habla distinto y se hace entender imperativamente. -Así lo hizo contigo y con tus patrias hermanas, esas que hablan tu lengua, que comparten tradiciones, que tienen el mismo olor y color de pueblo moreno y resisten cada embate desde el odio visceral que ostentan los criminales.
-Si se hubieran atrevido a unir sus manos y almas, formarían la Patria Grande que soñaran los libertadores. Ese sueño hoy es de unos pocos, pero cuánta falta hace, dijo la Patria, sentándose sobre una roca filosa.
-Me resisto a creer que los hayan herido tanto, que los llenaran de llagas y que para poder mencionarme no puedan omitir historias de lutos y atropellos genocidas.
Don Ignacio suspiró, pasó el dedo índice por el borde de sus ojos y siguió diciendo:
-Historia de destierros, robos, despojos e infamias enquistadas en los siglos convirtieron en jirones tu ropa celeste y blanca y pusieron en tu pecho un “I love you” que no es nuestro. No lo quiero, lo repudio, me da asco, nunca acepté que se instale. Lo dejó entrar el silencio cómplice de los amorales.
-Te inundaron de palabras que no son tuyas ni nuestras, nos mostraron otros mundos que dicen maravillosos, y para que no hubiera dudas, nos los trajeron en trozos como espejos de colores y fueron tantos los que lo consumieron que se instalaron nomás, como si nada. La voz del hombre se sentía entrecortada.
¡Cuánta sangre derramada, cuantos sueños libertarios para llegar a ver esto…! Cosa fuerte el interés, la moneda, el capital en los bolsillos de pocos mientras el hambre hizo nido en las panzas de los pobres.
-Fuiste mi linda Argentina, pasado de granero del mundo, tierra de trigo y de pan que parece no ser rentable. Ahora es tierra de yuyitos promisorios que se exportan para alimento de los cerdos, allá lejos.
-¿Dónde? Preguntó la Patria.
-Allá, donde están los cerdos…respondió con indignación.
Y siguió la letanía de don Ignacio en la noche:
-Tierra abonada con sangre, con despojos de rieles oxidados, de columnas de trenes olvidados que ayer llevaran tu canto a cada rincón de pueblos, que no murieron de muerte, sino por asesinato.
-De glaciares negociados, de aguas privatizadas, de minas a cielo abierto, de suelos contaminados, de recursos entregados a las garras de la ambición.
No podía contener su lengua, don Ignacio, la rabia por el ayer asesinado corroía sus entrañas.
-Cómo nos cambió la historia, Patria querida, a quienes ayer te irguieran un culto de moral y esfuerzo, hoy llamamos desocupados.
-¿Serán esos los que vi?, preguntaba la mujer –esos que gritan su marginación en columnas justicieras, buscando con desespero lo que les han arrancado, la dignidad que resiste a que la exoneren, nada menos…
-Sí, son esos, respondió don Ignacio
-“Espectros” que van con palos para enfrentar otras armas que los apuntan de lejos. De esas que escupen sus fuegos, arteros, que sí, los matan, mientras te riegan con sangre y pocas veces se entiende.
-Mi Patria linda, te robaron primaveras, expropiaron tu mañana, te oscurecieron el alba volviéndote pedacitos de historia destartalada.
Un sollozo de mujer rompió la noche de pronto, el hombre siguió diciendo o le habló su corazón:
-Ay Patria, tráiganme un mago que te arme, de repente, que llegue un beso que borre las lágrimas de tus frente para ir pintando la gloria, recreando la memoria que te arrancaron un día para instalar otra historia.
-¿Por qué hablar de vos me duele tanto? ¿Será porque se tus ríos y lagos contaminados?
-¿Por los niños sin escuelas? -¿Por sus padres sin trabajo?
-¿Por los piececitos descalzos que danzan pasos de olvido, al ritmo del crujir de tripas en sus pancitas con hambre?
-No, no, no, dijo con dolor la Patria. Don Ignacio continuó:
-¿Por los viejos que con tanto esfuerzo te hicieron grande para ser luego abandonados a un destino de despojos?
-¿Por los descalcificados esqueletos de los hospitales que hoy gritan tanta desidia pero sin ser escuchados?
-¿O por el cóndor que asoma sus garras y lo presiento con el alma estremecida llena de dolor y espanto?
-Ay, no digas eso, dijo la mujer llevándose las manos al rostro.
-Pero que triste es nombrarte y que las letras que forman tu hermoso nombre, estén ahogadas en llanto.
-Me dolés Patria, me duele verte agredida, humillada. Si lográramos que a muchos les duela la misma historia, estoy seguro, la gloria se asomará de repente.
-Te quiero libre y en paz, estrecho filas contigo, quiero al viento tu vestido blanco con franjas de celeste cielo aclarándonos la aurora y en el medio de tu pecho quisiera ver como antes un sol solemne que arranque ese “I love you” que me duele…”
La patria se estremeció, en medio de su sollozo alzó sus ojos al cielo, besó la frente del hombre y se internó en la espesura del monte para ya no regresar.
Cuando despertó el día el banco de don Ignacio amaneció vacío. La puerta del rancho estaba abierta pero el hombre no estaba allí.
-Buenos días, don Ignacio, dijo la señora del rancho cercano. –Oiga don Ignacio ¿se siente usted mal?
Silencio, el hombre no estaba, nadie lo vio salir, los vecinos se agolparon en la puerta y los niños preguntaban –Madre, ¿dónde está don Ignacio?
Nadie lo volvió a encontrar. Dicen que durante el día andaba el patrón rondando con los cuatro matones que lo acompañaban siempre y al ver al viejo sentado y mirando al horizonte dijeron “tené cuidado porque vas a acabar mal”.
-¿Dónde estará don Ignacio? Se preguntaba la gente. -Pucha que cuando anda el patrón con esos tipos ladinos, la mala suerte se escapa y algo pasa por acá.
-¿Por qué ya no está don Ignacio?- preguntaban los chiquitos cuando andaban por ahí.
-Lo habrá tragado el Bermejo, ahora váyase a jugar, decía algún grande temeroso.
Fueron pasando los días y de eso no se habló más…
abril 27, 2012 ningún comentario
2 cuentos de Necchi Dorado
No germinaron los manzanos
“Señora Santa Ana ¿por qué llora el niño? Por una manzana que se le ha perdido, cantaba la abuela a la hora en que un manto oscuro con puntitos plateados caía sobre las tejas de la casita del barrio de obreros y una cortina de espesas pestañas desplegaba angelitos sobre los ojos de la pequeña.
-¿Y por qué llora el niño, abu? Preguntó la criatura.
-Uy, que el hambre duele, mi niña, respondió ella mientras la cubría de besos, cosquillas y caricias.
En la casa, muy humilde, vivía la abuela paterna, a cuyo hijo se lo tragara una noche impune de las que se repitieron tantas veces en la historia de estas tierras, su nuera y la única florcita que diera el matrimonio como ofrenda a su paso por la vida y a la que llamaron María Eva.
Niña inquieta, con ojos color del tiempo, corazoncito ágil para conmoverse ante cualquier situación lastimosa. Era la adoración de la abuela llegada de una Asturias lejana, estampada en su alma de mujer curtida por los golpes de la vida y que pareció compadecerse de tanto dolor a través de la pequeña.
María Eva fue creciendo entre el amor de esas dos mujeres en un barrio con olor a tilos, olor de rosas y malvones, recuerdos de ayeres dulces, renacuajos en las zanjas y la infaltable rayuela cuya meta era siempre el cielo.
Uno, dos tres, cuatro, cinco seis, siete, ocho nueve ¡¡¡CIELO!!! Y el barrio se empapaba de risas infantiles entre el mate de la tarde compartida con los mayores.
El cielo, una tarde, recibió a la abuela, dejando un hueco en el alma de la niña y su madre, pero ella no murió del todo, quedó flotando en su canción de cuna y cada noche la melodía inundaba el cuarto de una niña que ya daba los primeros pasos por la cintura de la adolescencia.
Pasaron los años, el futuro dijo presente pero siguió estancado en el pasado, la niña casi mujer comenzó a recorrer la muchas veces cruel rutina del aprendizaje de la vida, que no siempre otorga lo que realmente se sueña.
Se recibió de maestra, quiso tentar suerte en una fábrica cercana a la casa para costearse con mayor libertad los estudios de sociología. Se inscribió en la facultad porque “un pueblo de hombres cultos es un pueblo de hombres libres”,atrapaba de Martí mientras echaba a volar sus sueños imposibles.
29 de Octubre de 1979
El odioso reloj le gritó ¡basta! al descanso como cada mañana cuando paría las 5:00. María Eva estiraba sus brazos como alitas tratando de despegar el sueño de sus ojitos de color tiempo. Atiborró el ajado bolso negro de la abuela con las cosas cotidianas, compañeras de asistencia perfecta, antes de colgarlo de su hombro. Allí estaban: el sándwich, la manzana, los puchos, el encendedor, el monedero.
