Unidos en la diversidad, hacemos la diferencia

La Paz como forma de vida

Tito Alvarado, publicado en inglés y francés en Utopía Roja. De los más de seis mil idiomas existentes en el mundo, tres mil tienen muy pocas posibilidades de continuar usándose el próximo siglo. Este dato trágico es algo terrible, perderemos tres mil formas de acercarnos a la vida, perderemos humanidad desde la perspectiva de otros en su relación con el medio que les circunda. Sin embargo, siendo un asunto de muerte de las personas que usan esos idiomas, es percibido, por quienes no están en esos dilemas, como un dato anecdótico, lo cual pudiera remitirnos a un fatalismo, el de dejar hacer a otros lo que es de nuestra incumbencia. Salvar un idioma es salvar una forma de relacionarse con el mundo, una herramienta de cultura. Pero hay muchos otros temas de tanta relevancia como este de los idiomas en vías de extinción. La vida misma está en peligro, los próximos 25 años son decisivos en cuanto a continuar en lo mismo o cambiar de modo de vida.

Creo haber leído en algún documento, de cuya referencia exacta no dispongo, que en el mundo existe alrededor de un millón de iniciativas y organizaciones que tienen como tema la Paz mundial, pero estas no se coordinan en nada. ¿Es el condicionamiento de creer que somos islas? ¿es la ley del menor esfuerzo? ¿o es algo peor, como una moral fuera de la realidad? Cada cual actúa de buena fe, sin embargo esta buena fe no basta para que cesen las guerras en el mundo. Guerras que son creadas por razones de control de recursos, bajo la argucia de levantar amenazas ficticias. Estamos ante las puertas de un dilema, el mayor dilema que haya tenido nunca la especie humana: asegurar la supervivencia de todos o perecer.

Es algo cuya gravedad no es percibida en su magnitud. Las preocupaciones diarias por la sobre vivencia, no nos permiten vernos en el drama que es la vida, con los días contados, si seguimos actuando como hasta hoy. Desde los poderes manipulan nuestra capacidad de respuesta y nos encaminan a pensar y actuar acorde a intereses ajenos al bienestar de todos y cada uno. Por mucho que trabajen, millones de personas, en pro de la vida, la balanza se inclina hacia el fin de la civilización, pues quienes actúan buscando una ganancia inmediata, solo piensan en su propio beneficio, siempre en contradicción con el bienestar colectivo.

La Paz no deja de ser solo un tema, fácil de manejar, pero difícil de alcanzar. No pienso en la Paz como un asunto imperioso en los más de cuarenta conflictos armados ni en los cientos de miles de conflictos que impiden la convivencia pacífica, de las naciones y de las personas. Basta ver cualquier noticiero para constatar que: no se nos dice toda la verdad, la verdad es siempre entregada de acuerdo a beneficios inmediatos y futuros de quienes ejercen el control (no hablo de personas, hablo del sistema con su maquinaria siempre trabajando para asegurar que el poder siga donde está), se prioriza el crimen, el escandalo, las buenas acciones son un relleno. El negocio de dar noticias no es comunicar lo que acontece, es dar cuenta de lo que acontece priorizando lo morboso, mostrando hechos funestos, repitiéndolos hasta el cansancio. Se cuentan medias verdades, que también son medias mentiras, se falsea la verdad, adornando, edulcorando los hechos noticiosos, y a veces se cuentan mentiras completas. Nos movemos en un mundo hecho a imagen y semejanza de los poderes detrás del poder. Así nunca tendremos Paz como un medio para desarrollar todo nuestro potencial creador. Esto debe y puede cambiar.

