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Balcón al abismo

MONICA RUSSOMANNO (Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

Las quintas son lugares donde la gente siembra vegetales, donde se cosechan frutas y el quintero recolecta sus repollos o pimientos con sombrero de paja y camisa a cuadros. Eso eran las quintas en mi librito de segundo grado; sin embargo, aquí las quintas son lo que queda de ese pasado campesino. Nombrarlas es decir caminos de arena con enormes eucaliptus, álamos que imitan el sonido del mar con el follaje abundante, perros acostumbrados a aquerenciarse a cualquier vecino con asado en la parrilla, pájaros y chicharras estridentes, casas de campo en cuadrados más o menos espaciosos, alguna lancha bajo un tinglado de chapa, quizás, un montón de piñas para encender los fuegos de la noche, gente haciendo ocio, podando las ramas indisciplinadas, pintando con pincelito de fin de semana los sillones de hierro. La quinta, falso rancho, falsa vida cercana a lo montaraz, ilusión de naturaleza y lejanía, una vida salvaje encuadrada, regada, podada y con abundante cloro para mantener el agua impoluta. Hasta el río tan cercano, marrón y violento, está enjaezado con embarcaciones prolijas como un inquietante semental cepillado y limpio en la Sociedad Rural. Es lo que podemos tener de silvestre, es lo que en realidad podemos tolerar a estas alturas de toda una vida de caminar con zapatos y usar acondicionador de cabellos. Un poco más allá del alambre tejido del perímetro comienza la oscuridad, los abismos de los cielos estrellados, el arrastrarse de alimañas entre pastos sin segadoras ni rastrillo. Un poco más allá del orden se crece un caos de seres innominados, desconocidos, se crece un espacio excesivamente vasto. Es el abismo con su oscura muerte agazapada. No deseamos tanto al fin y al cabo. Como quien busca la dosis de vértigo en una montaña rusa de feria, nos satisfacemos con la suficiente ilusión de naturaleza propiciada por el césped amable, la rectamente recortada porción de agua en la piscina celeste. Decimos que amamos la naturaleza mientras nos untamos con protector solar, vacunamos al perro, le sacamos una foto de lejos a la culebrita verde que apareció muerta al lado del limonero. Me encanta la vida de campo, decimos, abriendo la garrafa de gas como quien arriesga una picada en el monte donde no hay señales, como quien se entrega con la canoa a los meandros incognoscibles y complejos, como quien oye el mono aullador y sabe que está solo en la maravilla atroz de la selva que oculta sus cadáveres y sus insectos. Y para qué más. Que otros buceen en los abismos. Los tiburones son meras referencias culturales, los leones son metáforas, el tigre nos remite a Borges en su biblioteca de fractales, con lámparas de cristal verde y libros editados en ocho cuartos, tapas de pasta. Pero el olor del tigre, pero el erizarse de chillidos, pero la presencia ominosa. A otros la cercanía de la verdadera oscuridad. Y sin embargo esos resquicios, esas junturas que no termina de sellar el mundo seguro, sin embargo y así las cosas.

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