-Pucha, pensaba, todavía faltan cinco días para cobrar y las cosas que hay que comprar en casa.
Inmediatamente despedía a la madre con su acostumbrado –Chau má, te quiero.
-Cuidate nena, volvé temprano por una vez, no fumés tanto, respondía desde el sueño su madre. María Ëva sonrió y se alejó cantando bajo las estrellas que no se iban todavía.
Salía de la casita con el corazón atrincherado y los sentidos imaginando un futuro cercano que en realidad estaba lejos.
Eran las 6:00 de la mañana cuando con un beso a las mejillas compañeras, iniciaba la jornada en la fábrica y aparecían los matecitos clandestinos antes de que llegara el “trompa”.
A las 12:00 llegaba el descanso de media hora, salían del cofre el sándwich y la manzana.
-Otra vez que Carmen no trajo nada.-masculló entre bostezos. Ella era su amiga y compañera de la vida. María Eva imaginaba que también habría “nada” esa noche en la mesa para los niños, apenas un mate cocido, con suerte. Cortó su sándwich, partió al medio la manzana y le ofreció a su amiga las mitades más grandes.
Cuando Carmen fue al baño, ella comenzó su tarea de abeja obrera, recolectando entre otros compañeros lo que pudieran dar para los hijos de la humilde mujer.
-Dios mío ¿Llorarán los niños? Se torturaba pensando. Allí estaba la voz de la abuela y ella diciéndole bajito –Hay que hacer germinar los manzanos para que no falte en ningún hogar el fruto. Ayúdalos abuela.
A las 5:00 de la tarde el ulular de la sirena indicaba la hora de salida. Como dolía en el pecho ese aullido que tantas noches indicara la antesala del infierno. Paradojas de los sonidos que pueden ser tanto libertarios como carceleros.
Antes de ir a la Facultad, alrededor de las 6:00 de la tarde, María Eva pasó por la villa para visitar a los niños de Carmen. Llevaba fideos, manzanas, caramelos y la ternura de siempre. Era una pasadita nomás, pero sin restarle tiempo al matecito apurado.
-Nos juntamos con los chicos, le confió a Carmen.-Hace días que no vemos a Jorge, le sopló al oído.
Carmen había sido su compañera de sueños hasta la noche en que se llevaron al padre de sus hijos, quienes quedaron colgando de su espalda quebrada por la ausencia.
-Cuidado María Eva, dijo Carmen en el abrazo de despedida.
Puso primera al motor de su vida, arrancó atravesando calles sin reparar que la estaban siguiendo con paso tan sigiloso como un reptar terrorífico. El peligro le abanicaba la carita adolescente. Quién diría que ella…
Llegó a Villa Jardín, el dolor arrancó otro trocito de su corazón ardiente. –Se llevaron a Jorge, decía Beto mientras golpeaba con el puño de la desesperación una mesa destartalada.
A medida que aparecían los compañeros el silencio estallaba los oídos, sólo les quedaba llorar como hace un niño sin manzana. La tristeza ahogada la empujó al refugio sacrosanto de los brazos de su madre en carrera desenfrenada. Se contaron la jornada, pero no todo, no podía preocuparla tanto. Cantó la abuela su “Señora Santa Ana ¿por qué llora el niño? Claro, como todos los días.
-Sigue llorando el niño, mami, todos lloran. Muchos lloran sin parar.
María Eva iba inventando su propio adiós.
La noche del 29 de octubre fue noche de luna nueva. Se sintió una campanada que tiró abajo la puerta. Un ventarrón irrumpió en la sala y en la pared se estampó un corazón sangrando despedazado frente al cuadro con la foto de la abuela.
El reloj enmudeció, enquistó sus manecillas, el odio se volvió Titán y de esos ojos brotaban, como víboras de fuego.
-¿Dónde está esa hija de puta? Arremetió Jápetos.
-¿Qué es esto? Preguntó la madre tratando de volverse escudo sobre el pecho de su niña.
-No dejes entrar al miedo, suplicaban las lágrimas de María Eva.
La arrastraron de los pelos, la metieron a empujones en el asiento posterior de la barca de Caronte. Cerbero los esperaba en la puerta del averno.
La abuela tomó su brazo queriendo acercarla a ella, la madre empequeñeció contra el pecho de la abuela y de una sola garganta se escaparon las entrañas ¡¡¡Ay, mi niña!!!
La abuela cantó su nana, la niña le respondía mientras un rayo de odio se la iba devorando. De las casas vecinas parecían brotar ramitos de luciérnagas que no lo eran. Se había encendido el miedo.
Desde entonces, todos los 29 de octubre en aquel barrio de casitas bajas donde ayer criaran sus hijos tantos obreros, se ve a una niña caminando de la mano de su abuela cantando una letanía: -“Señora Santa Ana ¿por qué llora el niño? Por una manzana que se le ha perdido…
La niña responde –dile que no llore, yo le daré dos, una para el niño y otra para vos.
Adelante va la madre, vanguardia de la columna de espectros de tristeza.
A la mañana siguiente, desde entonces, en cada jardín falta una flor que aparece donde todavía está el corazón estampado.
Las tres mujeres sólo se ven esa noche, todo el barrio las espera.
Hasta el momento, comentan, no volvieron a germinar los manzanos…
*De su libro de cuentos y relatos “Destapando el silencio” Editorial Amaru (2010) Argentina
abril 17, 2012 1 comentario
Tatuada
Gustavo E. Etkin (San Salvador de Bahía, Brasil)
abril 14, 2012 ningún comentario
Bienvenidos al club*
*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
Yo no tengo la habilidad de Messi, ni el carisma de Sandro, ni la pinta de Pablo Echarri. No tengo ninguno de esos atributos que suelen inspirar la creación de un club de admiradores. Tampoco tiene mi conducta pública un costado polémico como para inspirar la creación de un club de detractores, como esos grupos de Facebook que adoptan nombres demoledores del estilo “10000 personas que odiamos a Arjona”. No soy, en suma, objeto de aclamación ni repudio masivos. No obstante, a lo largo de mi vida adulta me las he ingeniado para ir generando en torno a mí la existencia de un club formado por un vasto y heterogéneo conjunto de individuos: el club de personas no saludadas por Alfredo Di Bernardo.
Se trata, por cierto, de un club muy singular: no tiene sede, no tiene presidente, carece de página web y de cuenta en Twitter, no realiza declaraciones oficiales, no exhibe banderas en público y nunca fue constituido formalmente. Pero lo más insólito de todo es que sus integrantes no saben que lo son. Y como el hecho de no saludarlos no es un acto deliberado de mi parte sino una involuntaria consecuencia de mi escasa visión, tampoco yo puedo realizar un aporte significativo a la hora de ensayar la confección de un padrón aproximado de miembros. Intuyo, eso sí, que son muchos, muchísimos, y que la nómina crece con regularidad indeclinable.
Para formar parte del club es necesario que se cumplan dos condiciones, una objetiva y otra subjetiva. La condición objetiva es obvia: cruzarse conmigo y no ser saludado (o, como veremos más adelante, recibir un saludo imperfecto). La condición subjetiva consiste en que los damnificados ignoren la magnitud de mi discapacidad visual. Este requisito deja afuera del club a mis amigos más cercanos que, conociendo el buey con el que aran, saben que si no me pegan el grito, se me tiran encima o me hacen una zancadilla, pasaré a su lado con la misma impasibilidad de quien está más allá del bien y del mal. O con la misma inconsciencia inquebrantable de Mr. Magoo.
Una visión simplista del problema (una visión algo miope, si se me permite el sarcasmo) puede conducir a equívocas conjeturas. Por ejemplo, la de suponer que la alternativa de ver o no ver a mis semejantes depende sólo de una cuestión de luz reinante en el ambiente, o de la distancia existente entre el prójimo y yo. Craso error: muchas veces la luminosidad abundante termina siendo contraproducente y la cercanía no garantiza nada. No hay un patrón preciso que regule este asunto. Y si lo hay, son demasiados los factores que inciden en él como para volverlo comprensible. Lo cierto es que, estadísticamente hablando, la feliz circunstancia de que yo logre identificar a alguien sin problemas es altamente infrecuente. Es como jugar contra el Barcelona: se le puede ganar, pero es mucho más probable que eso no ocurra.
Mis no-saludos admiten distintas variantes. La primera de ellas es el “no-saludo simple”. Por ejemplo, voy por la peatonal y el doctor Gutiérrez aparece en mi camino, o voy a la Municipalidad para hacer un trámite y me pongo a esperar mi turno al lado de mi vecina Nené, o entro a una sala cultural y me ubico cerca de mi colega Juan Carlos , con el que suelo intercambiar amables correos electrónicos y con el que incluso somos amigos en Facebook. Pues bien, tanto el doctor Gutiérrez, como mi vecina Nené y mi colega Juan Carlos me ven y se disponen a saludarme. Lo que ninguno de ellos tiene en cuenta es que, a pesar de toda apariencia en contrario, yo no los he visto a ellos. Abismalmente ajeno a su presencia, paso entonces a su lado (o permanezco, que es peor) y los ignoro con olímpica buena fe. La personalidad de cada víctima marcará la diferencia de reacciones frente al desaire: habrá quien se ponga a examinar culposamente qué maldad me hizo para merecer tamaño desplante, habrá quien apueste por la opción conspirativa y se pregunte intrigado en qué turbios asuntos andaré metido como para simular no verlo, habrá quien me considere un odioso (por usar un epíteto suavecito).