La Paz como tema se vuelve lugar común, palabra desprovista de significado. Si nos remitimos a la historia vemos que la Paz ha sido siempre una utopía, la más larga utopía jamas alcanzada, poco importa que muchos países no estén en guerra, pues en esa calma relativa, a diario se ven los estragos de una forma de vida construida a los garrotazos. Hemos llegado a este teórico sitial de dominio científico y técnico apachurrando personas que piensan y actúan distinto. En sitial de honor tenemos a personajes que han sido, vistos desde una ética de Paz, asesinos en estado natural. Mantener los ejércitos con toda su faramalla, cuestan un ojo de la cara y poco, casi nada, entregan al país que les paga por servicios virtuales. Son un gasto inútil, más aportan trabajadores mal pagados como los profesores, los obreros, los artistas, los artesanos. Ante la creciente distancia entre los pocos que tienen mucho y las mayorías que tienen poco, casi nada o simplemente nada, ante los desastres causados por los cambios climáticos, ante la alarmante certeza de que los recursos hídricos se acaban, ante la escandalosa cantidad de plásticos en el mar, suficientes como para fundar la mayor de las islas de cualquier océano, ante el despilfarro que supone producir bienes y productos alimenticios que se tiran intactos a la basura, ante la deshonrosa cifra de dos mil millones de personas que sobreviven con el equivalente e dos dólares al día, ante estos y más dramas en código secreto, toda acción será insuficiente si no logramos que sea en los más diversos frentes y cuente con la participación heroica de varios miles de millones de personas.

Podemos continuar levantando la bandera de la Paz y con seguridad no pasará nada distinto, pues nuestro método para lograr la paz no de cuanta de lo profundo, lo colosal que es la brecha entre la necesidad y la posibilidad. Hoy cuando el desastre final es inminente, es cuando menos capacidad hay para mover conciencia.

Si buscamos una definición que le de valor a la palabra Paz, nos encontramos con la sorpresa de que esta se define acorde a una ideología expresada en el idioma, lo que nos remite a las ideas y valores en boga, que son la visión de la clase dominante, no da cuenta exactamente del significado que le asignamos quienes creemos que otro orden social es posible y necesario.

Cualquier experto en cuestiones de semántica nos dirá: La palabra paz refiere a un estado de bienestar, tranquilidad, estabilidad y seguridad. Es un estado de armonía que está libre de guerras, conflictos y contratiempos. Esta definición está en el limbo de la ambigüedad, por más que quiera ser categórica. En toda la historia humana no hay un solo momento en que podamos decir que la vida ha transcurrido en un estado de bienestar, tranquilidad, estabilidad y seguridad. Es más bienestar nos remite a un cierto nivel de riqueza, lo que más abunda en el mundo es pobreza, ya estamos en el periodo del pasmo absoluto: el 1% de la población mundial tiene bajo su control el 50% de los recursos mundiales; tranquilidad hace referencia a certezas que no podemos asumir, a diario nos invaden las noticias de desmanes mayores producidos por razones menores, la tranquilidad se vuelve olas azotando contra las rocas; estabilidad es algo muy relativo, en realidad son periodos en los cuales se desarrollan todo tipo de estrategias “ganadoras” para sumirnos en un nuevo periodo de inestabilidad; lo de seguridad es un chiste cruel, algo que no existe en ningún lado, basta ver el trato que se le brinda a los pasajeros en los aeropuertos y aviones o la proliferación de compañías de seguridad o los entrenamientos, arsenales y vestimentas de combate con que cuenta la policía.

La citada definición de paz es simplemente un eufemismo, nos remite a lo superficial, en lo profundo es casi un imposible pues la esencia del orden social en que vivimos está basado en la ganancia que obtienen unos en constante lucha contra los otros. Esta es la fuente de todo conflicto. Se vive para ganar y con lo ganado vivir, parece un juego de palabras, pero es una verdad consagrada como una moral. Los bancos, las compañías de seguros, las compañías constructoras, en esencia, son asaltantes de camino. Sus ganancias suben en proporción mayor al costo de la vida, mientras los salarios de las personas que viven de su trabajo, se mantienen estables o aumenta muy poco, así se pierde poder adquisitivo, el salario se va diluyendo peligrosamente.

