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Adolescencia y juventud de Charles baudelaire

 Por: Marisa Trejo Sirvent

Su vida pasional, los aromas y los gatos.

Siendo muy joven, cuando Charles Baudelaire es enviado por su padrastro a un viaje, a la Isla de Mauricio, escribe un soneto para la esposa de un rico plantador, una hermosa criolla, a insistencias del marido. En este poema se percibe el deslumbramiento que la vegetación tropical le causa al poeta francés, su sensualidad expresada ante otro tipo de belleza que no es el estereotipo occidental, su amor a la poesía, aunque también su nostalgia de los ríos y  arquitectura franceses:

En ese país fragante que el sol besa             

conocí, bajo un palio de árboles en fuego,            

 y de palmeras que llueven su molicie en los ojos,            

a una dama criolla de encantos ignorados;                                                       

Es pálida y ardiente; la morena hechicera            

mueve el cuello con gesto amanerado y noble.           

Camina, esbelta y alta, como una cazadora;            

su sonrisa es tranquila y su mirar seguro.

Señora, si acudiera al país de la gloria,             

en la orilla del Sena o del Loira, tan verde,            

digna de embellecer a las antiguas mansiones,             

harías, al abrigo de retiros umbrosos             

germinar mil sonetos en el pecho del bardo,            

más aún que un esclavo, sumido a vuestros ojos”

                                                                                     (A una dama criolla)

De ahí en adelante, el poeta escribirá sus más célebres poemas. Era ya un hombre y se le hacía insoportable la vida del hogar. Su madre, absorbida en la beatería, y su padrastro, el General Aupick, le demostraba más hostilidad y exigía de él mayor apego a la disciplina. Charles Baudelaire se sintió hombre y pidió su herencia. Le hicieron entrega de setenta mil francos. Comenzó su vida de dandy, su pasión por las mujeres, por las más experiencias extrañas que inspiraron una buena parte de su obra literaria y llenaron, de alguna manera, el vacío y la soledad vividas en su infancia, alejado del cariño y la presencia su madre. Sin embargo, a los veinte años, recién heredado, era rico, se sentía feliz, amaba a las mujeres y era amado. Ya París conocía sus primeros poemas y los aclamaba. Vivía en el Hotel de Pimodan, en la céntrica Isla de San Luis, la parte indiscutiblemente más bella de París, donde uno puede observar el transcurrir del Sena, y tan cerca, las dos islas:  Lutecia (Lutèce, primer nombre que tuvo París) hoy, isla de la Ciudad (île de la cité), y Saint Louis (precioso lugar lleno de monumentos históricos que deja ver, entre otros monumentos, la parte posterior de Notre-Dame, la catedral de París, de estilo gótico cuya construcción data del siglo XII y XIII, cuyo nombre tomó Víctor Hugo para su célebre novela).

Baudealire se entusiasmó por decorar su apartamento artísticamente, “se llena de aromas; flores, nardos, el almizcle y el incienso inundan el ambiente de su gran apartamento”. Baudelaire amó los perfumes, como la mayor parte de los franceses. Esta sensibilidad, a flor de piel, por  los aromas se deja sentir en toda su obra, “entre las drogas más aptas para crear el ideal artificial se encuentran los perfumes, hacen sutil la imaginación del hombre, enervan gradualmente sus fuerzas físicas. Su obra está impregnada de esencias. Ningún poeta ha sabido comprender el alma de los perfumes como Baudelaire”:

y anchas flores claras sus esencias raras,               

al olor del ámbar se mezclarán.

                                                                             (Invitación al viaje)

 igual que otros espíritus navegan en la música              

el mío, ¡amiga mía! navega en tu perfume.

                                                                           ( La cabellera)

  Si cerrando los párpados, una noche de otoño,

aspiro la fragancia de tu adorado seno.

                                                                             ( Perfume exótico).

Quisiera que, exhalando aromas de salud,             

tu seno se impregnara de ideas vigorosas,             

que tu sangre cristiana fluyera en ondas rítmicas           

como el son numeroso de las antiguas sílabas

donde reinan por turno el padre los cánticos,             

 Apolo, y el gran pan, señor de las cosechas”.

                                                                                     (La musa enferma)

Hasta en su gato, al que amó y admiró tanto, notó su olor:

Y de los pies a la cabeza,             

una brisa sutil, un peligroso aroma,            

nada en torno de su cuerpo moreno.” 

                                                                     ( El gato)

El tiempo y los objetos cotidianos, también tuvo sus olores para Baudelaire:

Para algunos perfumes la materia es porosa.

Diríase que incluso impregnan los cristales.

 Abriendo un cofrecillo que nos llegó de Oriente 

y cuya cerradura chirría rezongando;

en la casa desierta, quizá algún armario    

lleno de olor del tiempo, empolvado y negrusco,

se halla a veces un frasco, ya viejo, que recuerda,

y del que brota, viva, un alma que resurge.           

                                                                                    ( El frasco)

Y la sangre, también aroma cuando es la del amado o amada, es un motivo poético para el poeta francés:

Inclinado hacia ti, oh reina de adoradas,              

creía respirar de tu sangre el perfume.