El panorama se oscurece aún más (valga el sarcasmo) cuando nos adentramos en los terrenos del “no-saludo con alevosía y ensañamiento”. Por lo general, trato de no mirar fijamente a los demás en sitios públicos (¿para qué habría de hacerlo, si total no los voy a ver?). Es una estrategia defensiva que busca evitarme conflictos cediéndole la iniciativa del saludo a los otros. Claro que el truco no siempre resulta eficaz. A veces, no puedo evitar que mi inoperante mirada se cruce fugazmente en el aire con alguna otra. En ese caso, al doctor Gutiérrez, a mi vecina Nené y a mi colega Juan Carlos les resultará directamente inconcebible que yo no los haya visto y, por ende, su indignación no hallará dique que la contenga. El veredicto será fulminante y quedaré como un maleducado sin remedio (por usar un epíteto suavecito).
Una interpretación amplia del concepto de “no-saludo” admite la posibidad de considerar dentro de dicha categoría a los saludos inapropiados conocidos como “saludo al bulto” o “saludo al voleo”. Esta amplitud de criterios permite incluir como miembros del club a los involuntarios protagonistas de estos casos -no menos frecuentes y embarazosos- en los cuales si bien hay un saludo de mi parte, éste presenta un defecto de fábrica que autoriza a impugnarlo como tal. Sucede cuando, conforme a mi ya explicada estrategia de ceder la iniciativa, alguien efectivamente me saluda pero yo no puedo reconocerlo. Respondo por reflejo, sí, respondo incluso con una inmediatez exagerada, como quien se ha quedado adormecido en público y al despertar bruscamente sobreactúa para demostrar que estuvo despierto todo el tiempo. Cuando este tipo de saludo se da en la modalidad “al paso”, es muy factible que se perpetre un indeseado desfasaje de intensidades y que yo termine saludando con grandes aspavientos al doctor Gutiérrez –que, al fin y al cabo, apenas me conoce- y le dedique sólo una leve cortesía a mi colega Juan Carlos , que esperaba de mí un abrazo efusivo. Claro que mucho peor es la variante en la cual el saludador misterioso no se limita a saludar e irse, sino que permanece a mi lado y se pone a darme charla sin que yo tenga idea de con quién estoy hablando. Pocas experiencias hay en la vida tan adrenalínicas como éstas, se los puedo asegurar. Sobre todo cuando mi interlocutor, haciendo gala de su extrema jovialidad, me sonríe de oreja a oreja y pregunta con brutal inocencia: “che, ¿te acordás de mí, no?”.
Lo paradójico de la cuestión es que la imagen que seguramente los miembros del club tienen de mí dista mucho de lo que soy en realidad. No es que me crea un tipo particularmente simpático (de hecho, mi sociabilidad presenta unas cuantas facetas inconvenientes) pero de ninguna manera soy ese patán guarango que involuntariamente aparento ser. Lo paradójico de la cuestión es que, si lograra asignarle a esos fantasmas que me rodean su correcta identidad, podría poner en funcionamiento la maquinaria de mi asombrosa memoria y preguntarle al doctor Gutiérrez acerca de su aficlón por Almagro (porque alguna vez me comentó como al pasar que era el único hincha de Almagro en toda Santa Fe), o preguntarle a mi vecina Nené cómo andan sus seis hijos (del menor de los cuales es casualmente mañana el cumpleaños), o recordarle a mi colega Juan Carlos cuánto me gustó ese poema suyo sobre la lluvia que leyó en aquel café literario que compartimos ocho años atrás (mas precisamente un viernes 31 de mayo). Es una pena, pero tal prodigio no es posible. Mis ojos padecen de una especie de falta de pixeles suficientes para lograr una adecuada resolución de imagen y suelo ver a los otros con rasgos poco definidos, como si fueran rostros de una foto nocturna sacada sin flash. Debo entonces extraer certezas de la bruma, decodificar y reconstruir constantemente, en tiempo real, lo que acontece delante de mí, y esa misión requiere de mi parte una tarea casi de investigación forense. Sólo que aquí no se pretende esclarecer un crimen, sino prevenirlo. ¿De qué me sirve conseguir el objetivo un minuto después de producido el incidente?
Desentrañar la identidad de las personas a partir de indicios me obliga a ser (valga la ironía) sumamente observador. Un bastón, un cabello canoso, unos anteojos con marco blanco , un vozarrón tabáquico, un tic, una entonación particular en el “¿Cómo le va, Di Bernardo?” o en el “¿Cómo andás, Flaco?” me ayudan a sonsacar pistas de las sombras, a navegar en lo borroso. El contexto geográfico, por ejemplo, es fundamental: si veo a una mujer saliendo de la casa de mi vecina Nené, es altamente probable que se trate, efectivamente, de mi vecina Nené. Los problemas nacen cuando esa tranquilizadora referencia geográfica se desvanece y me encuentro con el colega Juan Carlos frente a la góndola de embutidos del Wal-Mart o me cruzo con el doctor Gutiérrez en la playa, ataviado con una bermuda floreada y musculosa.
Tal vez algún día los anteojos traigan incorporado un dispositivo electrónico que permita identificar a la persona que uno tiene enfrente (como las radios online que indican el tema que estamos escuchando), o se invente un GPS con parámetros humanos, capaz de anunciar “Doctor Gutiérrez, 20 metros a la izquierda”. O tal vez me decida de una vez por todas a ponerme una remera con la leyenda “Salúdenme ustedes, que yo no los veo”. Por lo pronto, quedan todos los lectores debidamente avisados: la inscripción al club está abierta todo el año, las 24 horas del día.
abril 13, 2012 ningún comentario
No germinaron los manzanos
Nechi Dorado*
“Señora Santa Ana ¿por qué llora el niño? Por una manzana que se le ha perdido, cantaba la abuela a la hora en que un manto oscuro con puntitos plateados caía sobre las tejas de la casita del barrio de obreros y una cortina de espesas pestañas desplegaba angelitos sobre los ojos de la pequeña.
-¿Y por qué llora el niño, abu? Preguntó la criatura.
-Uy, que el hambre duele, mi niña, respondió ella mientras la cubría de besos, cosquillas y caricias.
En la casa, muy humilde, vivía la abuela paterna, a cuyo hijo se lo tragara una noche impune de las que se repitieron tantas veces en la historia de estas tierras, su nuera y la única florcita que diera el matrimonio como ofrenda a su paso por la vida y a la que llamaron María Eva.
Niña inquieta, con ojos color del tiempo, corazoncito ágil para conmoverse ante cualquier situación lastimosa. Era la adoración de la abuela llegada de una Asturias lejana, estampada en su alma de mujer curtida por los golpes de la vida y que pareció compadecerse de tanto dolor a través de la pequeña.
María Eva fue creciendo entre el amor de esas dos mujeres en un barrio con olor a tilos, olor de rosas y malvones, recuerdos de ayeres dulces, renacuajos en las zanjas y la infaltable rayuela cuya meta era siempre el cielo.
Uno, dos tres, cuatro, cinco seis, siete, ocho nueve ¡¡¡CIELO!!! Y el barrio se empapaba de risas infantiles entre el mate de la tarde compartida con los mayores.
El cielo, una tarde, recibió a la abuela, dejando un hueco en el alma de la niña y su madre, pero ella no murió del todo, quedó flotando en su canción de cuna y cada noche la melodía inundaba el cuarto de una niña que ya daba los primeros pasos por la cintura de la adolescencia.
Pasaron los años, el futuro dijo presente pero siguió estancado en el pasado, la niña casi mujer comenzó a recorrer la muchas veces cruel rutina del aprendizaje de la vida, que no siempre otorga lo que realmente se sueña.
Se recibió de maestra, quiso tentar suerte en una fábrica cercana a la casa para costearse con mayor libertad los estudios de sociología. Se inscribió en la facultad porque “un pueblo de hombres cultos es un pueblo de hombres libres”,atrapaba de Martí mientras echaba a volar sus sueños imposibles.
29 de Octubre de 1979
El odioso reloj le gritó ¡basta! al descanso como cada mañana cuando paría las 5:00. María Eva estiraba sus brazos como alitas tratando de despegar el sueño de sus ojitos de color tiempo. Atiborró el ajado bolso negro de la abuela con las cosas cotidianas, compañeras de asistencia perfecta, antes de colgarlo de su hombro. Allí estaban: el sándwich, la manzana, los puchos, el encendedor, el monedero.