Vivimos la pesadilla de que los recursos del planeta alcanzan para que todos los seres humanos vivan en pleno goce de sus facultades, sin embargo aumenta la brecha entre los que tienen mucho y los que tienen poco. Esto terrible no es visto como una injusticia. La ciencia y la técnica tienen respuestas a la mayoría de los problemas humanos, pero la falta de recursos, los intereses de las transnacionales, la “ética” del mercado impide que la humanidad pueda implementar estas soluciones, muy por el contrario, las reglas del mercado imponen sus condiciones de desprecio y desperdicio, una regla de absoluta inmoralidad: miles de toneladas de productos no vendidos, se tiran en vertederos secretos.

Paz seguirá siendo una palabra de buena intención y escaso asidero en la vida diaria mientras no enfrentemos una solución radical, que vaya al fondo del asunto. Hay que eliminar las reglas del juego que posibilitan vivir en constantes guerras, empobrecimiento y trato despreciable hacia las personas. Necesitamos con urgencia un cambio radical de cultura, una revolución cultural que ponga como prioridad al bienestar de todos los seres humanos, sin distinción de razas, credos religiosos, nacionalidades ni otras barreras divisorias de la humanidad. El drama de hoy es la vida, de seguir sin cambios profundos, todo irá a peor y llegaremos en esta generación a superar el límite admisible, al punto del no retorno. Una vez cruzado ese umbral ya no habrá vuelta atrás, el daño será irrecuperable. Los cambios necesarios son para ahora mismo y van en dos líneas centrales: cambiar la forma de relacionarnos entre nosotros, cambiar la forma de relacionarnos con la naturaleza. La causa del deterioro de la vida en todo el planeta tierra es una: la búsqueda de la ganancia. Las relaciones entre nosotros y con la naturaleza pueden y deben priorizar la solidaridad, ese sentido fraterno que nos humaniza y nos eleva como personas.

Un orden social distinto no solo es posible, es tremendamente necesario, los recursos del planeta pueden perfectamente satisfacer las necesidades de todos los seres humanos. Proponemos doce razones de paz, que son a la vez razones de cambio cultural, es decir una nueva forma de ver el mundo y vernos en él, asumiendo nuestra cuota de conciencia, participación, información y decisión:

Compartir el planeta como el único hogar común a todos los habitantes de La Tierra.

Distribuir los bienes en proporción a las necesidades.

Invertir en educación, investigación, ciencia y tecnología con conciencia social.

Asegurar un sueldo mínimo ético y un sueldo máximo que no sea superior en cinco veces el mínimo. Transparentar sueldos, ganancias y beneficios.

Legalizar la tierra, el agua, el aire como bienes sociales no comercializables.

Disolver los ejércitos.

Instituir una moneda de intercambio equitativo.

Establecer la libre circulación de las personas.

La salud, la educación, la vivienda, las pensiones no pueden ser un negocio.

El transporte colectivo debe ser gratuito en toda ciudad o pueblo que cuente con servicio de transporte.

Todo proyecto de desarrollo debe considerar en primer lugar su impacto ecológico.

Las voces de la cordura obsecuente dirán que esto es imposible, como imposible fue en su tiempo la aventura de abrirse a la mar para llegar, por una ruta desconocida, al otro lado del mundo; imposible era llevar agua de manantial a varios kilómetros de distancia, y ahí está el acueducto de Segovia resistiendo dos mil años; imposible era salir al espacio y llegar a la luna, eso ya es historia, ahora asistimos al desarrollo de las comunicaciones, gracias, en parte, a ese imposible cumplido; la ciencia y técnica actual no pueden construir de nuevo las pirámides de Egipto, pero ahí están asombrándonos durante varios milenios; imposible es aquello que demora un poco más. Ahora tenemos la urgencia de la necesidad, es hora de pasar a la acción por un mundo mejor en todo el planeta tierra.

Cuando estos 12 puntos se cumplan, recién estaremos entrando en la era del pleno desarrollo del potencial creador de los seres humanos. Podremos vivir en paz utilizando de manera humana los recursos, la técnica, la ciencia. Ese imposible será realidad o no será posible la vida, he ahí el dilema.

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