¡Y cuán bellos los soles en esas tardes cálidas!
                                                                                       (El Balcón)

La mujer amada es también aroma, aliento, música y perfume:

Oh, mística metamorfosis

donde mis sentidos se funden! 

 ¡Su aliento hace la música

como su voz hace el perfume!  

                                                                 (Entera)

 ¡Qué perfume hay en torno de tu seno desnudo!

                                                                           (Charla)

Su carne, toda espíritu, perfuma como el Ángel,           

y sus ojos nos visten con túnica de luz”.     

                                                                            ( Loa)     

Todo el poeta era sensualidad, por eso, el animal por el que se sintió más atraído fueron los gatos. Gautier, en su prefacio a Las Flores del Mal, decía de su autor:

“Adoraba a los gatos, enamorados como  él  del perfume, y  a quienes el olor de la valeriana hunde en una especie de epilepsia estática. Amaba a estos encantadores animalitos, tranquilos, misteriosos y dulces, con estremecimientos eléctricos y cuya actitud favorita es la postura alongada de las esfinges que parecen haberles trasmitido sus secretos; vagan con aterciopelado paso por la casa como los genios del lugar -genius loci- o vienen a apelotonarse bajo la mesa, al lado del que escribe, haciendo compañía a su pensamiento y contemplándose desde el fondo de sus pupilas pulverizadas de oro, con inteligente ternura y acuidad de mágica penetración. Diríase que los gatos adivinan la idea que desciende desde el cerebro a las puntas de la pluma y que, estirando su zarpa, quisieran atraparla al paso. Se complacen en el silencio, el orden y la quietud y ningún recinto les parece tan agradable como el cuarto de un escritor. Pacientemente esperan que haya concluido su tarea y van hilando, mientras tanto, su rueca gutural y rítmica como una especie de acompañamiento en la labor. Con frecuencia pulen con la lengua un trozo enmarañado o despeinado de su piel; porque son limpios, cuidadosos, coquetones y no toleran ninguna irregularidad en su tocado; pero todo esto lo hacen de una manera discreta y calmada como si tuvieran miedo de importunar o distraer. Sus caricias son tiernas, delicadas, silenciosas, femeninas y no tienen nada de la petulancia sonora y grosera que ponen en ellas  los perros, a los que sin embargo consagra toda su simpatía el vulgo. Baudelaire apreciaba como es natural todos estos méritos, y en más de una ocasión dedicó a los gatos, hermosos fragmentos poéticos. Las flores del Mal encierran tres, en los que celebra sus cualidades físicas y morales. Otras veces los hace vagar a través de sus composiciones como accesorios típicos. Abundan los gatos en los versos de Baudelaire como los perros en los cuadros de Paolo Veronese, llegando a constituir como una rúbrica especial. Es preciso añadir que estos hermosos animales, tan prudentes durante el día, tienen un aspecto nocturno misterioso y cabalístico que seducía mucho al poeta. El gato, con sus ojos fosfóricos que le sirven de linternas y las resplandecientes chispas que le saltan de su espalda, se hunden sin miedo en las tinieblas donde se encuentran los fantasmas errantes, las brujas, los alquimistas, los nigrománticos, los resurreccionistas, los amantes, los bribones, los asesinos, las grises  patrullas y todas las larvas obscuras que sólo aventuran y trabajan por la noche. El gato parece conocer la última crónica del sábado y frota con delicia su piel en la pierna hendida de Mefistófeles. Sus serenatas bajo el balcón de las gatas, sus amores en los tejados acompañados de gritos, parecidos a los de un niño a quien degüellan, le comunican un aire sensiblemente satánico que, hasta cierto punto, justifica la repugnancia de los espíritus diurnos y prácticos para quienes no tienen atractivo los misterios del Erebo. Pero un doctor Fausto, atiborrado de libracos y de instrumentos alquimistas, gustará siempre de tener un gato por compañero. El mismo Baudelaire era un gato voluptuoso, zalamero, de maneras aterciopeladas, de paso misterioso, lleno de fuerza en su fina ligereza, fijando sobre las cosas y las personas una mirada de inquietante luz, pero sin perfidia ninguna y fielmente adicto a aquéllos hacia quienes le llevó alguna vez su independiente simpatía.”

Baudelaire se expresaba así de ellos:

Los enamorados y los sabios austeros          

aman igualmente en su estación madura          

los gatos fuertes, suaves, orgullo de la casa,          

como ellos frioleros, como ellos sedentarios.

De la voluptuosidad amigos, de la ciencia,

buscan el silencio de las horribles noches;          

los querría el Erebo de fúnebres corceles          

si su fiereza fuera capaz de servidumbre.

Cuando sueñan adoptan las nobles actitudes

de la esfinge tendida, allá en sus soledades,         

 

Son fecundos sus lomos en mágicas centellas          

y como arena fina, partículas de oro          

estrellan vagamente sus místicas pupilas.                                         

                                                                                       (Los gatos)

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