-Pucha, pensaba, todavía faltan cinco días para cobrar y las cosas que hay que comprar en casa.
Inmediatamente despedía a la madre con su acostumbrado –Chau má, te quiero.
-Cuidate nena, volvé temprano por una vez, no fumés tanto, respondía desde el sueño su madre. María Ëva sonrió y se alejó cantando bajo las estrellas que no se iban todavía.
Salía de la casita con el corazón atrincherado y los sentidos imaginando un futuro cercano que en realidad estaba lejos.
Eran las 6:00 de la mañana cuando con un beso a las mejillas compañeras, iniciaba la jornada en la fábrica y aparecían los matecitos clandestinos antes de que llegara el “trompa”.
A las 12:00 llegaba el descanso de media hora, salían del cofre el sándwich y la manzana.
-Otra vez que Carmen no trajo nada.-masculló entre bostezos. Ella era su amiga y compañera de la vida. María Eva imaginaba que también habría “nada” esa noche en la mesa para los niños, apenas un mate cocido, con suerte. Cortó su sándwich, partió al medio la manzana y le ofreció a su amiga las mitades más grandes.
Cuando Carmen fue al baño, ella comenzó su tarea de abeja obrera, recolectando entre otros compañeros lo que pudieran dar para los hijos de la humilde mujer.
-Dios mío ¿Llorarán los niños? Se torturaba pensando. Allí estaba la voz de la abuela y ella diciéndole bajito –Hay que hacer germinar los manzanos para que no falte en ningún hogar el fruto. Ayúdalos abuela.
A las 5:00 de la tarde el ulular de la sirena indicaba la hora de salida. Como dolía en el pecho ese aullido que tantas noches indicara la antesala del infierno. Paradojas de los sonidos que pueden ser tanto libertarios como carceleros.
Antes de ir a la Facultad, alrededor de las 6:00 de la tarde, María Eva pasó por la villa para visitar a los niños de Carmen. Llevaba fideos, manzanas, caramelos y la ternura de siempre. Era una pasadita nomás, pero sin restarle tiempo al matecito apurado.
-Nos juntamos con los chicos, le confió a Carmen.-Hace días que no vemos a Jorge, le sopló al oído.
Carmen había sido su compañera de sueños hasta la noche en que se llevaron al padre de sus hijos, quienes quedaron colgando de su espalda quebrada por la ausencia.
-Cuidado María Eva, dijo Carmen en el abrazo de despedida.
Puso primera al motor de su vida, arrancó atravesando calles sin reparar que la estaban siguiendo con paso tan sigiloso como un reptar terrorífico. El peligro le abanicaba la carita adolescente. Quién diría que ella…
Llegó a Villa Jardín, el dolor arrancó otro trocito de su corazón ardiente. –Se llevaron a Jorge, decía Beto mientras golpeaba con el puño de la desesperación una mesa destartalada.
A medida que aparecían los compañeros el silencio estallaba los oídos, sólo les quedaba llorar como hace un niño sin manzana. La tristeza ahogada la empujó al refugio sacrosanto de los brazos de su madre en carrera desenfrenada. Se contaron la jornada, pero no todo, no podía preocuparla tanto. Cantó la abuela su “Señora Santa Ana ¿por qué llora el niño? Claro, como todos los días.
-Sigue llorando el niño, mami, todos lloran. Muchos lloran sin parar.
María Eva iba inventando su propio adiós.
La noche del 29 de octubre fue noche de luna nueva. Se sintió una campanada que tiró abajo la puerta. Un ventarrón irrumpió en la sala y en la pared se estampó un corazón sangrando despedazado frente al cuadro con la foto de la abuela.
El reloj enmudeció, enquistó sus manecillas, el odio se volvió Titán y de esos ojos brotaban, como víboras de fuego.
-¿Dónde está esa hija de puta? Arremetió Jápetos.
-¿Qué es esto? Preguntó la madre tratando de volverse escudo sobre el pecho de su niña.
-No dejes entrar al miedo, suplicaban las lágrimas de María Eva.
La arrastraron de los pelos, la metieron a empujones en el asiento posterior de la barca de Caronte. Cerbero los esperaba en la puerta del averno.
La abuela tomó su brazo queriendo acercarla a ella, la madre empequeñeció contra el pecho de la abuela y de una sola garganta se escaparon las entrañas ¡¡¡Ay, mi niña!!!
La abuela cantó su nana, la niña le respondía mientras un rayo de odio se la iba devorando. De las casas vecinas parecían brotar ramitos de luciérnagas que no lo eran. Se había encendido el miedo.
Desde entonces, todos los 29 de octubre en aquel barrio de casitas bajas donde ayer criaran sus hijos tantos obreros, se ve a una niña caminando de la mano de su abuela cantando una letanía: -“Señora Santa Ana ¿por qué llora el niño? Por una manzana que se le ha perdido…
La niña responde –dile que no llore, yo le daré dos, una para el niño y otra para vos.
Adelante va la madre, vanguardia de la columna de espectros de tristeza.
A la mañana siguiente, desde entonces, en cada jardín falta una flor que aparece donde todavía está el corazón estampado.
Las tres mujeres sólo se ven esa noche, todo el barrio las espera.
Hasta el momento, comentan, no volvieron a germinar los manzanos…
*De su libro de cuentos y relatos “Destapando el silencio” Editorial Amaru (2010) Argentina
nechi.dorado@gmail.com,
http://textosnechidorado.blogspot.com//
marzo 15, 2012 ningún comentario
Una luz en la ventana
Por Manuel Teyper, Trujillo, La Libertad-Perú.
En esa casa, grande y señorial como casi todas las del barrio La Floresta, se encontraba una mujer sola, a punto de dormir.
Ya era pasada la media noche.
Afuera, el viento pasaba por sobre los techos silbando estrepitosamente; esa especie de gemidos lúgubres llegaban hasta ella, haciendo que un estremecimiento recorriera su cuerpo. Entonces fue a la ventana y terminó de cerrarla para que aquel ulular no se colara por la rendija.
Se tapó la cabeza con la frazada y cerró los ojos largo rato, pero el sueño se negaba a llegar; el día había sido particularmente largo y pesado, lo que hizo que se sintiera más cansada que de costumbre; tal vez era eso lo que le impedía dormir.
Un rato más tarde, aburrida de dar vueltas en la cama, se levantó y fue a darse una ducha caliente.
Media hora después estaba de vuelta en la cama.
Flor de María Olazábal Quintero encendió la televisión, pero la apagó enseguida recordando que debía madrugar para ir a su trabajo.
Sonrió pensando que si tuviera alguien a su lado, sin duda dormiría mejor. Pero la dedicación que le prodigaba a su profesión de ingeniera electrónica, y su carácter imperioso, habían alejado a los galanes, y ahora, a sus treinta y tres años, permanecía soltera, pese a ser poseedora de una belleza exuberante y un cuerpo bien proporcionado; ‘’ya habrá tiempo para eso’’, respondía exasperada cuando sus padres tocaban el asunto.
La pobre luz del alumbrado público alcanzaba para iluminar el frontis de la casa, pero impedía ver más allá, hacia la calle, que a esa hora lucía desolada. Por la ventana apenas entraba esa misma luz amarillenta, dándole un toque tétrico al ambiente.
Flor de María se quedó mirando fijamente la ventana, como lo hacía siempre antes de dormir… Repentinamente, para su asombro, ante sus ojos apareció una especie de luz blanca rodeada por un humo blanco también, que flotaba afuera… Y se movía.
La mujer cerró los ojos con fuerza pensando que se trataba de una ilusión óptica, o un sueño, pero cuando los abrió, allí permanecía esa cosa, como espiando hacia adentro. Entonces pensó que había sido una torpeza de su parte no haber cerrado también la cortina, pero estaba tan cansada que lo olvidó… Ahora era demasiado tarde.
Esa luz, como envuelta en algodones, continuaba allí, empecinada en quedarse… Entonces ocurrió algo que hizo empalidecer aun más su bello rostro: la nube de luz traspasó el vidrio de la ventana lentamente, y de forma imperceptible se le fue acercando poco a poco. Ella observaba con una mezcla de intriga y espanto, sin poder quitar la vista de ese objeto brillante que se aproximaba cada vez más, hasta estar al alcance de la mano… Si hubiera podido moverse, pero estaba petrificada por el terror. Trató de gritar, pero de su boca solo salió un gemido sordo; esto hizo que la desesperación empezara a revolverle el estómago. Hizo un esfuerzo por mantener la calma; ella, que no creía en espantos, estaba al borde de la locura con aquella aparición sobrenatural.
-¡Dios, Dios, Dios!- Era la idea fija que repetía mentalmente, en su desesperado llamado de auxilio.
