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Adiós a las bancas de la iglesia…

Arturo Santos Ditto
Mi madre, hija de emigrantes italianos, se conoció con mi padre estudiante provinciano en Guayaquil, en circunstancias especiales.

Don Pascuale Ditto Laíno, nació en Orsomarzo, provincia de Concenza, La Calabria, pequeño poblado del sur de Italia, quien al llegar a América se radicó en la ciudad de Guayaquil y multiplicó su sangre. El calabrés, católico por costumbre, con fe se dedicó a faenar ganado y con trabajo trasnochador amasó pequeña fortuna que se fue mermando a consecuencia de su reconocida generosidad y las adversidades.

… En Bahía de Caráquez, reducido rincón de peces en Manabí, con una iglesia sonora y venerada, don Eloy Rodríguez mantenía una modesta ganadería. El era hermano de la menuda y cerebral abuela Alejandrina, devota por convicción de San Vicente de Ferrer. Mi padre instalado en Guayaquil, para costear sus estudios universitarios tuvo que participar por su tío en los negocios con los comerciantes porteños; pretexto del destino para que Pepe Santos Rodríguez pueda conocer al emigrante italiano. La química funcionó, que a más del comercio citadino surgió una sincera amistad no obstante la distancia generacional. Ese maravillo lazo que hilvana a los hombres, le permitió periódicas visitas al hogar de don Pascuale.

… Entonces las miradas de Elena (mi madre), donde se amansa el mar con su cristalino verdor, se trenzaron con las del estudiante en ocultas sinfonías. Creció de esa manera –entre cantos de cigarras y a la luz de los faroles del alma– un gran amor. Por ese sentimiento y esa pasión interminable de los enamorados, estoy aquí y soy corpóreo, viviendo con estas palpitaciones, que alimentan mi corazón de rebeldías, besos y canciones…

El ancestro católico de los italianos y la acrecentada creencia de mi abuela en los santos canonizados en Roma, hicieron de todos nosotros creyentes en el catolicismo. Llegué a participar en la infancia en largas sesiones de catecismo y acolitar misas. Sentía un profundo acercamiento vital con la iglesia…

Cuando ya había vivido ocho años, vestido de blanco, en puntillas y con una vela derretida en oraciones, llegué emocionado a saborear por primera vez la hostia, que por elevada devoción y la ingenuidad propia de esos años, no quise probar alimentos esa tarde, en la noche y al día siguiente, para que se neutralizara el sabor del pedazo de pan bendecido. Creí –lo confieso– que me estaba santificando.

… Esta tierna y dulce emoción duró muy poco. Pues entre los primeros años de transición de niño a hombre, el estudio, pálidos fantasmas de interrogaciones, la actitud contraria a la fe de sus conductores y los diezmos del catolicismo, me defraudaron, que cambiándome de casillero llegué a predicar el evangelio tempranamente con la Biblia bajo el brazo y con la imagen de Jesús más sencilla, más humana…

Teniendo al Nazareno como un ejemplo moral y perseverancia combativa, sin más verbo y alegorías , abandoné definitivamente las bancas de la iglesia…

Desde entonces, no mas al templo
Una villa de cemento con visos de modernidad, construida en esa época, servía de templo para un reducido grupo de evangelistas a quienes llamaban protestantes. Los errores de la iglesia que venían arrastrándose desde la inclemente conquista española y la asoladora época colonial habían despertado sentimientos contrarios, motivo fundamental del deterioro en mí, de la fe apostólica y romana.

Niño aún con el corazón expuesto a las emociones por las novedades de la vida, mi curiosidad iba descubriendo nuevas motivaciones que inquietaban mi espíritu. La interrogación común en la infancia, era frecuente para mis ojos escudriñadores e inquietos.

Acosaba permanentemente a mis padres y allegados con preguntas, recibiendo respuestas en ocasiones satisfactorias, en otras –en la mayoría– con vacilaciones que provocaban desvelos que me hacían fantasear con la compañía rumorosa del mar, que incansablemente con su oleaje alborotaba el filo de la noche… Creía a veces que el mar había sido un viejo gruñón de larga y húmeda barba blanca, que por reclamón el duende del camino lo había convertido siglos atrás en lo que era y es ahora. Por eso al amanecer, por medio de los ventanales traseros del departamento que habitábamos, donde se mostraba el mar a plenitud, me ponía a adivinar cuales serían sus ojos, con la certeza que la barba era la blanca espuma que aún se duerme en la playa…

En el vaivén de preguntas y respuestas, fui formando mi criterio y reconociendo la vida. De tal manera, que un día cualquiera me encontré en el improvisado templo evangélico; recibí lecciones bíblicas, me adentré con la vocación de niño en la palabra de Dios y aprendí a predicarla. Me inquietaba positivamente la manera de orar de Mr. Johnson, pastor norteamericano, muy distinto al rezo y oraciones de los católicos. Innumerables días fueron mi convivencia con el templo, que empecé a amarlo.

… Un domingo por la mañana, de esos soleados que irritan el carácter, al llegar al templo de noveleras vivencias, … no encontramos nada, parecía que se habían mudado o que todo se había ido con el aguaje de la última noche, dejándonos a inicios del camino y sin esperanzas.

… Luego se supo que el “gringo” y sus colaboradores, en la oscuridad y la vergüenza se habían llevado todo, en execrable delito contra la fe cristiana.

Esa lección la aprendí de memoria, que vivamente la recuerdo y perdí la confianza en los hombres que pregonan la religión… Desde entonces, no más a los templos. La iglesia ya había quedado como un cuaderno sin uso en el pasado…

2006

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