Mientras el objeto de luz flotaba a pocos centímetros de su cuerpo, como si fuera un animal salvaje examinando a su presa, ella permanecía inerte y aterrada al ver que esa cosa se le acercaba más, hasta casi tocar su cuerpo… Leves gemidos de horror salían de su boca.
En un momento dado, esa presencia lumínica se movió unos centímetros, haciéndole pensar que se alejaría para no volver jamás, y así lo ansiaba con todas sus fuerzas… Pero ante sus ojos desorbitados esa cosa se posó sobre su pecho… Y se metió a su cuerpo dando un chasquido espantoso… Eso fue lo último que soportó Flor de María, antes de perder el conocimiento.
II
El despertador sonó como de costumbre a las seis y quince de la mañana.
Flor de María escuchó ese timbre imperioso y se despertó. Sentía un fuerte dolor de cabeza y todo le daba vueltas, pero se incorporó. Lo que vio, pese a la penumbra, la dejó pasmada: nada de lo que la rodeaba le era conocido… Y ese perfume no era el suyo. Además… ¿Dónde estaba Roberto?, su esposo. No era posible que saliera a trabajar tan pronto. Y… ¿Dónde se había metido John?, el hijo de ambos ¿Sería posible que Roberto ya se hubiera ido a dejar al niño al colegio, dejando que ella durmiera tranquilamente, a sabiendas que tenía que ir a trabajar? Pero más sorprendente aún… ¿Dónde se encontraba? Eran las preguntas que se agolpaban en su cerebro, acrecentando su asombro.
Se levantó de la cama y fue a encender la luz para ver con mayor claridad… Un escalofrío recorrió su columna vertebral: vestía un pijama que no le pertenecía. Pero lo más extraño era que esa habitación donde se encontraba… Nunca antes en su vida la había visto… La sensación de que algo estaba terriblemente mal, le asustó tanto, que tuvo que sentarse. Sus piernas le temblaban.
Se puso las manos sobre la cara, y cerró sus ojos tratando de acordarse dónde había estado la noche anterior, pero en su confundido cerebro no encontró respuestas. Apenas recordaba que iba en auto, acompañada de su esposo y de su único hijo John, para dejarle en el colegio… Le habían dejado, y enseguida se dirigían a sus respectivos trabajos, cuando… ¡Por Dios! Alguien rozó el auto haciendo que éste girara violentamente, y después… Después todo quedó en silencio… Despertando en esa alcoba que no parecía ser la de un hospital. No comprendía, o no quería comprender, que algo terrible hubiera ocurrido.
Se asomó a la ventana para pensar en otra cosa, pero su sorpresa fue mayúscula al no reconocer el barrio en el que se encontraba. Retrocedió asustada y se sentó en el borde de la cama.
Momentos después fue al baño… El grito que dio la mujer terminó por despertar a todos los residentes de la casa.
Lo que pasó, era que se había mirado al espejo… Sin reconocer el rostro que vio reflejado en él. Poco faltó para que cayera desmayada por la impresión. Volvió a mirar incrédula, pero sus peores presentimientos se hicieron realidad: allí estaba el rostro de una mujer desconocida. Su mente, tratando de dar una explicación razonable, le hizo pensar que se trataba de un fantasma. Buscó desesperadamente otro espejo confirmando sus temores; en efecto algo espantoso le había ocurrido.
En ese momento entró la señora Úrsula Quintero, madre de Flor de María.
-Hija, ¿Qué pasa?
La mujer salió corriendo al encuentro de la voz que acababa de escuchar, de cuyos labios, pensó, saldrían las respuestas que requería con urgencia.
-¿Qué pasa Flor de María? ¿Qué son esos gritos?- Repitió la señora Úrsula.
-Quie… ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?- Preguntó con la voz temblorosa.
-Pero hija ¿por qué actúas de esa manera? ¿Has estado tomando algo?
-Yo no soy su hija, señora. No entiendo qué me está pasando. Amanecí aquí sin saber quién soy… Mejor dicho sí sé quién soy, pero no comprendo por qué estoy metida en éste cuerpo… Ya sé que no me entiende. Mis padres son otros… Y están separados- Y rompió a llorar desconsoladamente. Las lágrimas también rodaban por la mejilla de la señora Úrsula, a cada palabra pronunciada por su hija.
Unos momentos después apareció el padre de Flor de María.
-¿Qué está pasando?- Preguntó el recién llegado.
-Flor de María amaneció completamente extraña, diciendo que no soy su madre- Contó atropelladamente la señora Úrsula a su esposo, abrazándose a él.
-Hija ¿Quieres decirnos qué te pasa y cómo podemos ayudarte?
-Disculpen, pero yo no soy quien creen que soy… Ni yo misma sé muy bien qué cosa me ha pasado.
Los esposos tampoco entendían nada, sólo veían con preocupación que su hija… Había perdido la razón.
La señora Úrsula se acercó a la que creía era su hija, y le abrazó tratando de contener el llanto. La mujer dejó que lo hiciera; necesitaba refugiarse en alguien, esconderse, perder la noción de todo… Y despertar como si aquella horrible situación hubiera sido solo una pesadilla espantosa… Pero ella seguía allí, tomando conocimiento de su desgracia.
-Estamos aquí para ayudarte, ésta es tu casa…
-¡Ésta no es mi casa!- Cortó con énfasis las palabras serenas que provenían del señor Antonio Olazábal.
-Disculpe, señor. Ya no sé ni lo que digo.
-No te preocupes… Ya se te pasará- Respondió, entristeciéndose al escuchar la palabra ‘’señor’’, de labios de su hija. Notando además un matiz distinto en el tono de su voz, pero prefirió callar.
-Mi nombre es Marisol Castro. Vivo en el distrito de San Miguel, en Lima… Y soy casada, pero ésta mañana desperté absurdamente en un cuerpo que no es el mío… Estoy muy asustada… -El llanto no le dejaba hablar, balbuceaba por los nervios. A un lado la pareja permanecía perpleja al escuchar a Flor de María decir cosas que a ellos les parecía disparatadas, completamente carentes de razón.
-Ya no digas nada más y descansa- Le pidió suavemente la señora Úrsula.
-¿Dónde estoy?
Mientras la señora trataba de comprender la dimensión de la pregunta, las lágrimas le afloraban, como si ellas tuvieran la capacidad de limpiar toda la angustia que le embargaba.
-Estás en el barrio La Floresta, e… en Trujillo.
-¿En Trujillo? ¿Cómo he venido a parar aquí?
-No sabemos qué es lo que te está afectando, pero es bueno que descanses. Duerme un poco. A lo mejor cuando despiertes estés mucho mejor.
El señor Antonio ya traía un vaso con agua y una pastilla para dormir. Ella la tomó en silencio, tratando de aferrarse a la más mínima cosa que le permitiera saber qué le estaba ocurriendo.
Unos minutos después, Flor de María… o Marisol Castro, dormía plácidamente bajo el efecto del somnífero.
Los esposos permanecieron abrazados un momento, acompañando a su hija, y luego se retiraron comprensiblemente compungidos.
III
A las siete de la noche despertó la mujer. La cabeza le daba vueltas.
Cuando tomó consciencia de su situación, rompió a llorar de nuevo, pero ésta vez hizo un esfuerzo mental supremo por mantener la calma; desesperarse no le iba a conducir a ninguna parte, pensó.
Trató de sopesar todo con lucidez, pero las imágenes del espejo se volcaban en su mente… Esas sí con claridad agobiante.
Se miró las manos y luego tocó su cara… Esas facciones que conocía muy bien… Ya no estaban más. Entonces tomó la determinación de viajar a la ciudad de Lima, a su casa. Allí sabría, con seguridad, qué cosa había ocurrido.
Se puso de pié un poco más tranquila, y buscó en esa cartera que pertenecía a otra persona, el dinero que necesitaba para el viaje. No demoró mucho en encontrarlo.
Se puso aquellas ropas que no reconocía como propias, y se preparó para salir sin dar aviso a las personas que le llamaban ‘’hija’’. Pero cuando estaba a punto de correr el pestillo de la puerta, apareció la señora Úrsula, con una taza de sopa.
-¿Para dónde vas a esta hora?
-Me voy para Lima.
-¿Para Lima? ¿Y qué piensas hacer allá?
-Quiero saber por qué estoy en Trujillo. Por qué ocupo un cuerpo que no es el mío… En fin, voy en busca de respuestas, si no lo hago me voy a volver loca- Dijo la mujer, mirando tristemente a la señora Úrsula.
-Entonces me voy contigo.
-No es necesario, gracias, este asunto lo quiero resolver yo misma.
-Que Dios te acompañe. Pero antes toma un poco de sopa, necesitas estar fuerte para lo que Dios quiera que sea que tengas que afrontar.
La señora Úrsula se acercó y le abrazó fuertemente por un tiempo que a la mujer le pareció demasiado largo. Suavemente separó a la señora, que sollozaba.
-La hora de llorar ya pasó, ahora sólo queda saber la verdad… Y enfrentar lo que Dios tenga para mí- Fue lo último que dijo. Tomó algo de sopa, y salió en silencio, sin despedirse de nadie más.
Flor de María… o Marisol Castro, contrariada con el enorme peso de llevar un cuerpo y una identidad que no eran los suyos, salió a la calle. El viento frío de la noche le hizo olvidar, por un momento, toda aquella angustia que apenas podía soportar.
Tomó el primer taxi que pasó por el lugar, y dentro de él cerró los ojos.
Una vez en el terminal de transportes, se turbó cuando la chica de los boletos preguntó su nombre. Automáticamente iba a decir Marisol Castro, pero algo la detuvo. Metió una mano en la cartera, y sacó un documento de identidad que decía: Flor de María Olazábal Quintero.
-¿Hacia dónde se dirige?
-Lima- Dijo en voz baja.
-Disculpe, no la escuché muy bien.
-Hacia Lima.
-Ya, gracias. El bus sale a las once y cuarenta y cinco. Por el carril cinco.
-Gracias- Respondió con una voz apenas audible.
Durante el viaje en bus, rumbo a la capital, aprovechó el tiempo para pensar, pero sobre todo para recapacitar. Hizo un recorrido mental de cada cosa que hizo antes de encontrarse en esta situación tan confusa y desagradable, pero cuando llegaba a la parte del accidente, su corazón pegaba un brinco, haciendo que se estremeciera en su asiento:
-¿Estaré muerta?- Sin darse cuenta lo dijo en voz alta. Su compañero de asiento escuchó claramente la frase incongruente.
-¿Qué fue lo que dijo, señorita?
-Nada, no se preocupe.
El hombre a su costado estaba seguro de haber escuchado esa afirmación inquietante, pero no dijo nada más.
Marisol Castro, ocupando un cuerpo que no era el suyo, seguía pensando: su vida había sido un cúmulo de felices experiencias, primero como estudiante, y después ejerciendo la profesión que le daba grandes satisfacciones: bióloga marina. Pero lo que más le tenía aferrada a la vida, era su familia. Con Roberto estaban criando un niño amoroso e inquieto por averiguar cada cosa, que no paraba hasta descubrir de qué estaba hecho tal o cual objeto, y cómo funcionaba. Su nombre era John y tenía nueve años de edad… Hasta que llegó el día fatídico del accidente, del que no recordaba casi nada.
-¿Estaré muerta?- Pensó, ésta vez para sí misma- Y si es así, ¿Dónde está mi cuerpo?
Se cubrió la cara con las manos y decidió no pensar más; era mejor así, al menos por ahora. Estaba tan agotada que se durmió de inmediato.
Soñó con vuelos imposibles… Que finalizaban abruptamente cuando su cuerpo caía pesadamente, mientras su espíritu permanecía en lo alto, como flotando, sin poder hacer nada. Soñó con su adorado hijo caminando a su lado por la floresta, tomados de las manos. También soñó con su esposo: veía su sonrisa franca. Sentía su abrazo fuerte. Su temperamento reposado. Su capacidad para mantener la calma aun en los peores momentos… Y después lo veía alejarse mientras ella caía en un abismo insondable.
Cuando despertó, faltaban sólo algunas cuadras para llegar a Lima.
Apenas puso pié en tierra tomó un taxi y se dirigió a su casa. Era miércoles, y en su reloj marcaban las siete de la mañana.
Descendió del taxi dispuesta a enfrentarse con su destino.
Afuera de la casa había un número inusual de personas vistiendo trajes negros. Sintió un punzón en su pecho, pero siguió caminando.
Pasó al lado de unas personas que no la conocían, sólo la miraban como preguntándose quién era la recién llegada..
Entró a la casa. Pasó por un pequeño zaguán por el que caminó tantos años, y llegó a la sala sobresaltándose al ver que, en medio de ésta, y descansando sobre unos pilares… Se encontraba un ataúd. Hacia allí se dirigió con paso decidido. Se acercó al féretro y… Lo que vio la dejó espantada: dentro de ese cajón se encontraba su cadáver… El cadáver de Marisol Castro.
El encuentro con su propio cuerpo inerte, hizo que sus ojos se desorbitaran de espanto. Dio un grito espantoso, y retrocedió maquinalmente; sus piernas se negaban a sostenerle más. Antes de caer, ya estaban varias personas prestas a socorrerle.
Las personas que se encontraban afuera acudieron casi corriendo al lugar, luego de escuchar aquel alarido desgarrador, pero cuando llegaron la encontraron desmayada sobre un sofá.
Algunos preguntaban si alguien conocía a la mujer, pero ninguno supo dar razón.
Cuando volvió en sí, una mujer sostenía una bebida caliente y trataba de hacer que la tomara.
La mujer lucía desencajada. La palidez de su rostro denotaba la abrumadora verdad que había tenido que afrontar.
Sólo había una cosa que la mantenía con cordura, impidiéndole que saliera a la calle a dar de gritos: saber qué pasó con su hijo John y su esposo Roberto.
-¿Ya te sientes mejor? Preguntó ingenuamente alguien.
-Sí, ya estoy bien, gracias. ¿Dónde está John y Roberto?
-Roberto se encuentra en el Hospital. Se está recuperando de las heridas que sufrió en el accidente. Ya está fuera de peligro, gracias a Dios- Dijo una mujer mayor, que Marisol identificó de inmediato como la madre de Roberto- Y John esta en el otro cuarto. Disculpe… ¿Me puede decir quién es usted?
La mujer se turbó un momento sin saber qué responder, pero al final dijo:
-Soy una amiga de Marisol. Me da mucha pena lo que le ha pasado. ¿Puedo ver a John?
-¿También le conoce?
-Marisol me habló tanto de su hijo, que casi le conozco- Tuvo que mentir.
En instantes Marisol Castro tenía ante sí a su hijo querido. Sin perder tiempo le tomó entre sus brazos. John dudó un momento, pero luego se entregó al abrazo. Sentía una fuerza poderosa que le decía, sin lugar a dudas, que esa mujer… Ese rostro extraño que no había visto nunca… Era su madre.
Madre e hijo se pusieron a llorar; sólo ellos sabían quiénes eran y todo lo que se necesitaban. Las personas alrededor se miraban extrañadas sin saber qué hacer.
-Quiero que seas fuerte y acompañes a tu padre, él te necesita ahora. Yo siempre estaré a tu lado. Y te cuidaré en todo momento- Susurraba la mujer al oído del pequeño niño que sollozaba.
-¿Por qué no te quedas conmigo?- Preguntó el niño.
-Dios me ha llamado, no puedo negarme a sus designios. Además hay una mujer que tiene su vida y una familia que la espera… Como tú me esperaste. Sé que con el tiempo entenderás mejor las cosas que nos pasan, y aprenderás a aceptarlas.
John no tuvo que oír más para comprenderlo todo; haber podido ver a su madre… Viva, por última vez, evitó que anidara algún rencor por la prematura ausencia de su progenitora. Ausencia que no era definitiva, ya lo sabía muy bien.
-Ahora debo irme, corazón.
-Sí, mami, lo comprendo- Dijo John haciendo sonreír levemente a su madre.
A pocos metros apareció una extraña luz que encegueció por un instante a los presentes, y del cuerpo de Flor de María salió una nubecilla luminosa que se transformó en Marisol Castro, que brillaba como un sol resplandeciente. Marisol dio unos pasos en dirección a la luz, pero se volvió para mirar a su hijo. Luego entró en la luz, que fue perdiendo intensidad hasta desaparecer definitivamente… Llevando consigo el espíritu de la mujer, que únicamente había regresado para despedirse de su hijo.
Al rato despertó Flor de María, confundida al estar en un lugar que desconocía por completo:
-¿Qué hago aquí? ¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde estoy?
Todos estaban asombrados con la trasformación que se había operado mágicamente en su presencia… Menos John, que permanecía mirando fijamente el lugar donde se había ido su madre… Como si ella todavía estuviera allí.
Comentarios a: mteyper@hotmail.com
marzo 9, 2012 ningún comentario
Decálogo del perfecto cuentista
Horacio Quiroga
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Cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo. |
1.Cree en un maestro – Poe, Maupassant, Kipling, Chejov – como en Dios mismo. Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
2.Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
3.Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
4.No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
5.Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
6.No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
7.Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver.
8.No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
9.No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
10.No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.
marzo 4, 2012 ningún comentario
Un día maravilloso
Ian Welden (Copenhague, Dinamarca)
¡Este día de invierno ya apareció!
El sol frío ilumina a un cielo azulísimo y desde mi ventanal observo las calles y los árboles. Las calles son grises y los árboles están desnudos. Parece el dibujo de un niño.
La vida es tan simple.
Pasan madres con infantes multicolores y ejecutivos con maletines de cuero de cocodrilo. Estudiantes que en realidad jamás estudian y viejos tomados de las manos de sus viejas.
En mi ventanal crecen hermosos y enérgicos los cardenales rojos y los pequeños paltos. Y las figuritas de greda peruanas, mexicanas, chilenas, danesas y griegas danzan delicadamente entre ellas.
Jacqueline despierta y luego de vestirnos y abrigarnos bien, salimos a pasear por este día maravilloso.
Nos sentimos felices.
Ir al Reales Correos Daneses con ella es una delicia. Y el Real Banco Danés, mucho mejor. Uno tiene dos posibilidades: o llorar de frustración o reír a carcajadas. Nosotros elegimos la última.
Las larguísimas filas de gente, impacientes y malhumoradas, nos hacen sonreír. ¡A la cajera poco simpática y agresiva le damos un buenos días! amable y cortés.
Visitamos la estación de trenes de Valby. Hay locomotoras ya rendidas y oxidadas descansando sus vejeces cuan enormes insectos metálicos a los lados de las líneas férreas. Y trenes jóvenes y magníficos haciendo piruetas para atraer la atención de los pasajeros semi dormidos de tanto esperar. Y hay máquinas a punto de jubilar, tomándose las cosas con calma llegando lentas pero puntualmente a la estación.
Jacqueline se despide con un beso porque tiene que irse al trabajo y yo sigo caminando contento hacia la capital del reino, Copenhague. Y aquí está, como siempre, con su arcaica Real Casa de la Municipalidad y el Strøget, el célebre paseo peatonal.
Ahora me siento aún mas feliz caminando por este hermoso lugar. Llego al Puerto Nuevo, que es un monumento de barcos internacionales y locales y viejísimos edificios a la Hans Christian Andersen, pintados todos de celestes, azules, naranjos y rosados, todos con sus ventanitas blancas y simétricas y sus maceteros con flores surtidas. Y más allá, el mar que conduce al resto de Escandinavia y al planeta entero.
De pronto me doy cuenta que me he alejado demasiado de Valby. Tomo un Taxi.
El taxista es paquistaní y habla como tal. O sea enrollando la lengua cada vez que pronuncia una erre. Habla mal danés y perfecto inglés. Es parlanchín y yo lo dejo monologar calzando mis “ahá”, mis “claro” y mis “no me diga” con perfecta precisión.
Ya estoy en La Plaza de Valby nuevamente y me siento en un banco a tomar aliento. Es mediodía y La Calle Larga se ha inundado de transeúntes. Yo disfruto de esta maraña de seres humanos y perros. Me dan ganas de cantar y tarareo “Good morning, good morning good morning ah!” de Los Beatles.
Los milagreros de siempre sorprenden a los paseantes con sus impresionantes artes surrealistas: Henrik, el vikingo que ya ha vivido mil años, arrugadito como una pasa, hace malabares con su espléndida espada de hierro, sacándole chispas a las nubes y regalando trozos de arcoíris a los niños boquiabiertos. Las multillizas de las Islas Faro, Sussane, Sussana, Roxane, Roxana, Marianne, Marianna, Sabianne y Sabianna levitan sobre las copas de los árboles de la plaza cantando el Himno a la Alegría de Beethoven. Fátima, Amira, Adeba y todas las otras niñitas somalíes también cantan y bailan rondas infantiles haciendo aparecer peces de colores del aire. Y El Chato Vázquez, célebre milagrero chileno de Magallanes, reparte puñados de monedas de oro puro a la concurrencia causando caos en la situación financiera del Reino de Dinamarca.
A mi lado se ha sentado una hermosa mujer. Yo la observo impertinentemente y ella me dice riendo “Sí, es un día maravilloso, ¿no?”.
Me dice que su nombre es Marlene. Me cuenta su vida en dos minutos y me pregunta ocasionalmente quién soy yo, de donde vengo y a donde voy… Ella se pone de pié y me tiende un mano “vamos a tomar un café?”.
Es sueca y vive en la ciudad de Malmø, a media hora de Valby. Es cirujana y trabaja en el Hospital del Reino. Le gusta venir a Valby a vitrinear, conocer gente y ver los milagros. Habla danés con un delicioso acento sueco y es como escuchar a Liv Ullman en algún film de Ingmar Bergman.
Esta Marlene es un milagro que no quisiera perder. Se lo digo y me da un beso en la frente y su número de teléfono. Ella me cuenta acerca de su esposo Svend y ya en casa se lo cuento a Jacqueline y ella me da un beso en la boca.
Comienza a oscurecer lentamente con una luz color naranja. Cenamos congrio con salsa de perejil y papas asadas. Lavamos la loza en silencio y nos acostamos en mi sofá quedándonos poco a poco dormidos.
Pero antes de dormirse, Jacqueline me susurra al oído “Todo ser humano tiene, de por ley, el derecho a disfrutar de un día maravilloso, a pesar de las guerras, el caos ecológico, las hambrunas, la falta de dinero, el abuso de poder, las miserias…”
Al despertar, Jacqueline ya no está y un nuevo día de otoño ya apareció. Por mi ventanal observo el milagro de la vida, la simpleza y la perfección. Como un banquito vacío rodeado de árboles otoñales esperándome tranquilamente en La Plaza de Valby.
marzo 3, 2012 ningún comentario
Un hombre común
Marcelo Colussi
marzo 3, 2012 ningún comentario
¿Y yo qué culpa tengo que lo golpiaron a Perón? (Parte II)
Nechi Dorado, tomado de ARGENPRESS CULTURAL
Yiyita, cuando derrocaron a Perón cambió la infancia que estabas transitando, la llenaron de clavos igual que a las de otros niños Se abrieron agujeros, escuchaste palabras raras que no entendías pero que tal vez quedaran espiraladas en tu cabecita revuelta: proscripción, Ley Marcial, Proclama Revolucionaria ¿Qué imaginarías que era todo ese montón de letras incomprensibles?
Revolución Libertadora, decían, y me pregunto ¿“libertadora de qué”? Fue el golpe ensañado contra un pueblo que eligió a sus líderes y que fue dignificado luego de años de sufrimiento y negación permanente de sus derechos dormidos en cajones de escritorios. Aunque hubiera habido errores nada justificó el accionar del odio en esta tierra partida en dos para siempre.
No se por qué recorrer tu infancia, casi como recortada de golpe, no llega a ponerme triste. Es más, creo que es todo lo que recuerdo de esa etapa tuya, otras imágenes se las fue tragando el vacío. Estas vivencias reflotadas son las únicas que encuentro en el cajoncito de recuerdos que uno guarda en el corazón y les pone llave. La que no pudiste ponerle a tu primer diario porque no era de “tela de vaca”.
Tu padre fue expulsado de su trabajo como tantos hombres y mujeres de entonces, tu madre comenzó a dar clases de apoyo escolar para suplir las carencias que se presentaban aunque lograron que no las descubrieras. La persecución no tuvo límites y muchos hogares padecieron lo que el tuyo. Fuiste una “afortunada” Yiyi, muchas veces me dije, porque pese a la crudeza de la realidad circundante no hubo que llorar fusilados en el seno de tu hogar, aunque aún sientas el recuerdo de los “tíos que no eran tan tíos pero a los que igual querías mucho”, esos que de la noche a la mañana dejaste de ver para siempre.
Domingo 15 de abril de 1956
¡¡¡Perdoname diario!!! Te lo digo en secretito porque papi siempre me dice que perdon se le pide nada más que a tata dito y a mami y me dice que no hay que arrodiyarse nunca y tambien me dice que nunca tengo que bajar los ojos para el piso cuando alguien me reta como la seño el otro dia.
Porque los chicos tiraron tisas al piso y bollitos de papel. Habian sido Ruben y Marito y otros pibes yo tire uno solito. La seño pregunto quien hiso eso y nadie dijo nada. Entonces dijo que todos ibamos a tener una penitensia de muchos deveres y sin recreo.
Entonces yo me pare y dije que fui yo seño para que no sepa que habian sido ellos y la mama les iba a pegar. La seño me dijo que no tenia que mentir que yo no habia sido. Y yo le grite que si que habia sido y basta y que no le mande deveres a mis compañeros. Y ella llamo a mami para decirle que le habia gritado pero papi siempre dice que siempre pero siempre ay que defender a los compañeros.
Mami no me va retar por eso. Y si me reta me defiende papi. Ojala que este en casa mañana tambien. Hoy comi huevodepascua.
Pero en secretito te pido perdoname diario querido porque te rayé muchos dias y no escribi nada. Estaba muy enojada porque YO QUE CULPA TENGO SI LO GOLPIARON A PERON eeeeeeeeeeeee
Yo no lo golpie diario yo no lo golpie yo no logolpieyonologolpieyonologolpieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee
Me voy porque es el cumple de papi.
Lunes 16 de abril
Ayer a la noche era el cumple de papi y le hisieron una torta y cuando hablaban y yo estaba jugando en mi cuarto igual los escuche y que se jodan. Si me traen un hermanito seguro que no escucharia nada porque el bebe estaria yorando y yo lo cuidaria.
Mami le preguntaba a pa cuando para todo esto y papi le desia que cuando vuelva Peron. Perón yeva asento ya lo aprendi. Perón, Perón, Perón, Perón.
Y me da bronca porque por culpa de elllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllll papito no esta conmigo muchos días.
Despues escuchamos la voz de Perón que siempre yega a casa con discos y desia que habia que seguir la risistencia. Abue le dijo a mami tendras que sufrir mucho todavía, es igual que su padre.
El padre era mi abuelo y yo no lo conoci pero Pochita si y Robertito tambien. Dicen que el abuelo estaba siempre preso porque eranarquista y yo no se que carajos es eso y nadie me lo esplica.
Y dicen que estuvo preso en todas las uelgas pero el no robaba y era bueno pero no lo querian porque era asturiano como la abuela y ademas era tambien español y estuvo en la semana tragica que debe haber sido fea. Y disen que asia mucho lio porque en España habia guerra civil y el hacia fiestas para juntar plata para ayudar a los compañeros en España para que puedan sacar a un hijodeputa que se llama Franco y por eso lo metian preso y lo golpiaban mucho.
Mi abuela decia algo de eletrisida que le daban y no se porque si en la carcel no te dan nada se ve que esos tipos no eran malos si le davan algo ¿no diariooooooooooooooooo?
Después me fui a dormir en mi camita y papi vino a decirme que yo era una nena ermosaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa y me alcanso mi muñeca negra que es la que mas quiero.
Miercoles 18 de abril
Ayer no te conte nada porque tenia los gatitos en el pecho y no dormi y no fui a la escuela y después me puse mas triste todavía. Mami y papi se peliaron por mi culpa esta tarde y papi se fue corriendo y tenia las pistolas abajo del braso en una cosa de tela de vaca como el diario de Pochita.
Despues no vino pero vinieron mas gatitos que me hacen jjjjjjjjjjjjjj y no me entra aire y measusto.
Jueves 19 de abril
Ayer mami y papi se peliaron por mi culpa y yo quede triste ahora tambien. Papi vino y me sento mucho tiempo en las rodiyas y a mi me gusta mucho porque mami me mira y estamos los tres juntitos. A y a veses esta la abuela y es mas lindo todavía igual que cuando estan mis primos.
Estuvo pocos dias y a la noche haciamos como siempre que esta en casa, papi agarraba la bolsa con balitas que tiene por si le quieren robar algo y tiene que defenderse. El no tiene la culpa que no es policia y se tiene que defender solito porque hay muchos gorilas pobrecito.
Y yo lo defiendo si veo que le hacen algo me cuelgo del cogote y le arranco los pelos y listo.
Pa le hace con una limita una crucecita como el por x de las cuentas 2×1=2. Me gusta como quedan y me gusta que me deja que yo se las alcance una por una y tiene un monton.
Entonces me gusta el ruidito que hacen. Mami le dice no la dejes jugar con esa mierda a la nena. Pa me guiña el ojo y me dice que si con la cabesa y entonces yo sigo haciendo ese ruidito que me gusta, cric cric cric y quiero jugar a la payana pero se me resbalan. Y junto el polvito que queda arriba de la mesa y escribo con ese polvito y me queda rebien cuando pongo papi Perón Vuelve y el se rie y mami tambien y se me vuela todo.
Yo le pregunté a pa porque le hace el por X arriba y el me dijo que porque si se le pierden se las van a devolver porque saben que son de el.
Y tiene rason, pa siempre tiene rason y me defiende cuando mami se enoja y los abu me defienden tambien. Y mis primos. Y doña Catalina y Josefina y todos me defienden. Igual mami no me reta mucho.
Papi me deja que agarre las pistolas que eran de mi abuelo y me dice que nunca les tenga miedo a las armas pero que hay que respetarlas. Papi no las tiene cargadas porque se puede escapar el tiro.
Como hay que respetarlas yo empese a decirle buenas noches señora pistola de papi ¿quiere algo seniora? Bueno hasta mañana que descanse y la guardo en el cajon y la tapo con un trapito blanco que es para eso solo.
Mami se largo a reir y papi me daba besos.
El otro dia no vinieron los hombres malos y ahora aprendi que se llaman marines y yo los estraño cuando no vienen, porque cuando vienen yo me tiro en la cunita y cuando se van mami me pasa a mi cuarto donde tengo la cama de nena grande que a beses le presto a mis primos cuando se quedan en casa. Muchos dias me acoste en mi cama de nena grande y a la mañana apareci en mi cuna y la ropa toda tirada por todos lados. Que loco eso.
Mami me dijo que algun angelito me habia pasado a la cuna para que tape el colchoncito y que los hombres no revisen pero revisan igual el ropero y los cajones. Son mas metidos.
Menos a beses que los escucho que dicen vamos que la nena duerme pobresita que no la cuidan los padres hijosdemilputas y me dio ganas de decirle que no se debe mentir ni decir malas palabras delante de dos mujeres solas y el padre que no esta. Que saben ellos si no vienen de dia cuando mami me hace flan o torta. Yo no duermo a veces que vienen nada mas cierro los ojitos y me tapo los ojos con el braso para que no se den cuenta que se me mueven las pestañias. Todo todo todo me lo enseño mi mama porque son trampitas y no se lo cuento a nadie mas que a vos. ¿Entendiste e e e e?
Domingo 3 de junio
Hoy estoy muy enojada los gatitos se quedaron muchos dias y Josefina me dio inyecciones que duelen.
Cuando vino pa del trabajo a la noche yo le dije no te vayas mas papito y me enoje y tome fuersas y me pare en la cama y le dije que no podia ser que nunca me yeve al soologico y que me yeve el papa de Elisa.
La cama se movia porque el colchon es blando y no me podia quedar bien paradita pero no me importo. Entonces le grite a pa que porque yo no podia estar con mi papa como todas mis amiguitas. Y que los padres de Elisa y de Olguita y de Estelita eran policías y nunca iban los hombres malos a su casa y ellas no tenian que acostarse en las cunitas y aserse las dormidas.
Y me quede sin aire cuando grite asi y se despertaron los gatitos que tengo en el pecho y que no me dejan rispirar muchas veses. Y me agarro esa tos de los gatos.
Y le dije tambien que el padre de Marito y el de Beba tampoco era polisia y no iban los hombres malos a su casa y no le tiraban la ropa a su mama como le tiraban a la mia. Y le dije a vos te gustaria que le tiren todo al suelo a tu mama. A mi noooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
Entonces mi papá me sento en la cama, me peinaba el pelo con los dedos y tenia cara un poco triste y me dijo escuchame bien Yiyita vos sos una nena muy inteligente y me dijo que el no estaba conmigo para que nunca mas aya nenas que esten sin sus papitos. Y me dijo que yo era una heroa y que ellos estaban muy orguyosos de mi que tambien estaba ayudando para que buelva Perón.
Y yo me tire y agarre a papi por el cueyo y me daba muchos besos.
Nunca mas le voy a gritar asi diario. Hoy papito todavía no bino y yo estoy muy triste porque ayer le grite y el no se enojo.
Mami un poquito si pero no mucho porque después me dijo que a papito no se le grita asi.
Diariiiiiiooooooooooooooooooooooooooo yo quiero gritar muchooooooooooooo
Domingo 10 de junio
Todos los tios estan enojados con aramburu y rojas y no los pongo con mayuscula porque son muy malos y no me da la gana. Yo escuche que decian en casa que iban a hacer una cosa y justo cuando habia boxeo y pa siempre escucha el boxeo cuando esta en casa. Pero se llevaron presos a todos los que iban a leer eso que no se que es y después lo busco en el dicsionario y te cuento.
Y bueno que queres se iba a cortar la pelea por que no la hacian en otro lado y no se enojaba nadie. Algunos compañeros de pa se los llevaron presos y aramburu y rojas que papi le dice cuervo pusieron una ley que decian que era de guerra y fusilaron a unos tíos de los que no son tan tios pero algunos siempre vienen a casa. Me puso triste porque le pregunte a ma que es fusilaron y cuando supe me puse mas triste porque ellos me decian polaquita linda y decian que mi papa era el lechero porque mami y papi no tienen ojos claritos como yo. Mañana me voy a esperar al lechero y le pregunto si es cierto que es mi papa y yo no quiero yo ya tengo a mi papa.
En casa estan todos tristes y vinieron muchos tios y mi papa se fue con ellos en un coche muy ligero y mami me also a upa.
Habia muchos comandos civiles en todos lados que tambien son malos como los tipos que vienen a mi casa y revuelven todo.
Todo se complica mucho le dijo mi mama a una compañera que vino a visitarla y que es profesora de frances y habla con mami y yo no entiendo nada. No se porque no me compran un hermanito de una vez. Asi no escucho mas cuando hablan cosas de grande. Igual se que hay que ver oiry callar mi mama me lo dice todos los dias
Sigue…
febrero 26, 2012 ningún comentario

